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Viajes post pandémicos

Hace unas cuantas semanas los aparatos medidores de la calidad del aire indicaban valores de CO2 y de dióxido de nitrógeno tan bajos que parecía que hubiéramos retrocedido alguna que otra década en el tiempo.

Mientras que las fotos de los satélites mostraban una atmósfera tan limpia que fácilmente se podría pensar que estaban fallando sus sensores. 

Pero no, es la pandemia y los viajes post pandémicos. Porque el mundo estaba confinado y la naturaleza respiraba. 

Todos alucinamos viendo los canales de Venecia con aguas tan transparentes que resultó que allí nadaban los peces. O nos maravillamos al observar a los ciervos de Nara, en Japón, caminando por el asfalto y contemplando el paisaje urbano como si evocasen a sus ancestros pastando en los bosques que allí hubo antaño.

Esas fueron solo algunas de las estampas más impactantes, pero los científicos contrastaron muchos otros efectos sorprendentes.

Los efectos colaterales de la terrible pandemia en los viajes

Viajes post pandémicos y la naturaleza
La naturaleza nos ha dado el ejemplo de cómo reciclarse, limpiarse, descansar y renovarse.
Fotos: Pexels

Sin salir de España, se ha comprobado como en Doñana muchas aves han hecho sus nidos con más tranquilidad y el éxito de su reproducción ha sido mayor.

O se ha observado que la inexorable disminución de los arenales de las Dunas de Masapalomas se ha frenado considerablemente.

Efectos colaterales de la terrible pandemia. Podríamos decir que son efectos positivos, pero tal expresión sería irrespetuosa e insultante para muchas familias desoladas. Y además no sería del todo cierta, porque lamentablemente todos esos efectos tienen un carácter efímero.

Por el ímpetu con el que nos hemos abalanzado a la desescalada se deduce que no hemos aprendido absolutamente nada.

La naturaleza nos ha dado el ejemplo de cómo reciclarse, limpiarse, descansar y renovarse“.

Pero está claro que los seres humanos, más allá de ciertas anécdotas, no hemos extraído demasiadas lecciones positivas de lo vivido y sufrido. 

Sé que estoy escribiendo sobre todo para viajeros. Pues bien, quítenle todo el romanticismo al viaje, llámense sin rubor turistas y sean duros consigo mismos y solidarios con sus congéneres.

Viajar es un objeto de consumo.

Viajes post pandémicos y el turismo como objeto de consumo
El viaje como un objeto de consumo, todo es consumo.
Fotos: Pexels

Todo en nuestra vida es objeto de consumo. Nosotros lo somos.

Un ejemplo. Vivimos en un tiempo en el que una incómoda mascarilla destinada a salvar de una infección se convierte en moda y diseño. Hace unas semanas había un tráfico oscuro y falsificaciones de mascarillas, y ahora los creativos decoran esos trapitos para tapar boca y nariz (por favor, la nariz también se tapa), de manera que nos gastemos nuestros euros y que el aspecto siniestro de la situación se transforme en elegancia. 

Pero divago, volvamos a los viajes. 

Queremos viajar como el año pasado. Se abren corredores, se clama por controles más laxos. ¡Qué las personas, y sobre todo sus billetes fluyan, viajen! O mejor aún, que paguen con higiénicas tarjetas de plástico. 

No queremos una nueva normalidad, queremos la vieja, la rancia. No nos hemos dado cuenta de nuestra sorprendente capacidad de adaptación. Nos han encerrado y nos hemos acostumbrado a ello, incluso alguno todavía sufre el Síndrome de Estocolmo. Pero sólo hemos sobrevivido, sin aprender.

Señores viajeros, los aviones contaminan mucho. Muchísimo. En un vuelo se emiten 285 gramos de CO2 por kilómetro y viajero. Si volamos de Madrid a Nueva York, nosotros y todos nuestros compañeros de vuelo estamos provocando que se derritan más o menos 3 m2 del Ártico. 

¿Hay que prohibir vuelos? ¡No! 

¿Hay demanda para tantos? ¡Seguramente, no! 

¿Por qué no reducirlos?

 ¿Deberíamos pagar por la huella ecológica que dejamos con ese vuelo? 

Los viajes y la pandemia, ¿que ha cambiado? 

Viajes post pandémicos y la naturaleza
Los viajes post pandémicos y el papel de la naturaleza.
Fotos: Pexels

Me dirán: “Entonces, serán más caros y a ciertos lugares solo viajarán los ricos”.  ¡Vaya novedad! Si alguien de clase media que ahorra para sus vacaciones piensa que en algún momento viaja cómo y dónde lo hacen los más ricos, que me perdone pero desconoce por completo cómo funciona el mundo.

Podemos hablar de los cruceros turísticos. Esos mismos cruceros que remueven tanto los fondos y las aguas que enturbian los canales venecianos. Se ha calculado que en lugares como Barcelona o Palma, esas ciudades flotantes absolutas devoradoras el diesel emiten tanto dióxido de azufre y sulfatos como varias veces la flota automovilística de toda la ciudad.

Por cierto, los coches. Los coches emiten poco más de 100 gramos de CO2 por kilómetro y pasajero. Poco en comparación. Pero… ¡hay tantos! 

Este verano que tanto se habla de turismo rural y de interior parece que va a ser muy de ir en coche a todos los lados. Pero dentro de las ciudades, queremos informar para quién todavía no lo sepa que hay tranvías, metro, autobús… y hasta como efecto positivo de la COVID se han incentivado ciertas propuestas de movilidad sostenible a pedales o en patinete. 

Así como parece que definitivamente se impulsará la fabricación de vehículos eléctricos.

En avión, en barco, coche, en tren ¡qué bonito es viajar en tren y qué ecológico!, el caso es que para viajar tenemos que movernos, y todos esos desplazamientos son más o menos agresivos con el planeta. 

Pero no es más que el comienzo. Luego están los consumos abusivos de agua, los despilfarros de alimentos, la abundancia de envases con final incierto, las construcciones y urbanizaciones indebidas… 

Me encanta viajar, quiero viajar. Usted también lo quiere y tiene muchas ganas de hacerlo. Pero en cuanto hemos podido salir de casa, ¿qué hemos hecho? ¿Qué nos apetecía? 

Nos lanzamos a caminar por nuestra ciudad o pueblo, y en cuánto hemos podido recorrer la provincia hemos disfrutado de esos lugares cercanos de una manera intensa y casi olvidada. Un simple paseo por el monte, o al lado del río, o hasta un molino en ruinas. Una experiencia de lo más gratificante, ¿no? 

Aprovechemos esos paseos para sentarnos a la sombra, tomar aire y contemplar cómo ese entorno ha seguido su ciclo natural, completamente ajeno a la pandemia, y sobre todo a nosotros. 

De hecho, si se ha caminado por ahí antes, posiblemente apreciemos que todo luce un poquito más exuberante, más limpio, más sano. 

Eso nos debería invitar a pensar sobre nuestro comportamiento con la naturaleza. 

Hace años que los científicos nos dicen que el mundo tal y como lo conocemos tiene fecha de caducidad si no modificamos nuestras conductas y hábitos de consumo. Y entre esos consumos irrespetuosos con el medio ambiente está nuestra forma de turistear y viajar. 

Así que ahora que todavía no podemos desplazarnos con total libertad, al menos reflexionemos sobre el tema. Luego, allá cada cual con lo que decida, pero ¿qué menos que hacerlo conscientes de nuestros actos? ¿No?

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Periodista, creador de contenidos independiente.

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