La mayoría de edad no se alcanza todos los días y Carlos, el mayor de mis sobrinos, se instaló en ella recientemente. Uno no sabe nunca qué regalar, soy muy indeciso en estos asuntos: me da pavor que el regalo no guste. Aunque cualquier detalle hace ilusión, los dieciocho años no es cualquier detalle. Sin embargo, con Carlos lo tuve claro: un presentimiento me aseguraba que lo que había pensado para él iba a encantarle. Es más, se trataba de un regalo en principio pensado para que nos hiciera ilusión a ambos.

¿A ti te gusta viajar, verdad? ¿Has estado en Roma? El mini cuestionario fue sobre ruedas, con todo y que la adolescencia es una etapa de la vida difícil, trufada de incógnitas que alimentan la incertidumbre y rebosante de preguntas complejas. Sí y no, afortunadamente por este orden, resultó ser lo que me contestó sin pensárselo dos veces. Exultante por  su parte y aliviado por mi lado, cerramos el trato y empezamos a cuadrar fechas: fin de semana en la capital italiana.

He estado en Roma, si no recuerdo mal, unas seis ocasiones, así que me adjudiqué el rol de guía, y Carlos no disintió. La intención encubierta era mi ilusión, que el mayor de los hijos de mi hermana mediana alucinase –flipase, que dice él- con lo que se alzaba ante sus ojos. Él flipó, mientras yo aluciné del trote al que me llevó de un sitio a otro sin apenas descanso, él con sus recién cumplidos dieciocho mientras yo empezaba a saludar con hipocresía los treinta y siete. Tenemos la misma sangre, sí, pero a día de hoy, ley de vida, le hierve a él más que a mí.

Campo de’Fiori era vista inexcusable. Carlos está en la edad que se respira en ese lugar. Trasiego a cualquier hora, espectáculos improvisados –resultado de la onda expansiva del epicentro, Piazza Navona, a tan sólo quinientos metros el uno de la otra-, bares, música, diversión y gente, mucha gente, sobre todo joven. Por allí anduvimos en un par de ocasiones, de modo que aproveché la tercera para descolgarnos por una callejuela aledaña que en dos minutos nos plantó frente a otra maravilla de Roma; a priori desestimada por el turista al uso en tanto que desconocida, y que me propuse mostrar a mi sobrino como si del Colisseo o la Fontana di Trevi se tratara.

Has de haber oído hablar de este lugar leyendo de arriba abajo, exhaustivamente, alguna guía de la ciudad, por ejemplo, o vagar sin rumbo y topar fortuitamente con él. De otra manera, dar con este local de casualidad no es tarea fácil porque no forma parte de un  circuito común para los de fuera. A pesar de, pues eso, que se encuentra a escasos cien metros de Campo de’ Fiori: en via del Pellegrino 78.

El viajero, además -inquieto, aventurero, perteneciente a una especie ligeramente evolucionada en labores turísticas-, goza de la opción de visitar la que, quién sabe, podría llegar a convertirse y establecerse en su librería preferida, de referencia, de esta ciudad.

Juanan Martín Blázquez

La Librería del Viaggiatore es un establecimiento pequeño. Este detalle –el espacio, el lugar, el atrezzo– matiza su tonalidad inspiradora para hacerlo incluso más auténtico de lo que en realidad es. El olor a libros, y un ambiente muy peculiar, te invita a salir corriendo al aeropuerto y volar; viajar a donde sea. Emporio de Ideee Avventurose es su lema. Un pequeño imperio, es cierto, mas levantado con un ejército demoledor. De hecho parte de su ejército hace las veces de guardián del tesoro: en la entrada, afuera, un par de estantes alojan más libros para llamar la atención del transeúnte.

Un batallón de volúmenes relacionados con el mundo de los viajes, ordenados de forma cuestionable para nada casual, opino yo –el atrezzo, ay; ese atrezzo, su atrezzo-, contrasta con la laxitud, en el sentido de relajamiento y parsimonia, no de abandono, de uno de sus dos fundadores, quien me permite tomar fotografías sin regalarme por voluntad propia una sola mueca de su cara y sin apenas dedicarme una mirada. Los italianos, o gran parte de ellos, son en principio así: displicentes en apariencia con el que se les acerca, para luego realizar un giro de guión y terminar sorprendiéndoles gratamente.

Marco y Bruno Boschin, hermanos, fundaron la Librería del Viaggiatore en septiembre de 1991, convirtiéndose en una de las primeras en especializarse en la temática de los viajes. Flavia Cotronei colabora con ellos, por lo que en total son tres los que la gestionan. Un espacio físico decorado con estantes de madera, viejas maletas que hacen de expositores, mapamundis y cartas geográficas. El catálogo, de más de diez mil títulos siempre disponibles, parte de una idea troncal: proponer el libro y la librería como punto de partida no sólo de viajes reales sino también imaginarios, simplemente pululando por sus dos pasillos y curioseando entre aquellos estantes de madera.

Juanan Martín Blázquez

La exposición de los volúmenes se encuentra distribuida en sectores geográficos. En cuanto a las publicaciones turísticas, dispone de todas las guías de las editoriales italianas y una selección de las mejores editoriales internacionales. Cuentan de la misma manera con una división por países, con obras de autores locales y crónicas de viajes.  En el caso de la sección de Italia, por poner un ejemplo, contiene diversos libros relacionados con el Grand Tour por el Bel paese.

Charlando con Marco Boschin, uno de los fundadores, le pregunté si había alguna librería similar en Roma. No, no existe; sólo algunas dedicadas estrictamente al campo de los mapas y las guías. Marco me dijo que nosotros, los españoles, teníamos Altaïr en Barcelona. “Pero Altaïr es un poquito más grande“, le solté sin mala baba mientras le lanzaba una sonrisa. Él mantuvo el gesto inalterado, como buen italiano con carácter. Pareció no haberle resultado gracioso, por más que lo considero suficientemente consciente de que no debe de ser fácil dar con librerías que, por ubicación y glamur, hagan sombra a la suya.

Carlos entró conmigo en la librería. Dio un paseo por el interior y al cabo de unos minutos decidió esperarme fuera. Le gustó, que era lo que yo pretendía, aunque me dejó claro que él, de momento, es más turista que viajero. De los que trotan, que quede claro y mientras yo, no con deseos de seguir allí, sumergido entre libros, entre historias que dan la vuelta al mundo, que se esconden entre páginas, guías, mapas y que a la vez, me hicieron perderme en l’angolo viaggiatore di Roma

 

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Sobre el autor

Licenciado en Historia y Máster en Periodismo de viajes, escribe, traduce y le da al guión. Observa y escribe; vive y cuenta, manteniendo entre ceja y ceja el dedicarse a la escritura sin cuestionarse la modalidad. Viajar es lo que le mueve: hacerlo en moto a ser posible.

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