Hacía un calor insoportable, como el que ha de sentirse en la antesala del mismo infierno. El termómetro sobrepasaba los 40 grados centígrados pero la sensación era de mucho más. El aire caliente sofocaba, secaba nariz y garganta. El sol no tenía piedad conmigo, a pesar de estar bañada ya en bloqueador, me obligaba a buscar un pedacito de sombra en aquel inmenso desierto: Valley of Fire.

A escasos 66 kilómetros de la ruidosa ciudad de Las Vegas, el Valle de Fuego es un parque estatal del Estado de Nevada que además del calor -haciendo honor a su nombre- me recibió con un silencio sepulcral que hacía escuchara mi propio respirar y jugara con el eco de mi voz, haciéndome consciente de lo cuidadosa que debía ser al adentrarme en este desierto.

El reloj marcaba las dos de la tarde, supongo que no era una hora muy recomendable para estar bajo los rayos del sol. Pero para estar aquí, no creo que la haya, porque el parque abre de nueve a cinco, y en verano, el sol en las zonas desérticas ya está arriba desde las seis de la mañana; mis opciones “frescas” en esta época no eran muchas. Así que por diez dólares, ingresé en automóvil a esta maravilla natural conformada por rocas y arena de colores que, juntas hacen un espectáculo digno de visitarse.

Por dónde empezar el recorrido de estos más de 35 mil kilómetros cuadrados y que incluía siete “hig lights” entre ellos un lago, era la pregunta. Me decidí iniciar por Rainbow Vista, un área de más de kilómetro y medio de superficie donde la gama de colores de la arena, las rocas y la escaza vegetación desértica, combinada con el azul del cielo, hacen alusión al arcoíris y su diversidad de tonalidades.

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Valle del fuego. |Fotografía: Nina Pizá

En automóvil, la segunda parada estaba cerca, lo que hacía difícil el recorrido de White Domes era el calor; de ese que hace que sientas como agujas en la piel cuando te quema. El agua que llevaba para beber y que en algún momento había sido helada, para esas horas, era caldo hirviendo. Me la tenía que tomar porque no tenia opción, aunque no me quitara la sed.

El parque estatal está diseñado para que los visitantes se puedan mover a través de una carretera interna que serpentea entre las distintas rutas; así el viajero sólo tiene que llegar al punto deseado y bajarse a explorar. Sin embargo caminar en arena, subir y bajar piedras gigantes, no es cosa sencilla a esas temperaturas.

En la ruta White Domes -con extensión de casi dos kilómetros y medio- había un letrero colocado a la entrada que advertía sobre el calor y recomendaba a los visitantes no caminar por el área en temperaturas extremas. ¿Cómo, no estábamos ya en una temperatura extrema a 40 grados?

Haciendo caso del aviso y tomando mi debida precaución de no adentrarme mucho, disfruté un poco del paisaje ligeramente diferente a Rainbow Vista. En White Domes como su nombre lo dice, la mayoría de las rocas son blanquecinas; inmensas y con extrañas figuras resultado de la erosión y del pasar del tiempo. El paraje pareciera ser de algún planeta extra terrestre e incluso ha sido escenografía para la grabación de algunas películas y comerciales.

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La carretera del Valle del Fuego. |Fotografía: Nina Pizá

Al tiempo que admiraba el paisaje, me mantenía alerta pues me preocupaba un poco que algún animal ponzoñoso me saliera al paso, pero sólo una solitaria lagartija descansando un poco bajo la sombra, fue el único “lugareño” que se dejó ver.

Para ese entonces eran ya casi las cuatro y media de la tarde. Mi andar cada vez se hacía más lento, mi agua caliente iba escaseando y el sudor recorría mi cuerpo a gotas. Señal que era tiempo de regresar y apreciar por última vez este  escenario natural desértico lleno de vida; tomar las últimas fotografías y regresar a donde todo turista que visita Las Vegas va, el Strip.

 

El Pueblo Fantasma al suroeste de Las Vegas: Calico

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Calico, uno de los pueblos cercanos a la gran y ruidosa ciudad de Las Vegas. |Fotografía: Nina Pizá

No está propiamente en el Estado de Nevada pero sí muy cerca de Las Vegas. Calico fue en algún momento zona minera de plata y posteriormente la mina de bórax más rentable de todo Estados Unidos. Ahora es un “pueblo fantasma”.

Muchas veces en mi vida he ido a Las Vegas. Mis áreas de concurrencia eran regularmente bares, discos y restaurantes, por eso en esta ocasión, quise conocer el otro lado de la también llamada “La ciudad del pecado” y contemplar áreas naturales muy poco frecuentadas y Calico me quedaba de paso.

Los norteamericanos son expertos en crear atracciones turísticas y hacer negocio de todo, fue lo primero que pensé al llegar a este parque regional del Condado de San Bernardino en California ubicado en las faldas de una montaña desértica y rocosa.

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Hay tradición de botas en estos pueblos. |Fotografía: Nina Pizá

Antes de conocerlo, mi imaginación daba rienda suelta y pensaba encontrarme con casas, edificios y minas abandonadas en medio de la nada, devorados lentamente por la maleza producto del abandono humano. Quizá toparme con dos o tres viejos habitantes que se negaran abandonar el lugar y de aspecto casi sepulcral. Todo lo contrario.

Calico Ghost Town, como se le llama en el tríptico que se brinda al visitante a la entrada de la atracción, no es nada más que una recreación de lo que pudo haber sido el pueblo minero que hace más de 130 años en su momento de gloria albergo a más de 500 minas, pero que ahora luce como parque temático que de fantasmagórico no tiene nada.

En media hora se puede recorrer todo el lugar si se tiene prisa; yo como ya iba de regreso y tenía tiempo de sobra, me detuve en cada rincón de este lugar, esperando encontrar el aspecto fantasmal, pero siempre me topaba con alguna tienda que vendía hasta lo inimaginable y con algún turista japonés que tomaba foto de todo lo que se moviera, literalmente.

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No, no es un estudio en Hollywood, es Calico. |Fotografía: Nina Pizá

Todo se limita a una calle cuesta arriba, con réplicas del taller del herrero, la cárcel, la escuela  y muchas tiendas con venta de minerales, dulces, ropa y accesorios; recuerdos y fotografías de la época, bueno, hasta una bebida llamada Sarsaparrilla: refresco del tipo Root Beer, autodenominada “El abuelo de todas las Root Bear”.

Creo que lo más auténtico de ese lugar fue el tendero del bar donde se ofrecía esa antigua bebida. Un hombre de unos 60 años, con tejana, barba y acento del viejo oeste, como de película. “La mejor temporada para venir es primavera, el calor no es tanto” me dijo mientras me servía por segunda ocasión, hielo en mi agua caliente y me preguntaba por qué seguía ahí (en referencia a que lo más de cien turistas japoneses ya se habían retirado hace mucho tiempo).

Realmente quería sentir lo fantasmal; me desilusionaba un poco lo turístico y comercial del lugar, pero siendo realista no podría ser de otra forma ya que fue el creador del otro famoso parque temático de California Knott´s Berry Farm, el empresario Walter Knott, quien restauró este sitio y lo donó al condado.

Nevada también es conocido como el Estado de Plata, dado su pasado relacionado con la minería de este metal, por ello aun cuando Calico (perteneciente al Estado de California) no cumplió con mis expectativas, no pierdo la esperanza de conocer en algún futuro un pueblo fantasma más real. Cerca de Las Vegas por el Silver Trail o Sendero de Plata al noreste,  hay al menos otros cinco pueblos con estas características como Belmont, Berlin, Gold Point, Rhyolite y St. Thomas.

Fue difícil no sucumbir al encanto nocturno de una ciudad que nunca duerme y que pone al alcance de cualquiera, todos los vicios y pecados que se puedan pensar, sin embargo, fue bastante satisfactorio no ceder ante la tentación de más de lo mismo y explorar otros caminos poco recorridos. Dejarme impresionar por las maravillas del desierto y hasta por las decepciones de atracciones turísticas vendidas como pueblos fantasma, todo se vale cuando se viaja.

 

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Sobre el autor

Tijuanense, comunicóloga, periodista y viajera. Inquieta por descubrir el mundo para ver y conocer, cómo viven y piensan en el otro lado del planeta. La curiosidad y el miedo a la rutina, es la motivación que la impulsa a viajar y escribir.

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