Hay calles por las que uno no suele pasar. Son arterias secundarias, callejones en los que no se piensa encontrar nada interesante. Un día, por despiste o por curiosidad, nos internamos en ellas y descubrimos un tesoro. Sin ir más lejos, en la desconocida, para muchos, calle San Lucas de Santa Cruz de Tenerife, oculto por otras construcciones, nos topamos con el único edificio proyectado como templo masónico que se conserva en España.

En el país se planificaron seis templos masónicos. Uno se construyó en Gijón, pero fue destruido durante la guerra. Dos se proyectaron en Madrid pero no se llegaron a construir. Y los otros tres se construyeron en Canarias, lo que da una idea de la importancia de la masonería en el Archipiélago.

El Templo Masónico de Santa Cruz de Tenerife es el único que queda en pie en nuestro país y es uno de los más antiguos de Europa. Fue concebido para el uso de la logia Añaza 270 y se empezó a construir en 1899. Se llevó a cabo según los planos del arquitecto canario Manuel de Cámara, aunque la dirección de las obras las capitaneó José Ruiz Rodríguez, que era un hermano masón de la propia logia. El edificio se inauguró en 1904, aunque el edificio no quedó terminado hasta 1923.

La logia de Añaza era la más importante de Canarias, y cabe destacar que desde 1911 y durante veinticinco años creó en este templo una escuela gratuita, laica y liberal para jóvenes y adultos que no tenían recursos económicos. El inicio de la Guerra Civil supuso el cese de la actividad masónica en todo el territorio nacional y los bienes del templo fueron confiscados (actualmente están en el Archivo Nacional de Salamanca). Durante la dictadura franquista, se prohibió la masonería, y se cedió el templo a la Falange, que controlaba el edificio y cobraba una peseta a los que querían visitar su cámara de reflexión. Posteriormente se cedió a lo que era el Ministerio de Defensa, que lo usó para albergar una óptica y una farmacia militar, y en 1990 dejó de tener uso.

La verja del recinto no nos impide contemplar la imponente fachada del templo, que está inspirado en el arte del antiguo egipcio, como lo demuestran las esfinges de la entrada. No es extraño, pues además de ser la moda en ese momento, los masones siempre han creído que los egipcios son los padres de la arquitectura. La fachada está repleta de símbolos masónicos, como las grandes columnas coronadas por capiteles con hojas de palmera flanqueando el cuerpo central, que aluden al templo de Salomón. La puerta de entrada incluye motivos geométricos, en el dintel destaca el sol con alas de águila, símbolo de Horus, y no falta el famoso “ojo que todo lo ve” en el frontón triangular que remata el templo, que representa al Gran Arquitecto del Universo contemplando la Creación.

Sólo el exterior del templo ya es una importante obra arquitectónica y un interesante patrimonio histórico, que hemos heredado de los hermanos masones de la logia de Añaza. Actualmente no se puede acceder al interior, porque se encuentra en estado de ruina, y está a la espera de ejecutarse un plan de rehabilitación, para que este Bien de Interés Cultural se convierta en centro internacional de la masonería. Aun así, muchos tinerfeños lo han podido visitar recientemente, aprovechando las visitas guiadas organizadas el pasado mes de septiembre, coincidiendo con el 110 aniversario de su fundación.

En grupos de diez, con un casco sobre la cabeza y una linterna en la mano, los visitantes accedieron por la puerta principal, atravesaron el vestíbulo y se dirigieron al descansillo de la escalera. Se trata de la escalera original del edificio, aunque actualmente no se puede subir a los pisos superiores por su estado de ruina. Tenía dos usos, uno administrativo y otro ritual. El administrativo era para acceder a la segunda y tercera planta, donde se encuentra el salón de ágape, el taller, la escuela, otras dependencias administrativas y para uso de alguno de los capítulos filosóficos de la logia. En el sentido ritual, la escalera tiene tres niveles, que representa los 33 grados del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y constituía una de las pruebas de iniciación que tenían que pasar los nuevos miembros. Con los ojos cerrados subía las escaleras y al final era empujado al vacío, y recogido por sus hermanos, simbolizando la constancia y la confianza.

También pudieron internarse en la cámara de reflexión, que es la única del mundo que se encuentra bajo tierra, en un tubo volcánico. En esta especie de cueva, donde reina la oscuridad y la fuerte humedad dificulta la respiración, los nuevos miembros tenían que pasar 24 horas antes de ser recibidos por sus hermanos. Finalmente, los visitantes ascendieron y entraron a la sala de tenidas, donde aún se conserva el pavimento de mosaico, la tarima o las columnas pegadas a la pared.

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Sobre el autor

Nació en Logroño pero vive en Tenerife desde los ocho años. Es graduada en Periodismo con un Máster en Periodismo de Viajes. A esta española curiosa e inquieta le gusta viajar con su cámara de fotos y libreta en mano, ya sea al otro lado del mundo o a la vuelta de la esquina.

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