¿Es posible, como dijo  García Márquez, que un simple fenómeno atmosférico –el viento, el viento, el viento– pueda convertirse en la bacteria de la genialidad? Pero no es cualquier viento, es la tramontana. Y no es cualquier lugar, es Cadaqués.

Desde la lejanía, Cadaqués se vierte al océano como un puñado de sal, sobre las olas lapislázuli del Mediterráneo. La carretera que nos acerca al pueblo, por entre los promontorios y las rocas, es sinuosa, difícil, está hecha de su propia historia: la de un pueblo que jugó a defenderse de los demás poniendo como muralla la naturaleza. Si hay algo que Cadaqués evoca es precisamente esa inhóspita sensación de aislamiento de la que  el escritor Josep Pla nos hablaba en sus mejores páginas: que es una isla, aunque penda de un hilo de tierra que lo une para siempre con la península, al que los hombres del mar llamaron Cap de Creus.

Cuando Josep Pla estuvo aquí escribiendo su libro Cadaqués, el puerto todavía funcionaba y rememora en sus páginas el olor de las mandarinas, los tejidos y la madera mojada de aquellos pescadores que la fundaron y que habían visto Nápoles y el Golfo de Génova mucho antes de que vieran Figueres y Barcelona. Hoy las únicas barcas en la costa son de paseo y de pesca recreativa. Sin embargo, todavía se ve en los rostros de los más antiguos el rastro salubre del viento de alta mar. Incluso Llanes, el barrio más estival de todos, aún conserva su aire noble de entonces, tal vez porque los primeros turistas en llegar fueron artistas que plantaron sus caballetes frente al océano para retratar un pueblo donde la luz es tan pura que solamente afina los contornos de los objetos. Curioso es que Picasso, cuando pasó por Cadaqués allá por 1910, viera todo lo contrario: de la luz de Cadaqués nació el cubismo, exactamente de la transmigración de los objetos de su propio fondo.

La inspiración habita en Cadaqués, en sus fachadas blancas enredadas en las callejuelas que suben hacia el pico del Pení, repletas de flores de colores que caen de los tejados de las casas; en la zona del puerto, donde los olivos sin hojas parecen hablar del viento por sí solos; en los alrededores, donde se abren los espacios diáfanos, y en los pequeñísimos bares de pescadores, y en la estatua de Dalí en el centro del paseo, como un recordatorio de su paso por allí.

El Cadaqués de Josep Pla

El Cadaqués de Josep Pla |Fotografías: Marina Hernández

Josep Pla nos habla de Cadaqués desde sus orígenes remotos, a los que asiste sin estar porque las primeras páginas son el relato de la tierra y no del hombre. Sus palabras son finas y claras como el agua, son elegantes como los olivares plateados que rodean el pueblo, son gratas a veces, y otras no tanto. Se entienden con la clara revelación que se comprende una pintura. Eso hace Pla para nosotros: dibuja paisajes, caracteres y sensaciones sobre el papel. Él lo reconoce: “Pretendo recoger los momentos efímeros de la naturaleza”. Una naturaleza que es absoluta protagonista de su obra. Los seres humanos somos anécdota, pasamos por las páginas de su libro como sombras en un jardín de rocas. Que la montaña y el mar se fundan no es sólo un símbolo: el Mediterráneo lame las lomas de los Pirineos, en uno de esos extraños fenómenos geográficos que a veces se dan. Gracias a ello, la tramontana ataca feroz en las cimas del Cap de Creus y llegan hasta Cadaqués llevando consigo los fantasmas de los barcos que se hundieron en su orilla. Al pie del faro, al anochecer, se siente uno abordado por la magia y el misterio.

Todo en el relato de Pla tiene ese punto de tristeza y de inercia, pero lo cierto es que cuando se visita Cadaqués y el día es soleado, las casas con puertas de colores, tan blancas de cal, parecen sonreírle al Mediterráneo. Quizá sea porque Cadaqués es una ciudad donde hay dos fuerzas que se contraponen constantemente: el invierno gris, cuando los gatos son los dueños de las calles y solo se escucha su ronronear mientras se guarecen de la lluvia, y el verano de un azul límpido, cuando Cadaqués se abre al mundo y sus casas coloniales se llenan de gentes tranquilas.  Creo que, para conocer realmente Cadaqués, solo quedan las palabras de los que supieron entender: “El aire y la luz viven entre la caligrafía de las ramas”, dijo el genio. Si hubo un viento que sembró la semilla de la poesía en el vocabulario de Josep Pla ese fue la tramontana.

Compártelo:

Sobre el autor

Periodista, escritora y viajera. Se ha especializado en crónica y ensayo sobre viajes y en escrituras del yo e imparte cursos de escritura de viajes desde Madrid.

Leave A Reply