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lunes, marzo 4, 2024
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Los síndromes de Florencia y París 

Dices Florencia o París e inevitablemente aparece en la mente el David y la Torre Eiffel, viene la idea de comer pizza en Italia o un croissant en Francia. ¡Vienen emociones! Y son esas emociones las que pueden verse afectadas especialmente por viajar a estas dos grandes ciudades europeas. 

Son urbes tan atractivas que son capaces de lograr que millones de personas de todo el mundo las visiten. París por ejemplo, después de la pandemia recuperó el trono de ser la ciudad más visitada del planeta, Florencia no se queda atrás, después de Roma es la más visitada de Italia y está en el top mundial. El arte y la cultura son un imán turístico tan fuerte en Florencia y París que pueden llevarte al hospital. 

Florencia: el síndrome Stendhal

Era mi segunda vez en Florencia y viajaba con un amigo que en algún momento de su vida pensó que quería ser sacerdote, terminó como maestro e intérprete de lenguaje de señas, aquella ruta le dejó un poco de latín e italiano y eso lo terminé aprovechando yo en este viaje. Él y Florencia me dejaron ver desde el primer momento que no puedes pretender entender tanto arte en una sola visita. Ni en dos, aún masticando la lengua de la ciudad. 

Recorrimos algunos lugares que me llevaron al primer viaje pero muy rápido me di cuenta que todo era distinto, yo había cambiado. Y aunque repetí algunos sitios que los volví a ver con ojos de primera vez, noté mi paciencia y mis ganas de ir más despacio, quería entender a Florencia. ¡Qué ingenua! 

Víctor y yo tuvimos muchos momentos de silencio, de no salir del wow, wow, wow. La ciudad es apabullante, densa, es tan hermosa que no comprendes que sea tan hermosa. Florencia además es una ciudad importante como centro de un área metropolitana, cuna mundial del arte y de la arquitectura donde ¡nació el Renacimiento! No es sólo que cuente con monumentos Patrimonio de la Humanidad, todo su centro urbano es patrimonio. La cúpula de Santa María del Fiore, Ponte Vecchio, Palazzo Vecchio, los museos Uffizi, son golpes de historia que te dejan el cerebro revolucionado. 

Recuerdo que en el primer viaje entré a una sala en la Academia que estaba atiborrada de esculturas, como si se tratara de un almacén que por falta de espacio están simplemente ahí, todas juntas. En el segundo viaje repetí y volví a tener la sensación de que ahí no cabía ninguna pieza más. Esculturas que han sobrevivido siglos y que parecerían trofeos de furbolistas en una pared. piezas de arte sobre el suelo sin más. Así es Florencia, una sala llena de arte por todos los rincones. 

En este segundo viaje entré a la Basílica de Santa Cruz, un recinto religioso desde principios de 1200 que es una de las máximas expresiones de la arquitectura gótica italiana. Ha pasado por innumerables obras y transformaciones donde grandes pintores y artistas han dejado su huella pero sobre todo, han construido la identidad que hoy reconocemos en Florencia. Pero lo que más llamó mi atención es que la basílica es sobre todo un auténtico panteón. 

Son más de doscientas setenta y cinco lápidas de teólogos, escritores, políticos y humanistas que descansan en el “Templo de las glorias italianas”, una definición del poeta inglés Ugo Foscolo que también está enterrado en la Santa Cruz.   

Caminé y empecé a leer Galileo Galilei, Nicolás Maquiavelo, Miguel Ángel Buonarroti, Dante Alighieri, Vittorio Alfieri, Gioachino Rossini, entre muchísimos otros personajes que vivieron en los tiempos donde la filosofía, la poesía y el arte, eran algo más que asignaturas escolares. Además, las lápidas y los monumentos fúnebres fueron realizados por otros artistas relevantes de otras generaciones. 

Llegué al punto de sentir que el efecto de los dos viajes se concentró en la Basílica de Santa Cruz. Amplié la mirada para tener una visión general de dónde estaba y me sentí desconcertada. Víctor se fue por su lado y yo me quedé sola y emocionada pero abrumada. Una carga de energía viajó desde mi estómago hasta mis lagrimales. Preguntas y más preguntas que empezaron a confundirme. Con razón los romanos le llamaron Florentia a Florencia, que en latín significa florecimiento y que fue lo que me provocó. Florecimiento de emociones por el exceso de belleza para comprender y sentir tanto arte. ¡Era demasiado, como aquella sala de la Academia! 

El síndrome que nació en la Santa Cruz de Florencia

Lo que experimenté en la Basílica de Santa Cruz no es nuevo ni sólo me ha pasado a mí. Se trata de una emoción psicosomática que causa palpitaciones aceleradas y mucha  emoción pero a un punto que te eleva el ritmo cardíaco. Sucede cuando te expones a obras extremadamente bellas. 

El escritor parisino Henri Beyle, conocido por su seudónimo Stendha, fue quien dio una primera descripción del síndrome de Florencia en 1817 tras visitar la Santa Cruz. En su libro  “Roma, Nápoles y Florencia”, explica su reacción de mareo, taquicardias y sudores que lo llevaron a irse de la basílica para respirar y recuperarse. “Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Cruz, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”

Suena exagerado pero así es Florencia, exageradamente artística, de ahí que viajar a Florencia tenga consecuencias en la salud, aunque el síndrome fue considerado como tal hasta 1979 por la psiquiatra italiana Graziella Magherin, que se dio a la tarea de investigar los efectos que generaba la Santa Cruz y la Galería Uffiz en los viajantes. 

No veo posible que Florencia no impacte emocionalmente. Y algo similar pasa en París … pero a la inversa. 

El síndrome de París

Síndrome de París

Era mi primer viaje a Europa. Viajaba en tren por París con una amiga y en medio de la conversación y al mismo tiempo, brincamos del asiento al ver desde la ventana la Torre Eiffel. Nos exaltamos y emocionamos y nos bajamos en la siguiente parada. Era de día y  llegamos de noche a la Torre Eiffel, la seguimos como si de un faro se tratara. Hoy sonrío al recordar esta anécdota.  

No teníamos ni idea que la Torre Eiffel se llama así en honor a su arquitecto. Tampoco conocíamos el contexto histórico de su creación, ni que estuvo a punto de ser derribada por Hitler, y mucho menos cuántos son sus metros de altura o los escalones que hay para subir y llegar a la cima. Crecimos con imágenes, películas e historias de una ciudad idílica, una serie de escenarios preconcebidos que han ido construyendo durante toda nuestra vida la idea de que visitar París es un sueño. ¡Y lo estábamos viviendo!  

No teníamos mucho dinero para hacer turismo. Viajamos desde Madrid de noche y en bus hacia París, comimos lo más barato que encontrábamos e incluso el último día compartimos una hamburguesa. No subimos a la Torre Eiffel pero sí tomamos champán a sus pies, no entramos al Louvre pero sí nos fotografiamos en la pirámide, no comimos en ninguna brasseria típica pero sí probamos un plato típico árabe; estábamos tan emocionadas de estar en París que no importaba que no tuviéramos dinero, con caminar entre las calles parisinas era suficiente para nosotras. 

Sin embargo, recuerdo que nuestra euforia no nos dejaba ver que algo pasaba en el ambiente. No era fácil comunicarnos, no hablabas con el de al lado en ninguna parte y por alguna razón que tampoco entendíamos no nos sentíamos bienvenidas. Pero fue un viaje tan fugaz que no dio tiempo a reflexionar lo que vivíamos. Fuimos felices en París y así lo sellamos en la memoria. 

La segunda vez en París fue en pareja. Una semana por la ciudad del amor para disfrutarla con calma y con una compañía muy especial. Como en Florencia, a otra edad y con un poquito más de recursos, subí a la Torre Eiffel, hice un picnic en los jardines, una larga visita al Louvre, Los Inválidos, el Arco del Triunfo; y al estar alojados en Montmartre, no en La Défense como en aquel primer viaje, pudimos caminar y caminar por el centro de París. 

Pero también pasó algo en el ambiente, no lograba conectar con la ciudad, con la gente, no fluía. No hubo oportunidad de mezclarse, de estar en un bar y terminar hablando con personas desconocidas. Era consciente de ser una turista más en la ciudad pero sentía que era una turista indeseada o invisible. ¡Otra vez!

Algo pasaba que iba más allá del idioma.  

En el metro, en las calles, en el autobús, tuvimos momentos de silencios que se rompían con expresiones como: ¡Cuánta basura en las calles! ¡Todo el mundo fuma! ¿Por qué la gente es tan seria? ¿Nadie cruza la mirada? ¿Te has fijado que si no nos entienden nos ignoran? 

Durante una comida recuerdo que la energía estaba más bien decaída, no estábamos cansados, estamos sintiéndonos extraños en París, como cuando vas a un fiesta y no conoces a nadie pero nadie te mira y no ves la forma de abrir una conversación.¿De qué sirve estar en la mejor fiesta si no puedes convivir?  ¿Qué esperábamos que no estuviera llegando de París? ¿Cómo es posible que no fluya un viaje en pareja por París? ¿Somos nosotros los que no estamos adaptándonos? ¿A qué? 

Una mala experiencia con la cuenta en un restaurante nos llevó a decir: ¡Qué decepción!  

París y sus secuelas

El síndrome de París es eso, una decepción. Es un trastorno identificado hace veinte años por el psiquiatra Hiroaki Ota y es el contraste entre expectativas y realidad que puede acabar en una crisis nerviosa. Y el síndrome de París es estadísticamente más fuerte en japoneses. 

La idealización de la ciudad y al mismo tiempo, el bombardeo de mensajes, imágenes, películas y series que llevan a romantizar París, han dado como resultado que cuando los turistas japoneses visitan la ciudad simplemente se decepcionan. Y ese sentimiento es tan fuerte que la embajada japonesa tiene una línea telefónica disponible las 24 horas del día para atender a quienes viven ese shock cultural, y si se trata de un caso grave terminan en el hospital. Francia ofrece asistencia médica en japonés como parte de una cooperación entre la Embajada de Japón en París y el hospital Sainte-Anne, es el único país europeo que ofrece este servicio. 

Viajar a Florencia y París puede dejarnos muy bonitos recuerdos pero también, un sentimiento distinto al que asociamos el viajar a estas ciudades. Porque como decía José Saramago:  “Las expectativas hacen algo más que anular las sorpresas, embotan las emociones, las banalizan, todo lo que se deseaba o temía ya había sido vivido mientras se deseó o temió.” 

Si te gustó lo que leíste, ¡dame cafeína para seguir escribiendo!

Arlene Bayliss
¡Ahorita Vengo! Eso dijo en su casa y no ha vuelto. De Tijuana en Barcelona. Comunicación y periodismo de viajes.
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