Relatos

Ya no hay trenes en Latinoamérica

Con los viajes me ocurre como con los libros, espero de ellos una revelación, pero nunca llega. Esto lo escribo como puedo en los asientos finales del autobús. Viajo dando saltos y la letra es un garabato, o un escupitajo. En diez meses de viaje he perdido la cuenta de lo leído, pero por suerte está todo resumido en fragmentos subrayados. Sé que el viaje permanecerá en esas lecturas y en los cuadernos que voy llenando. Todo Latinoamérica y cómo suena y cómo sabe y todo lo que siento y leo. Los libros de viajes deberían tener más de diario personal que de atlas geográfico. Ya que hoy nadie descubre nada, por lo menos que sintamos cómo afectan los lugares. No descubro nada. Viajo y no descubro nada nuevo.

La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, Gabriel García Márquez en Vivir para contarla.

Una vez soñé que viajaba por Latinoamérica en tren. Había leído “El viejo exprés de la Patagonia”, de Paul Theraux, y en el sueño corría por paisajes de naturalezas extrañas paralelos a la vía. Fue hermoso. El tren lo he tenido que substituir por el autobús. Igual el paisaje corre y yo me veo en los reflejos, confundido con la carretera, y en cada reflejo me voy perdiendo por los recuerdos de mi memoria. Me gustaría cumplir con ese sueño. Pero los sueños no siempre se pueden cumplir ¿O sí? Ya no hay trenes en Latinoamérica como los de Paul Theraux ¿Y qué es eso de los sueños?

No, no lo soñé. La prueba es que tengo una libreta repleta de notas” Patrick Modiano, en La Hierba de las noches.

Dicen que viajamos para cumplir con nuestros sueños. Yo viajo para convertirme en escritor. En la memoria está la clave de los sueños de cada uno. Sigo buscando.

Cuando menos, los años me han enseñado esto: Si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo Paul Auster, en Experimentos con la verdad.

Ya no hay trenes en Latinoamérica, los viajes son de autobús en autobús. |Fotografía: José Alejandro

Ya no hay trenes en Latinoamérica, los viajes son de autobús en autobús. |Fotografía: José Alejandro Adamuz

Me he mirado en mis recuerdos a través de los reflejos de muchas ventanas de autobuses de todo tipo, y creedme que si digo que por ahora sobrevivo, sólo es porque el chófer siempre ha tenido acierto para evitar en el último instante la tragedia, porque respecto a lo de ir deambulando por la memoria no hay salvación. Vas saltando de un recuerdo a otro sin un aparente sentido, y más de noche. Me he visto de pequeño, en una terraza calentada por un sol de verano; pero no sé si ese es mi primer recuerdo o qué. Me he visto semanas antes de emprender este viaje; pero no estoy seguro de que ese recuerdo sea real, o tal vez sólo fuera un espejismo. Entre ambos, origen y destino, un largo recorrido como todos los kilómetros que llevo de viaje por Latinoamérica ¿Puede ser un viaje el mecanismo para lograr cumplir con tus sueños? Ni Ulises lo sabe. Sólo sé que siempre quise escribir y leer. Recuerdo que de pequeño obligué a mi madre a que me hiciera el carnet de la biblioteca municipal, había entrado, recuerdo perfectamente las cargadas estanterías de madera, vi el lomo de un libro, me llamó la atención. Era “Miguel Strogoff” de Julio Verne. No quiero olvidar ese recuerdo, como tampoco aquel poema que escribí sobre la castañada  para el colegio, que olía a otoño en el escritorio y su rima consonante raspaba como la corteza de los árboles, pero todavía así me gustaba la sensación de haber atrapado el tiempo entre las letras tejidas. Ambos recuerdos surgieron, estaban ahí y sólo hacía falta saber mirar bien, del reflejo de una ventana en algún punto del viaje. No puedo saber el punto kilométrico exacto ni el país, pero qué importa eso.

Hay que dejar una huella de este viaje que la memoria olvida, Jean Cocteau, en Diario de una desintoxicación de opio.

Me pregunté cómo sería este viaje en trenes, como Paul Theraux, de Boston a la Patagonia, si no fuera, como es en realidad, una larga cadena de autobuses abordados de todo tipo: Oxidados, acolchados, descarnados, descuartizados… Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, México, Guatemala, México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Panamá (no yerro, así fue realmente), noches alucinadas sin saber dónde estaba, conversaciones con gentes tan diversas pero que todas tenían la misma necesidad de contar, de contarse. Bachata, ballenatos, perreos, gallinas en sacos, perritos en brazos de niños asustados, fronteras, colonia contra el mareo, bolsitas de vómito, mochilas, películas de Steven Segal y Stallone, de tiros y muertos que se acumulan en la consciencia de los guionistas, olor a pollo empanizado o rustido, a tortillas de maíz, a frijoles. Todas las lecturas (en realidad, en sus fragmentos subrayados se lee todo el viaje). En los autobuses me han intentado vender de todo: Pastillas milagrosas para la memoria, purgantes (y la duda ¿Necesitaré purgarme, necesitaré un confesor?), caramelos, dulces, empanadas, tacos, jugos, agua, linternas. Me he orinado muchas veces y el chófer no paraba. Me he despertado en medio de la noche porque me pedían el pasaporte como si fuera una pesadilla. Y siempre volví a las lecturas.

Cómo me agarro a la lectura, hasta acabar medio mareado, cuando no estoy bien, Iñaki Uriarte, Diarios 1999-2003.

Ya no hay trenes en Latinoamerica, las ventanillas son más pequeñas y no siempre se mira el paisaje. |Fotografía: José Alejandro Adamuz

Ya no hay trenes en Latinoamérica, los viajes tienen menos vista y brincos, muchos brincos. |Fotografía: José Alejandro Adamuz

A las lecturas. Y a los recuerdos y a las notas. Mis cuadernos están llenos de notas con letras borrosas como cuando he empezado a escribir esto en los asientos traseros de este autobús y he escrito que escribía con letra de garabato, o escupitajo.

América Central ha substituido los trenes por los autobuses; pero eso es todo. Sigue igual. Sigue como la vio Paul Theraux, sigue siendo el istmo que en lugar de unir separa, sigue siendo el futuro que no llega, el territorio de las diferencias sociales, de los niños que duelen, de las injusticias que Oswaldo Guayasamín pintó. La veo igual que él, pero en autobuses. Ya ni el romanticismo nos queda a los que viajamos.

Sólo me quedaba reír con él, un par de bromas, darle el doble de lo que esperaba como pago para que su última risa fuese aún más bella, y marcharme con mis zapatos relucientes y el corazón lleno de polvo”, Julio Cortázar, Un cronopio en México.

Ha ido pasando América central así. Y ahora, América del Sur, y continuarán los autobuses y los recuerdos, las notas, las citas; pero decía que con los viajes me ocurre como con los libros, espero de ellos una revelación, pero nunca llega. A pesar de ello ¿Cómo dejar de leer, de viajar, de recordar, de escribir? Un sueño depende de ello. Así de frágiles somos.

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Licenciado en Filología y periodista vocacional que se divierte juntando letras para ver cómo reaccionan entre sí las palabras. Es redactor en el blog Ahora Toca Viajar y en otros medios.
2 Comentarios sobre esta publicación.
  • Beatriz
    14 septiembre 2015 at 6:53 pm
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    Alejandro, como siempre, impecable. Un gusto leerte por aquí también.

  • Nuestros deseos 2016 | Viaje con Escalas
    22 diciembre 2015 at 11:22 pm
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    […] Deseo para todos un 2016 lleno de viajes, helados, amigos, libros, palomitas, películas en blanco y negro, mapas, sueños, flores, besos, sí, también muchos besos, almohadas, revistas con buenas historias… Y estrellas, muchas estrellas en cielos oscuros de verdad, burbujas de jabón, sonrisas de todo tipo, charcos de agua donde andar entre nubes. Deseo también mucha música y que no falte, al menos, un verso a la semana, bicicletas, una bufanda para cuando haga frío y un cuaderno donde escribir para cuando nos sintamos solos. En definitiva, deseo para todos un 2016 lleno de todo lo que de verdad importa. Aquellas cosas sin las cuales la vida sería mucho menos vida. José Alejandro Adamuz […]

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