A veces he sentido que Pekín no está hecha para las personas. Está diseñada para interrumpir nuestro camino con colas e inspecciones de seguridad; para que tengamos que buscar como locos un paso subterráneo o un puente por el que cruzar esa carretera de seis carriles que rodea la calle como si fuera un foso de cocodrilos, o para que andemos mirando, hacia delante y hacia atrás, porque hay que evitar las motos eléctricas que circulan por la acera.

Viví en Shanghai durante tres años y en ese tiempo estuve en Pekín cinco ocasiones diferentes. Un año vinieron mis padres a verme. Intentamos visitar la Plaza de Tiananmen, pero fue imposible. Allí estaba la plaza, una inmensa planicie de cemento, custodiada desde sus diferentes entradas bajo tierra y vigilada por policías de uniforme o de paisano. Estaba también esa carretera que la rodea como si fuera una isla, sin ningún paso de cebra por el que acceder. Tal vez hubieran cerrado ya todos los accesos, no sé. Así que nos quedamos sin pisar la plaza.

En el año 1989 se desangró mucha gente en Tiananmen. Leí en el libro My Red China Blues que aquellos días de junio la policía disparaba primero a los manifestantes y después a los amigos o familiares que se acercaban a ayudarles, como si fuera una matanza por fases. Su autora, Jan Wong, pasó varios días encerrada en  una habitación del Bejing Hotel casi sin dormir, vigilando la plaza desde su balcón y tomando notas frenéticamente. Años después, la periodista visitó a algunos  profesores de la universidad que vivieron en Pekín en aquella época. Al principio, uno de ellos se negó a reconocer que hubiesen sido tantos los muertos. Decía que las cifras eran exageradas. Pero al poco de la entrevista, confesó lo que todos los profesores sabían; pero que habían ocultado por miedo a las represalias: después de la Matanza de Tiananmen, faltaban alumnos, muchos alumnos. Estaban muertos.

Miles de personas recordando en 2015 en Hong Kong a las víctimas de la plaza Tiananmen de Pekín. |Fotografía: Agencia EFE

Miles de personas recordando en 2015 en Hong Kong a las víctimas de la plaza Tiananmen de Pekín. |Fotografía: Agencia EFE

Tiananmen incómoda

Conseguí entrar en la plaza en posteriores viajes a Pekín. Siempre tuve muchas ganas de pisar un lugar tan emblemático y tan desgraciado a la vez; pero en cada visita me he sentido algo decepcionada. Es difícil dar sentido a lo que significa Tiananmen para la historia reciente de China con lo que percibimos en el espacio. En la Plaza de Tiananmen me siento como un preso andando por el patio de la cárcel. Me siento vigilada sin ningún propósito. Caminar por aquí es vagabundear entre grupos de turistas sin ningún objetivo en concreto: no hay bancos para descansar, ni árboles que te protejan del sol. No es un lugar para el ocio o el disfrute estético, sino un espacio despejado a la fuerza por las autoridades chinas, en el que los ciudadanos no pueden sentarse sin levantar sospechas. Mucho menos expresar su opinión. Llevar una camiseta con la palabra “Tibet” en la plaza de Tiananmen puede ser motivo de detención.

Es evidente que en la Plaza de Tiananmen falta algo, y eso me incomoda. Le falta la memoria. China ha borrado los recuerdos sangrientos de la plaza como si fueran mugre, y sigue borrando y limpiando cualquier mancha que salpique el discurso oficial del Partido Comunista Chino. Pregunta a cualquiera por las protestas de los practicantes de Falun Gong -disciplina espiritual que el gobierno chino persigue y ha prohibido- en la plaza, a finales de los años 90, y por las detenciones y torturas que sus miembros sufrieron, y no sabrán de qué les estás hablando. Hoy, cuando hablo a mis amigas chinas de sucesos como el de la desaparición de los libreros de Hong Kong, me responden que no saben nada del tema. Que al fin y al cabo nadie tiene la verdad absoluta. Cuando enseñaba inglés en Shanghai me veía obligada a cambiar de tema cuando mis alumnos de ocho años discutían sobre si Taiwán es un país o una provincia china.

Tiananmen de noche

Lo que me pasa con la Plaza de Tiananmen es que me reconcilio con ella cuando llega la noche. Al anochecer ya no se puede entrar en la plaza y todos los turistas han desaparecido. Las dimensiones de la plaza quedan cubiertas por las sombras y el silencio. Entonces, miro la cara iluminada de Mao, ahí colgada y miro el edificio del Museo Nacional, recto y enorme como un soldado mudo, y pienso en todo lo que fue Pekín en los años de la Revolución Cultural y después, en la época de apertura económica. Pienso que por el asfalto de esta ciudad todavía deben pasear los fantasmas de los torturados y humillados de los años 60.

Pero algo tiene este lugar que me hipnotiza en la oscuridad. De noche lo veo claro más claramente: aquí ha luchado y muerto gente, y aquí puede suceder cualquier cosa. Eso es lo más poderoso de la plaza. Para sentir su fuerza hay que conocerla despojada de la tensión y las masas de turistas que la poseen durante el día. De noche te das cuenta de que es imposible olvidar todo lo que ha sucedido en la Plaza de Tiananmen por mucho que lo intenten silenciar. Los espíritus de sus muertos siguen allí, persiguiendo a todo el que quiera escuchar lo que sucedió.

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Sobre el autor

Profesora valenciana. Ha vivido en Inglaterra y en China, y lo que más le gusta es leer, escribir y hacer tortillas de patatas para sus amigos extranjeros.

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