Relatos

Visa para un sueño: Panamá

Emigrar es una decisión difícil. Es romper un vínculo, es decirle a tu país, a tu historia, a tu familia que necesitas vivir una realidad diferente. Es la elección de otro país por encima del tuyo. Las razones que llevan a migrar son múltiples y cada inmigrante arrastra una pena distinta, cada individuo que abandona su raíz es un universo particular de excusas, anécdotas, culpas, verdades, orgullos; todo compilado para ser de allá pero vivir aquí, estar fuera pero ser de dentro, hasta que al final no se es de ninguna parte y de todos lados a la vez.

Cuando decidí emigrar no pregunté mucho. ¿Alguien me podía recibir en su casa mientras solventaba mi situación? Hablaba con abogados a ver si podía legalizarme enseguida. Los tiempos sociales y los políticos no tienen nada que ver con el reloj que usamos en la muñeca, cada cosa fluye a su velocidad particular y no había legalización enseguida ni dinero que lo pudiera sustentar. Sabía que no volvería a Venezuela en mucho tiempo, lo que no sabía era cuál sería el rumbo que tomaría.

Tomé un avión a Panamá a principios de un febrero cualquiera. Dejando atrás a mi mamá y  mi gato, a mis primas, a mi papá y a mi hermano; mi abuela, el queso “telita”, las cachapas y el clima perfecto; el Ávila de mis mañanas y mi privilegiada vista de Caracas. Pero es que en Venezuela, vivir es un privilegio. Necesitaba sentir que podía salir a la calle en paz, que  podía caminar sin miedo, que era capaz de vivir sin sentir que la vida era un préstamo. Debía despolitizar mi espíritu.

Idas y venidas, recomendaciones, opiniones y consejos de amigos. Me inscribí en un programa de legalización de inmigrantes en Panamá llamado Crisol de razas, con una serie de recaudos, papeles y alguien panameño que asumiera la responsabilidad de mi estadía en el país era posible que me dieran la residencia y el permiso de trabajo. En el ínterin, mi “presidente” rompió relaciones diplomáticas con Panamá y todos nos vimos caminando por la cuerda floja.

En Venezuela hay un sistema de control de divisas que no permite utilizar las tarjetas de crédito libremente en cualquier lugar del mundo. A partir de esa ruptura de relaciones diplomáticas, muchas personas nos quedamos sin acceso a divisas porque Panamá desapareció del mapa venezolano. El gobierno panameño nos dejó saber que con nosotros no habría problema, que podíamos seguir adelante con nuestros planes y trámites de legalización.

En marzo, se anunció la fecha del nuevo Crisol en su edición XIV y nos enteramos por la página web de migración que la feria sería en la localidad de Bocas del Toro, específicamente en la Isla de Colón, a diez horas de Ciudad de Panamá. Me inscribí, reuní toda la documentación solicitada, compré el boleto del bus una semana antes de la cita, hice previsiones para el viaje y armé mi equipaje con rumbo hacia un evento que me cambiaría la vida, en todos los sentidos.

Salí al encuentro de un camino totalmente nuevo, de una entrega a lo desconocido. Diez horas de sueño irregular, incomodidad, frío, calor, gente, hambre, sed. Llegué al destino y me enteré que debía tomar una lancha para llegar a la Isla. Enfrenté una lluvia matutina que impregnaba todo con su humedad, esperando el color del amanecer para sentir que no había ausencia de luz. Hice una fila enorme para comprar el ticket, abordar y dejarme sorprender, dejarme enamorar por una bruma mañanera, unas casas flotando en el agua como los palafitos de Sinamaica, como una Venecia rural, una vez más, me acompañaba un recuerdo de Venezuela, unas montañas lejanas llenas de neblina que incitaban al sueño, un olor a salitre que me indicaba que estaba en el mar, o no, en una laguna que se unía con el mar. Seguía viendo neblina, llovía con más tesón, y ahí estaba yo, aún confundida, tratando de adivinar cuál era mi realidad, asumiéndome inmigrante.

En esa lancha, me explicaron que la Laguna de Chiriquí desemboca en el mar justo en esa bahía, es un archipiélago enorme lleno de exotismo, de fauna peculiar, de vegetación extraordinaria. Ante mi estupor por lo que veía navegando en esa lancha, sentía que flotaba en las nubes que producía la neblina. Había varias islas alrededor, se veía verde al final en la línea del horizonte, palmeras, montañas, agua.

lagunas

De repente, una salida al mar abierto, al energético Caribe, mi Caribe, el que me enseñó a nadar, el que me bronceó la piel por primera vez; mi mar, mi pedazo de Atlántico particular, ahora unos grados más al norte, me sonreía, me decía que todo el esfuerzo valdría la pena. Arribamos a puerto, desembarcamos y arreciaba la lluvia. Eran las seis y media de la mañana y debía llegar a mi cita con migración, al cambio de los rieles, a la nueva etapa de mi historia.

Desde la salida de Ciudad de Panamá iba custodiada por unos ángeles, una familia colombiana que iba a enfrentar el mismo destino que yo, su cita era un día después de la mía. Hay alianzas difíciles de encontrar y unas vez halladas, difíciles de romper. Esa familia me adoptó, me protegió, me guardó asiento, porque en la sexta hora del viaje debíamos cambiar de autobús, el que nos llevaba hasta ese momento era muy grande para la vía curva y estrecha que completaba el resto de la marcha por carretera. Ellos no permitieron que me quedara sin asiento en el segundo bus, me brindaron comida, apoyo y cariño. Lo dicho, ángeles.

Nos despedimos al bajarnos de la lancha, los vería seguro en algún momento.Es un pueblo pequeño lleno de inmigrantes buscando visa para un sueño. Llegué al lugar de la cita y para mi asombro, tenía por delante setecientas personas, ahí supe que la estancia en Bocas del Toro sería larga, no hay alcance para esa premonición, fue francamente larga.  La solidaridad creada a partir de estos eventos es difícil de describir. Es un lazo irrompible en el que todos tenemos la misma meta.

La lluvia era intermitente, iba y venía de la mano con el calor. Desde donde estaba parada solo veía una calle, que me habían contado, dentro de las especulaciones de la masa en la cola, era la calle principal donde estaba la alcaldía, la notaria, la plaza central con un Simón Bolívar incipiente, y una serie de casas, hostales y hoteles pintorescos, hermosos. Era la mejor forma de saber que me encontraba en el Caribe. El color, el ruido, la forma de hablar, la frescura y el desenvolvimiento de la gente del lugar, la soltura irreverente de las chicas del pueblo, las palmeras que adornan la calle, altas, verdes, listas para recibir con agrado la lluvia que caía sin piedad cuando el cielo se llenaba de nubes oscuras.

No me había movido de la cola, avanzaba un paso cada cuarenta y cinco minutos, había toldos y sillas para albergar las primeras quinientas personas, los demás estábamos a merced del sol y la lluvia alternándose para dejarnos un buen resfriado. A la quinta hora de espera llegué a los toldos y logré sentarme, todos los que estábamos en el entorno éramos mejores amigos, nos sabíamos nuestras vidas, historias, penas y alegrías. Habíamos compartido teléfonos y empezamos a buscar un lugar para quedarnos esa noche, porque algo era seguro, no salíamos de ahí ese mismo día.

La espera era tan larga que nos guardábamos los puestos y nos alternábamos para ir al baño o para comer. En el camino al hostal que una amiga me consiguió,, pude ver un poquito más, el sol había decidido instalarse y ahuyentar la lluvia, los colores se apoderaron de mi vista y al llegar a una esquina y mirar a la derecha pude ver el mar a unas dos cuadras de mí, qué delicia ese azul tan intenso, qué maravilla que el mar exista, qué bendición poderse fundir entre el color y el olor de ese milagro que genera vida.

Pagué la noche en el hostal, dejé el equipaje, me lavé los dientes y volvía salir al encuentro con la misma gente que me guardaba el lugar. Justo al llegar entregaban unos formularios que debían ser llenados con exactitud, una especie de antecedentes personales. Los llené enseguida, un señor alemán en la fila de adelante pidió ayuda por el idioma y la señora detrás de mí me pidió que llenara la planilla por ella, no sabía leer ni escribir. Un momento aleccionador, la fuerza necesitada para no rendirse a pesar de lo largo del proceso.

La luna se instaló en el final de un día caluroso, lleno de cansancio, risas, más calor y a eso de las ocho de la noche aun quedando delante de mí unas doscientas personas, me fui a duchar. En un paso previo de este operativo nos habían pedido la planilla llena y nos habían colocado un brazalete identificativo como el de los resorts. Llegué veinte minutos después de la ducha sintiéndome otra persona, increíble lo que puede hacer un poco de agua y otro poco de jabón. Al regresar, la cola no se había movido ni un ápice.

Pasadas las once de la noche, con la fila bastante avanzada me llamaron. Era un logro haber podido pasar del umbral de la puerta, era una escuela parroquial y los salones de clases estaban acondicionados, bajo el estricto orden de la improvisación, de acuerdo a los requerimientos de cada departamento. Pasé de la puerta de la escuela y me encuentro con que debo seguir haciendo cola, sentada en pupitres o sillas, lo que estuviera disponible.

Vamos avanzando poco a poco, y me tocó pasar a un salón enorme. Asumo que era el auditorio de la escuela por las dimensiones, y en la primera estación de revisión de documentos me indican que hay una carta que le falta un dato. La notaría lo puede arreglar, pero cerró a las once de la noche, me dicen. Ve, duerme un rato, come algo, espera que la notaría abra temprano en la mañana y vuelves, parafraseando al agente de migración que me atendió. Era pasada la media noche.

En ese punto de mi cansancio, yo no sabía si llorar, gritar, ir a comer o dormir. Mi cuerpo estaba inerte, inmóvil, hasta que decidí irme al hostal. Pasé por el baño a lavarme la cara y quitarme el calor con agua fresca. Puse a cargar el celular y salí a comer. Pregunté al chico del hostal donde quedaba la notaria, me indicó que justo al frente y me advirtió que si quería ser atendida pronto, debía estar pendiente y comenzar a hacer mi cola desde muy temprano, en plena madrugada.

Terminé en un sofá en el balcón del hostal, no tenía cuerpo ni ánimo para dormir bien, debía estar pendiente de la notaria y de la gente. El lugar era de madera pintada entre naranja y verde manzana, colores del Caribe los llamé, tomé nota de cuanto pequeño detalle me llamara la atención. Una lagartija que hacía ruido me acompañaba, había muchos extranjeros, irlandeses y alemanes abundaban. Muchas chicas de Estados Unidos buscando un poco de fiesta caribeña, mucho cigarro, mucho alcohol y mucha música se escuchaba en la isla de fiesta desde cualquier punto.

Yo, echada en el sofá esperando mi hora de ir a hacer fila al edificio de enfrente, me quedé dormida. Abrílos ojos y aun no eran las cinco de la mañana y había gente en la puerta. Pasé por el baño, me lavéla cara, los dientes y a correr. Era la décima en la cola a esa hora. Saqué una libreta y comencé a hacer lista de los presentes por orden de llegada. Fue una opción viable, logramos mucho los que llegamos temprano.

Mientras, los zancudos me comían y yo andaba en vestido. Crucé la calle y pedí un baño o un salón prestado para poderme cambiar, me puse pantalones y a continuar la fila. El sol comenzaba a sonreír, a calentarnos el cuerpo, a despertar ese calor húmedo tempranero, a despuntar sus amarillos, azules y rosas en el cielo. Recé, pedí con todas mis fuerzas que todo saliera bien, lo necesitaba. Le dije al sol, ese que comenzaba a calentar, que demandaba con tanta urgencia que mi realidad cambiara, que por favor me acompañara por el resto del camino. El sol es como la noche, fiel aunque haya nubes que se interpongan.

Eran las siete y no teníamos noticias del notario. Mi trámite era un poco más largo que el del resto. A las nueve de la mañana, después de lidiar con un montón de gente finalmente mi papel estaba listo, podía volver al recinto aquel que dejéa media noche y recomenzar mi gestión migratoria. Me percaté del edificio donde estaba, era una construcción colonial, las puertas eran altas y amplias, las ventanas eran alargadas y con marcos de madera, tenía un patio interno que parecía un zaguán y una humedad galopante en las paredes, lo están reparando y aun así se puede apreciar el valor arquitectónico que tiene. Cada vez que recuerdo detalles como estos reafirmo que debo volver a Bocas del Toro en otras condiciones, más días, más cómoda y con más dinero.

Salí de ahí al encuentro con mi residencia temporal y me agarró un aguacero de pronóstico. Saqué mi poncho, cubrí mis documentos y caminé hasta la escuela que hacía las veces de oficina de migración. No me quité el brazalete del día anterior para que me dejaran pasar, expliqué a unos diez agentes el porqué de mi retorno, mostré la banda en mi brazo, y finalmente caminé hacia el encuentro con mi carnet de residencia.

panama credencial

En el centro de la escuela hay un jardín, lleno de árboles, flores y mucha luz, la verdad que para mi estado de absoluto nerviosismo esa visión de verde, blanco, rosado y paz me tranquilizó. Llegué a la sala enorme del día anterior, había por lo menos quince ventiladores industriales, treinta agentes detrás de las computadoras, muchas sillas llenas de gente expectante y hacía un calor tan sofocante que yo sentía que no me llegaba el aire. Expliqué al control de la puerta, agente número once, que yo estaba rezagada del día anterior y le mostré mi brazalete. Con diligencia me dejó pasar.

Fui atendida por una chica cuyos ánimos estaban posados en un hombre dominicano, de barba, que hablaba como si cantara y la tenía totalmente hechizada, que yo no fuera él, la hizo ser hostil conmigo, me preguntó muchas cosas capciosas a ver si yo me equivocaba por los nervios o por si mi historia era falsa. Finalmente era hora de pasar a la próxima estación, la de filiación.

Un paso a la vez, esperé que me llamaran para tomarme las huellas y la persona que me atendió, otra chica, fue bastante más amable y me hizo preguntas de mi profesión y mi vida laboral. Al terminar debía esperar que el recibo para ir al banco estuviera listo. Con eso en la mano tenía mi residencia aprobada, pero faltaban más trámites. Sólo que ya estaba empezando a celebrar. Pagué, volví para entregar el comprobante y esperé que me llamaran para la firma del acta de residencia y que me tomaran la foto.

Una hora y media de espera entre intermitentes lluvias, un sol cegador, un calor sofocante, un verde interno del jardín y mucha gente, finalmente con el acta en la mano, me tocó mi turno para la foto y minutos después tenía en mis manos la residencia. Avisé a mi mamá y a mis amigos en la ciudad, mientras lloraba, yo era una mezcla de emociones, era un cóctel de nervios, cansancio, excitación, exaltación.

Pasé por la entrada a hablar con los funcionarios del Ministerio del Trabajo, me dieron un número y me pidieron que esperara ser llamada. El agotamiento unido al calor y al ruido del mar me generaba un sueño que casi no podía controlar. Me llamaron y pasa, siéntate, espera que te llamen, hay un pupitre vacío, siéntate ahí, sigue esperando. Entré en el salón, me tomaron las huellas, firmé el acta y una vez que estuvo lista debía volver al banco, pagar el importe del permiso de trabajo y sentarme de nuevo, en algún pupitre, a esperar que me llamaran para tomarme la foto. Unos minutos después me entregaron, en físico, el nexo que me une con Panamá, laboralmente, por los próximos dos años. No podía creer que finalmente tuviera en mis manos, treinta y un horas después, mi permiso de trabajo, mi carnet, la razón por la cual había hecho un viaje tan largo.

Portada Panama JMila

Al salir, mis pies se fundían en el asfalto, el calor me derretía, me mimetizaba con Bocas del Toro. Pero esto no era más que el inicio a la travesía larga, desesperante y entretenida hacia la Ciudad de Panamá. No había asientos en el único autobús directo a la ciudad, tomé  entonces uno que nos llevara a un lugar llamado David y de ahí a Panamá. Cuatro horas de música a todo volumen, un camino curvo, vegetación espesa, en subida, una neblina densa casi compacta, frío, más curvas, más neblina, más susto.

El punto cumbre de mi miedo fue justo cuando más me maravillé con el paisaje: una recta entre dos abismos. Estaba en la punta de la montaña y el bus se tambaleaba, el viento pasaba por la puerta y las ventanas y la tarde caía; los colores en el horizonte eran simplemente fantásticos, una mezcla de un amarillo oscurecido, un morado que se colaba entre el amarillo y un azul que iba subiendo el tono haciendo contraste con un espectáculo de picos de montañas que repetían hasta el infinito. Respiré hondo y frío hasta que la pared de la siguiente montaña nos cubrió y el susto pasó.

Llegamos a David, busque donde debí comprar los boletos para Panamá y mientras esperaba el bus cargué mi teléfono, tomé algo, abordé y caí rendida por las próximas ocho horas. No vi nada del camino, recuerdo haber abierto los ojos en alguna oportunidad y ver luces y carretera, pero no supe de mí hasta las cuatro de la madrugada siguiente cuando llegamos. Al bajarnos del bus supe a que huele la gente que no se baña, necesitaba con urgencia darme una ducha larga llena de jabón y de olores sabrosos. Tomé un taxi comunitario que me dejó  en el apartamento. Solté mochila y lloré.

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Venezolana residente en Panamá. Licenciada en administración de turismo con un máster en periodismo de viajes, una fusión que hoy ejerce y comparte desde Centroamérica.
2 Comentarios sobre esta publicación.
  • Laura
    7 Julio 2015 at 8:05 pm
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    Terminé de leer y debo confesar que siento cansancio mezclado con ansiedad… Me hiciste revivir mi travesía por ese mismo camino, se me aguaron los ojos no menos de diez veces por la emoción y me ericé otras diez más… Revivir esto me dieron ganas de contar mi historia, cuando esté lista, te paso el link!

  • Johana Milá de la Roca
    8 Julio 2015 at 4:36 pm
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    Gracias Laura, es una travesía para contarla, así que adelante y pásala cuando esté lista para vivir tu historia a través de las palabras. Saludos.

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