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Mauritania: viaje en el tren del desierto

Doscientos vagones y cuatro locomotoras lo convierten en el más largo del mundo

“¿De verdad es el tren más largo del mundo?”, le pregunto al joven que está a mi lado. “Sí, lo es”. Entonces aparece: un monstruo de hierro acercándose a toda velocidad hacia nosotros. Cada vez más grande, cada vez más imponente. Ya lo tenemos encima pero el tren continúa. Miro a los lados: de pronto ya no veo ni su principio ni su final. Delante siguen sucediéndose los vagones, uno tras otro, y otro, y otro…

El tren de Mauritania une las ciudades de Zouérat y Nouadhibou

En la primera, el centro minero más importante del país, el tren se carga con minerales de hierro. Zouérat está ubicada en pleno desierto, muy próxima a la frontera con la República Árabe Saharaui Democrática. De hecho, fue aquí donde se creó el Frente Polisario, en 1973.

Una vez cargado, el tren marcha hasta Nouadhibou, capital económica de Mauritania situada en su costa norte. Desde ahí, el mineral viajará hacia el resto del mundo, principalmente a China, que fue en 2016 el destinatario del 75% de las exportaciones de minerales de hierro de este país africano. La importancia comercial de China en Mauritania resulta evidente con tan solo darse un paseo por Nouadhibou. Es aquí, en una estación a las afueras de la ciudad, donde ahora espero el tren que, ya vacío, regresará al desierto. Paseo con la cámara entre los trajes coloridos de las mujeres y los turbantes, blancos o negros, de los hombres. El viento es atroz y cada grano de arena se siente como un dardo sobre la piel. El tren va reduciendo su velocidad, pero no se detiene.

De pronto, la gente echa a correr y empieza a trepar por las escaleras férreas hasta el interior del vagón. Corro hacia un lado, pero la escalera está repleta. Corro hacia el otro y allí la encuentro igual. Me aproximo y, de alguna forma, logro hacerme un hueco. Me agarro a las escaleras y consigo subir de un salto. Con más de 10 kilos a la espalda, por un momento pienso que voy a caer hacia atrás. El tren sigue moviéndose. En sólo unas milésimas de segundo, no sé bien cómo, logro darme un último impulso y me veo dentro del vagón.

Dentro de uno de los vagones del tren de Mauritania |Fotografías: Laura Kvaternik

Mi primer pensamiento es que aquello parece una cárcel. Todo sigue en un movimiento caótico y ruidoso y en la puerta del segundo compartimento veo al joven con el que había estado hablando. “Aquí, aquí”, grita. Entro y todo lo que veo son hierros y dos tablones de madera, uno a cada lado. El suelo está encharcado y decenas de moscas revolotean. Paso y me siento en una esquina. Sólo unos minutos después, con el compartimento ya lleno, entiendo los nervios y la urgencia: no hay hueco para todos y el pasillo está a reventar. Ahí, los menos afortunados, pasarán unas veinte horas.

Pero yo he tenido suerte. Comparto espacio con un grupo de jóvenes que se dirigen a Zouérat para celebrar la boda de dos de ellos. Me invitan, pero mi plan es detenerme antes, en Choum. Aunque sólo uno de ellos habla inglés, todos se preocupan por hacerme sentir a gusto: me invitan constantemente a sentarme más cómoda y me ofrecen comida y bebida sin parar. De pronto, todos los artilugios necesarios para preparar té mauritano aparecen en nuestro compartimento y comienza el ritual. Charlamos durante horas. Entre conversación y conversación, me asomo al pequeño ventanuco. La arena me irrita los ojos pero no me importa: me estoy adentrando en el desierto y quiero verlo todo. Tendemos a pensar que el desierto es algo así como la nada: un espacio inerte de color naranja. Pero una vez allí, me asombra la diversidad de texturas, de colores, de formas de vida. El desierto, para algunas personas, lo es todo.

Va cayendo la noche y el calor es cada vez más sofocante. Me resulta contradictorio al principio; pero tiene sentido: una caja de hierro llena de gente, recalentada durante quince horas al sol y penetrando en el desierto. Cuesta respirar. El aire que entra por la ventana es casi sólido y arde. La gente va acomodándose para dormir. unos se tumban en el suelo, otros sobre las barras de hierro que, encima de nuestras cabezas, están destinadas al equipaje. Me ofrecen ese sitio pero lo rechazo. Me quedo sentada, en mi esquina, atragantándome con ese aire caliente que, sin embargo, es lo que me salva de asfixiarme en el interior de este tren.

El viaje continúa, ya en silencio. Afuera, la oscuridad es total. Pasadas unas horas el tren se detiene. Bajamos y varios niños nos rodean. Venden comida y bebida. ¿De dónde salen? ¿Cómo puede alguien vivir aquí? Me quedo cerca de la puerta del tren, asustada ante la idea de quedarme tirada en el lugar más aislado en el que he estado nunca. Miro al cielo y la emoción me inunda los ojos. El desierto está vivo. Y no sólo eso: es majestuoso. Y no sólo eso: en él sobreviven, con humildad y orgullo, algunas de las personas más nobles que he conocido. El desierto es misterioso y el tren de hierro de Mauritania, sea el más largo del mundo o no, es el medio idóneo para llegar a sus entrañas.

Por: Laura Kvaternik

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