Era una tarde de martes, ya oscura. En enero, los días se acortaban y las cafeterías se vaciaban pronto. Me avisó a última hora, como cuando los dos vivíamos en la ciudad e improvisábamos nuestras charlas.

Nos vemos en quince me dijo.

Salí corriendo.

Me citó en nuestra cafetería, la de los libros de Josep Pla, la del día que nos dijimos adiós. Nos gustaban esas mesas de madera y los ventanales abocados a la plaza. Encontrarnos era dejar que la calle nos atravesara un poco. Cuando llegué a la plaza Sant Joaquim, él ya tenía la mitad de su torta en el estómago; había elegido arándanos y, a mí, me esperaba una taza de hierbas caliente.  

Nos abrazamos, después de trece meses.

Dejé la boina sobre la mesa, feliz del frío, de sentir que sólo por unas semanas podía cubrir mi cabello sin vergüenza, pues entre Barcelona y yo ya no había conveniencias. Su bufanda, de cuadros, seguía atada en el cuello. Era su estilo, como lo era venir con algunas de sus últimas obras de arte: una caricatura política marcada sobre un sello postal, un pescado calcado en tinta china u otras rarezas que desafiaban mi juicio.

Teníamos mucho para contar pero, por primera vez, hablamos desordenados. Pensé si la amistad también podía ser esto: ser nada. Reírnos, compartir el resto de la torta y recordar que durante diecisiete años dijimos menos de lo que quisimos.

Fue un encuentro fugaz. El amor había llegado a su vida y lo estaban esperando. Así que lo acompañé hasta la calle Balmes. En la esquina de la avenida me invitó a participar de su último proyecto. Desde hacía un tiempo, investigaba con postales, enviándolas en blanco y pegadas a un papel de calco. Éstas llegaban a nuevas casas sin palabras, presentando todos los trazos del trayecto. No tenía amigos tan lejos, decía, y quería descubrir qué vivía una postal que viajaba desde Barcelona hasta Buenos Aires. Nos despedimos sabiendo que, de algún modo, un fragmento de papel en blanco nos mantendría unidos.

Adéu .

Antes de regresar a casa, paseé un par de horas sola. Quería vivir el frío.

De Barcelona a Buenos Aires: viaje de una postal | Fotografías: Carmina Balaguer

23 líneas

La postal tardó en llegar. Lo hizo de la mano del otoño del hemisferio sur. Era más grande que la que había sido mi última postal de vida, una con remitente de Japón con fecha del 2015. En el frente, la dirección de destino estaba escrita con caligrafía perfecta. En el reverso, se encontraban sólo cuatro palabras: dos en el margen superior, indicando que el mensaje aspiraba a ser una Caixa Negra (Caja Negra); dos en el extremo inferior, siendo las siglas de Barcelona las que apuntaban a la ciudad de Buenos Aires.

El símbolo de un dedo índice se entrometía entre las ciudades. La capital catalana señalaba a la capital argentina.

Una premonición.

O un castigo…

La postal se convertía en la caja negra de un avión itinerante. Un lugar incómodo, atrevido, encubierto. Una invitación a lo fugaz, lo sensible.

Todo era sutil en su interior. Sólo había un color, el azul, y un fondo, blanco. La tomé en mis manos, repasando línea por línea, leyendo un lenguaje nuevo para mí. Destacaban siete rayas verticales, dos horizontales y catorce diagonales. El resto, estaba cubierto por suaves manchas azules, discretas, todas difuminadas. Las marcas en forma de recta indicaban un viaje en discordia, mientras que su fondo mostraba un patrón inevitable: la vida rozando, la vida hablando.

Azul

Azul, como el mar que dejé atrás, el océano que cruzan las cajas negras, las tardes de invierno, el color de los recuerdos.

El color azul luchó durante 21 días para dejar su huella. Se enfundó en un sobre de plástico, fue vendido en la calle Gran de Gràcia y guardado en una caja durante cinco días. Cruzaría el Atlántico en avión pero, antes, pasaría por tres otras cajas, dos carritos y una furgoneta amarilla. Lo trasladaron hasta la oficina central, en la plaza Antonio López, cerca del mar. Siete días más tarde, otra furgoneta amarilla lo llevaría hasta la terminal 1 del aeropuerto.

Allí, el color se apagó. Permaneció escondido en tres estanterías hasta que encontró su ruta. Antes de llegar a Buenos Aires, pasaría por Ámsterdam y San Pablo.  

El color se desahogó arriba del avión, brotó para quedarse.

Azul, como las noches del Sidecar, en las que nos envolvíamos a ritmo de Artic Monkeys, en las que no nos importaba pasar más horas haciendo fila para entrar que bailando. Azul, como nuestro álbum preferido de Simon & Garfunkel. Azul, como el vino que nunca compartimos, pues elegimos no abrir la botella.  

Azul, para no olvidar.

De Barcelona a Buenos Aires: viaje de una postal | Fotografías: Carmina Balaguer

Blanco

Blanco, como el fondo, las palabras que no tienen nombre, los viajes que están por empezar, la nube de Lluís Llach en su Núvol blanc.

Blanco, como el vuelo.

El color blanco aprendió a ensuciarse, a dejar de lado la expectativa. Escuchó 1.302 ruidos, lo tocaron 49 manos y fue apretado 120 veces. Respiró un poco en las estanterías de El Prat y viajó trece horas mareado. En él, quedaron algunos trazos ondulados, desorientados.

Blanco, como las noches de verano en el Festival Grec, las obras que admirábamos de Eduardo Chillida, los quesos franceses que probábamos o las manifestaciones en las que pretendíamos cambiar el mundo. Blanco, como escuchar juntos en directo a Silvia Pérez Cruz o a Mishima. Blanco, como la única vez que nos miramos a los ojos y estuvimos de acuerdo: nos lo debíamos.

Blanco, para pasar página.

Cicatriz

De las 23 líneas que tenía la postal, dos de ellas me llamaron la atención. La primera, muy ondulada, remitía a un costurón, una cicatriz mal curada. La postal había sido herida por el trayecto, por el afecto o la nostalgia.

Otra raya se instalaba fuertemente sobre las palabras “Buenos Aires”. Las tachaba, agresivamente, tal vez negando mi traslado a esta ciudad.

Tal vez cerrando los ojos.

Dejé reposar la postal unos días. En Buenos Aires ya llegaba el otoño pero la calle aún estaba agradable. Las boinas de Barcelona me habían hecho perder los paseos porteños con sandalias, así que salí a pisar el césped de Colegiales. Olvidé el blanco y el azul durante unas semanas.   

Tomé de nuevo la postal una tarde de lluvia torrencial. La observé con sosiego, como si ella fuera esa charla de enero que no terminó. Descubrí la forma de una huella pulgar que, la primera vez, no había detectado. Ésta cruzaba la palabra Caixa (Caja). Probablemente fuera el dedo de la dependienta de correos de Gran de Gràcia, o del conductor de la furgoneta. O de quien me dejó el sobre en el buzón de mi casa, después de haber sido guardado en la aduana por cuatro días.

En algún momento, entre Barcelona y Buenos Aires, una mano quedó intacta. No era la mía y, probablemente, tampoco era la de él. No importaba, como tampoco importaba cómo nacieron el resto de rayones o por qué los colores que llegaron fueron el blanco y el azul.  

La vida seguía, en Buenos Aires y en Barcelona, como seguía en los viajes, que nunca se llegan a completar del todo, o en los trazos de la postal, que señalaban lo que el mundo deja incompleto.

La vida seguía en el Atlántico.

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Sobre el autor

De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.

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