Campos de girasoles en Moldavia
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Un viaje a Moldavia en femenino

Cuatro mujeres nos hablan de Moldavia y cómo es vivir en uno de los países menos visitados del mundo

Tecleé Moldavia en busca de información: Europa del Este, entre Rumanía y Ucrania. Leu moldavo, país agricultor con poco más de 4 millones de habitantes. Ortodoxos. República desde 1991. De los países más pobres de Europa. Moldavia entre la influencia de Moscú o la de Bruselas. Lonely Planet coloca a Moldavia en su Top10 como mejor destino turístico para 2017. Moldavia, uno de los países menos visitados del mundo.

Salí a primera hora de la mañana del Aeropuerto de Barcelona-El Prat y en la maleta lo único que pesaba era la curiosidad. Dice Pilar Rubio Remiro, en la introducción de “La aventura, justo una idea” que “la palabra aventura es hoy, en nuestras predecibles y seguras vidas, una voz reverenciada que, aun desprovista de su capacidad terrorífica o dramática, invoca un deseo de libertad y experimentación […]”. Así se presentó Moldavia, como una aventura de lo impopular.

Moldavia de la mano de cuatro mujeres

Ecaterina Popescu en el Complejo de Arte Rústico de Clisov

Ecaterina Popescu en el Complejo de Arte Rústico de Clisova |Fotografias: Arlene Bayliss

Un arco de edificios es la postal de bienvenida de la capital de Moldavia, Chisináu. Pero no tardé mucho en dejarlos atrás y descubrir el día a día más rural del país. Por la ventana del coche, el paisaje quedó dominado por campos, animales, el tractor entre el trigo. Esculturas religiosas a medio camino. Tractores esperando la luz verde del semáforo, caminos de terracería. Campos de maíz, inmensos campos de girasoles, colinas llenas de viñedos. Un día a día de una Moldavia que me habló en femenino.

Ecaterina Popescu, 64 años, alfombras tradicionales de Moldavia.

Vive en Clişova, en el pueblo más jóven del país donde se encuentra el Complejo de Arte Rústico que dirige, además de ser profesora de literatura rumana. Empezó guardando y resguardando alfombras y terminó con un museo. “Es importante -me cuenta- que esta tradición se mantenga porque cada alfombra explica nuestra historia. A través de las flores, el maíz, la vid, la albahaca, de nuestros símbolos”.   

En Moldavia, la alfombra es la Virgen de Guadalupe de los mexicanos, está en todas partes. Las ventanas son las únicas que pueden librarse de ellas. El hilo se transforma en tapetes para la entrada del hogar, para la sala de estar, para las habitaciones, para el baño, la cocina; alfombras que se convierten en cuadros, en reposabrazos, en mantas…. Cuando naces, cuando te casas, cuando mueres, recibes un lote de alfombras. Alfombras de lana de ovejas, y también de cannabis. Trabajar con el cannabis agrieta las manos; tanto que se decía que las mujeres pecadoras si trabajaban con el cannabis se ganaban el cielo. Además de alfombras, en las casas moldavas siempre hay en algún rincón un ramo de albahaca para la buena suerte, para espantar a lo que haya que espantar. 

Elena Nazarova, 43 años, turismo en Moldavia

Elena Nazarova de Moldavia

Elena Nazarova en Orheiul Vechi, una de las postales más representativas de Moldavia |Fotografías: Arlene Bayliss

“Es muy común tener viñedo y huerto”, me explica Elena. “Cuando estudiaba el bachillerato -prosigue- durante la temporada de recogida de uva me iba al campo a trabajar, y una buena temporada era sinónimo de un buen abrigo para el invierno”. Esta mujer moldava me habla mientras entramos en el barrio Ciocana, donde parece que todos los vecinos tienen una enredadera de viñedos como cochera, o a la inversa. 

Snejana y Alexander Stegneev, amigos de Elena, son una familia moldo-bulgaros que abrieron las puertas de su casa para saludar a una vieja amiga que traía de visita a una mexicana que venía de Barcelona. Un encuentro que me recordó a Ryszard Kapuscinski, “Es cierto que el Otro a mí se me antoja diferente, pero igual de diferente me ve él, y para él yo soy el Otro”. Pero no hablamos del Otro, hablamos de vino. Snejana me comentó que de niña ayudaba a su padre con el vino. Y me contó un secreto: el vino de Moldavia le hace sentir bien, alegre, mientras que el italiano lo encuentra demasiado fuerte y el español la emborracha. Alexander, lo confirmó, nada como el vino de Moldavia: “No hay nada como llegar a casa después del trabajo y tomarse una copa de vino”. 

La uva en Moldavia ocupa el 7% del territorio y da trabajo a una de cada cuatro personas. Tierra fértil con colinas rodeadas de ríos que desembocan en el Mar Negro. Bodegas subterráneas y un suelo negro llamado chornozem, han colocado a Moldavia en el mapa mundial de la bebida de los dioses y cada vez es más reconocido como destino vinícola. Pero hay dos claros tipos de vino, el casero y el de las bodegas. Y las bodegas en Moldavia  que visité con Elena fueron como un buffet de comida estadounidense donde había de todo para todos, y en grandes cantidades. 

Mileştii Mici es la bodega más famosa y, con 200 kilómetros, está en el libro Guinness World Records de 2015 por poseer la mayor colección de vinos del mundo. Cricova es otra de las grandes marcas que bien podría ser una ciudad, sus calles subterráneas tiene señales de tráfico, ¡y hay una sala de cine subterránea! Estas bodegas subterráneas son túneles que han existido desde el siglo XV, cuando la caliza fue excavada, y se convirtió en un emporio del vino en los años 50. Hoy el país es el séptimo exportador de vino del mundo. 

Pero los moldavos de a pie no compran vino. El 90% de la producción sale del país. The National Office for Vine and Wire, con casi cincuenta productores locales, está intentando equilibrar la balanza entre lo rural y lo exclusivo para profesionalizar el vino casero. Pero el 41% de la población vive con menos de cinco euros diarios, un agricultor que trabaja dos o tres meses al año, recibe 200 euros de salario. Desde los años noventa, los jóvenes, y sobre todo las mujeres de Moldavia, se van en busca de mejores oportunidades. Se van tanto que se pronostica que la población de Moldova pasará de 4,2 millones a 3 millones en 2050. Una disminución mucho mayor que la media, incluso en Europa oriental, región caracterizada por el descenso de la población. 

Nata Albot, 38 años, cocina popular de Moldavia

Nata Albot en Moldavia

Nata Albot en el Parque de la Catedral de Chisinau |Fotografías: Arlene Bayliss

“En Moldavia no tenemos oro, no tenemos edificios increíbles. Tenemos frutas, verduras, tenemos agricultura”, dice Nata Albot. Ella es una periodista que ejerce desde Montreal. La encontré en la “Feria de la Frambuesa de 2017” en el Parque de la Catedral de Chisinau, todo mundo quería fotografiarse con ella y ella aceptaba sonriente hablando del evento y cargando entre brazos su libro de gastronomía, “Come como los moldavos. Las mejores recetas de la cocina de mi madre”. 

“No es fácil irse -me confesó- y  menos con niños. Llegar a otro país, con otro idioma, es duro… Porque somos las mujeres las que nos vamos, y también las que trabajamos y ayudamos a nuestras familias que se quedan”. Un sueño: “Busco difundir la riqueza gastronómica de Moldavia”. 

La cocina de Moldavia me recordó a la de México. La mesa se queda corta y los platos se hacen pequeños. En vez de tortillas, la mezcla de harina de maíz con agua, mantequilla y sal dan como resultado la mamalinga. Se sirve con queso fresco tanto de oveja como de vaca, también con un huevo roto, pescado frito, prácticamente se sirve con cualquier platillo. Y me recordó también a su realidad social, ¿por qué hay pobreza en países con abundantes campos agrícolas? 

Victoria Romanciuc, 50 años, un mujer del campo

Victoria Romanciuc Moldavia

Victoria Romanciuc en sus tierras. |Fotografías: Arlene Bayliss

Seria, manos gruesas y ásperas. Comí en su casa y no me dejaba ayudarle en la cocina, me hacía señas para que me fuera a sentar pero cuando vio que me quedé de pie, sonrió y me entregó una bandeja de alimentos para llevar a la mesa. Me llevó a sus tierras y ahí me contó que las cosas no iban bien, sobre todo porque es dificil vivir un año con un sueldo de tres meses. “Mi hijo vive en el extranjero, estudió pero no encontró un buen salario y se fue”. 

Elena me acompañó al Aeropuerto de Chisináu y en el camino volví a ver al arco de edificios. Mientras miraba por la ventana me di cuenta que durante el viaje había tejido con el hilo de las ovejas tapetes y cortinas de preguntas. ¿Cómo será la vida de los agricultores de Francia, el país más visitado del mundo? ¿Qué pasa con los hombres de Moldavia? En la sala de espera caí en cuenta que había estado más cerca de México que de España, y que menos mal que las historias no generan exceso de equipaje.

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¡Ahorita Vengo! Eso dijo en su casa y no ha vuelto. De Tijuana en Barcelona, licenciada en Comunicación con un Máster en Periodismo de Viajes.

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