(O de cómo viajar sola para sanar miedos)

“Maleantes, machistas, ladrones y traficantes”, ese fue el revoltijo de prejuicios al que tuve que enfrentarme antes de viajar sola por Marruecos. No recuerdo quién, ni cuándo, había metido aquellos adjetivos en  mi memoria, pero ahí estaban, y la noche antes de viajar a Fez me molestaban como trastos viejos en una azotea. No pude dormir bien.

Viajar sola por Marruecos

Supongo que compré el billete que me llevaría al norte de África con el deseo de vencer una barrera, la de viajar en solitario por un país árabe. Un desafío por el simple hecho de ser mujer. En España hay quien me tachó de imprudente -como si no fuera seguro viajar a Marruecos-, pero una vez allí, a ojos marroquís, me convertí en alguien vulnerable, alguien a quien cuidar y proteger. Lo supe en cuanto aterricé en Fez: varias personas me facilitaron el proceso para pasar la aduana, tomar un taxi y llegar al hotel sin ningún percance, ¿dónde estaban los maleantes, los machistas, los ladrones y los traficantes?

Ambiente de la medina de Fez |Fotografías: Beatriz Lizana

Primer paso: aceptar las diferencias

Me sorprendí de lo sencillo que resultó, pero, aunque una vez allí me relajé un poco, no bajé la guardia: ¡Viajar sola por Marruecos no podía ser igual de fácil que por Europa! A la mañana siguiente me comporté de forma huraña mientras callejeaba por la medina de Fez. Las calles de su medina son muy estrechas y con mucho trasiego. La gente va y viene, las cajas repletas de especias ocupan gran parte de la calle y los burros, gatos y cabras que también se pasean por allí entorpecen el camino. Además, yo era demasiado consciente de mi propia presencia, no pertenecía a aquel entorno y me creía el centro de atención de los comerciantes que me susurraban cosas ininteligibles en esos momentos. Era frustrante.

Decidí regresar al hotel para concluir que era mi culpa si no estaba disfrutando del lugar. En ninguno de mis viajes por Europa tuve problemas para integrarme en el entorno, a pesar de que encontré evidentes diferencias culturales. No es lo mismo Alemania que Bulgaria, Grecia que Bélgica, Holanda que Polonia: No es lo mismo, pero al ser Europa, el viaje se siente igual de fácil y seguro. Entonces, ¿iba a aceptar esa limitación?, ¿que porque no fuese Europa, no iba a lograr integrarme?

Regresé a la calle, levanté la mirada y comencé a hacer lo que había venido a hacer: observar. Y me di cuenta de que había estado viajando a contracorriente. Las calles tenían su propio flujo y debía dejarme llevar, como en la corriente de un río. Los comerciantes susurraban (o gritaban) a todo el mundo, no era a mí sola. Descubrí que si decía “no” (“la” en árabe), dejaban de ofrecerme sus productos. Llegué a hacerme invisible.  

Mercado en Chefchaouen |Fotografías: Beatriz Lizana

Segundo paso: confiar

Los tres primeros días los pasé en Fez. Durante ese tiempo pude hacerme de nuevo visible ante el resto de la gente, pero ya de una forma sosegada y amable. Ya sabía que es seguro viajar sola a Marruecos. Ahora tocaba derribar el muro interpersonal. Poco a poco, pasé de compartir conversaciones triviales con los tenderos de la calle en donde hacía las compras, a tocar temas más profundos con los empleados del riad en el que me alojaba. La guinda fue pasar más de una hora con un tendero sentada en su puesto en el mercado, filosofando sobre la vida, y volver a encontrarnos al final de mi viaje y saludarnos como viejos amigos. ¡Ah, el francés! Qué importante es compartir un idioma si realmente quieres saber sobre los demás.

Pero el mérito real no fue charlar con unos y otros. El día que quise avanzar camino tuve que enfrentarme a otro miedo: el tráfico. Motocicletas, coches –tartanas–, camiones, bicicletas, carromatos, burrotaxis… mucho barullo y poca lógica en el asfalto. Me esperaban unas siete horas en autobús por una carretera regular, y eso no es bueno. Recordé entre vaivenes, frenazos y adelantamientos peligrosos, a quien me recomendó que viajara en esa compañía “porque era la más segura y confortable”. También recordé un viaje que hice por el Peloponeso, esta vez acompañada y en un coche alquilado: los griegos habían convertido la autovía de cuatro carriles, andenes amplios y calidad excelente, en un circuito de Scalextric con seis filas de vehículos en paralelo. Igual que en el juego, los coches iban justo por encima de las líneas, y no en los caminos que quedan entre una y otra. En aquel momento hubo que decidir entre conducir “bien” y tener un accidente o seguir sus reglas. Elegimos lo segundo. Del Peloponeso a mi ventanilla, quise entonces centrarme en el paisaje y, sorpresa, no me había percatado que era casi el mismo que el de mi propia tierra. ¡Estaba cruzando Marruecos y aquello se me antojaba Andalucía! Me sentí –un poco– como en casa y eso me ayudó a confiar en el chófer y en la carretera. Incluso logré dormir parte del trayecto.

El viaje continuó hasta Chefchaouen. ¿Puede un pueblo acogerte con los brazos abiertos? En los días siguientes que pasé allí sentí el abrazo de su gente y me camuflé en el azul de sus calles. Para entonces no quedaba ni rastro de congoja por viajar sola por Marruecos. Ese lugar me hipnotizó pues, como si de una regresión se tratase, me mostró mi pasado. Me sentía –mucho– como en casa. Su geografía, tan similar a las Alpujarras; su entramado urbano, tan bello e idéntico a Vejer de la Frontera –o casi cualquier otro pueblecito blanco del sur–. Y su gente, sus ojos, ellos, tan familiares. Fui a Marruecos con miedo y sin buscar nada. Y a la altura de Chefchaouen, me encontré con Al-Ándalus y mis raíces. Para eso sirvió viajar sola por Marruecos.

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Sobre el autor

Nací en Alcalá la Real, en Jaén, España. La escritura y la fotografía son mis excusas para conocer el mundo y viajo para contar historias y cuento historias para seguir viajando.

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