Ensayo

Nápoles: inventario de una ciudad

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En octubre del año 1974, el escritor Georges Perec, tomó asiento en un Tabac de la plaza Saint-Sulpice de París y, una por una, se ocupó de inventariar todas las cosas que tenía ante sí: desde las letras de los negocios hasta las rutas de todos los autobuses pasando por el color y marca de los coches, los gestos de las personas, el contenido de sus bolsas, la frondosidad de los árboles. Lo que intentaba Georges Perec con este acto de coleccionista era conseguir que la impermanencia del instante cotidiano quedase registrada para siempre.

Los lugares —me pregunto siempre— ¿de qué están compuestos? ¿Es posible narrarlos por completo, dejar absoluta constancia de su existencia sobre el papel? Cuando viajo, encuentro que hay dos formas de mirar la realidad: como lo hacía Perec, siendo solo ojos, borrando, en apariencia, al yo del escenario, y como lo hacemos el resto, interrogando a la realidad desde el nombre propio: ¿por qué me gusta o me disgusta una calle? ¿Me sabe bien la comida local? ¿Cómo me hace sentir la lluvia en Vietnam, en Etiopía o en Berlín? En todo lo que observamos y vivimos interviene la emoción. Dejarla afuera, me doy cuenta ahora, es casi imposible. “¿Qué es el corazón de una ciudad?”, se pregunta Perec, dándole al espacio cualidades que solo los que cuerpos vivos poseemos: “¿El alma de una ciudad?”

Yo aún no he dado con ello.

Viajar a Nápoles 

Nápoles es la ciudad más poblada del sur de Italia y de gran riqueza gran riqueza histórica, artística y cultural, su centro histórico es Patrimonio de la Humanidad. |Fotografías: Visita Nápoles

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En el año 2016 Gabriela (una viajera infinita) y yo decidimos hacer un viaje juntas por Italia. Por supuesto que nos prendimos de Nápoles desde el primer instante: la emoción nos decía que era una ciudad que tenía mucho que ver con nosotras. El caos, la suciedad, la libertad, la vida en la calle: todos estos rasgos idiosincrásicos de la ciudad parecían encajarnos perfectamente. A medida que la caminábamos nos señalábamos las fisuras en las paredes por donde asomaban raíces y ramas valientes, la fachada de una iglesia escondida, un color azul muy particular que nunca he visto en otra parte (quizá por lo subjetivo que resulta el color azul a orillas del Mediterráneo). Por las noches, en la habitación, me ocupaba de dejar constancia de todos esos elementos que me parecía que provenían del corazón de la ciudad: la pizza frita y los puestos de libros bajo un puente, las motos veloces, el café, la comida, el clima, los nombres. Sin darme cuenta estaba comenzando un estudio parecido al que propuso Perec en Tentativa de agotar un lugar parisino. Como él, yo también me preguntaba continuamente a dónde va a parar —en qué plano de inexistencia queda— “lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes”. Probé, y he aquí la prueba: salvar mediante la palabra un lugar cotidiano de su extinción.

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Empiezo a intuir: “¿qué es el corazón de una ciudad?” Es los coches los árboles el cielo el aroma a pan a mediodía la hora de la siesta si es que existe es el escaparate y el perro atado a una farola es la vecina en pijama y el estado de la luz cuando anochece es la tasa de precipitaciones anuales es el segundo apellido del alcalde y la plaza más famosa y el suburbio que nadie mira es el raíl que sostiene el metro o la ausencia de cables es el graffiti y la niebla de las seis de la mañana es los nombres de las calles y comercios es la cáscara de fruta pudriéndose en la acera es el mercado de panes y peces y cigarrillos rusos es el altar en la calle a los muertecitos de la mafia es el dictador Garibaldi y las mujeres imponentes como madres es cada edificio vencido y es también el pomodoro y el canolli y el expresso en la barra y el agua con gas es el billar y los gatos asustados es el palacio adentro de un portal y las scooter y los adoquines y las calles estrechas llenas de figurines es el trasantlántico con el estómago repleto de turistas y las viejas en los balcones en Via Tribunali y un patio de vecinos donde suenan los cubiertos y las habitaciones a oscuras y un cenicero roto y una puerta atrancada y la silueta en tiza de un muerto en el asfalto y el esqueleto de una motocicleta vieja apoyado en unas escaleras y los silbidos incómodos y la palabra “carta” que significa “papel” y la Piazza Bellini a la noche alborotada y a la mañana sucia y es yo y es ella y es ellos y es lo que dicen los otros que un día fue. Todo eso es, ante todo, Nápoles.

De a poco la mirada generalizadora va captando los detalles: ese alma, eso que solo es una ciudad.

Griegos, romanos, bizantinos, normandos, franceses y españoles han dejado su huella en Nápoles. |Fotografías: Visita Nápoles

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Leo a Perec ahora, a quien conocía por ser alguien que dijo que la escritura servía para jugar. Yo no estoy de acuerdo, por eso me tomo con seriedad sus ideas, pero en lo que sí encuentro sentido es en su preocupación por dar cuenta de “lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, la música de fondo, lo habitual”. Aquí, a este lado, alguien que escribe para dar sentido al mundo. Allí, tras este libro que nos dejó Perec, alguien que pensaba que la realidad no necesita explicación: por sí misma es. Sobre todo, es cuando se hace habitual. Perec quiere que construir una ciudad empiece por el blanco del papel y termine en los agujeros negros del espacio exterior. Yo no puedo perder las caricias, las intuiciones, los ojos que observan, la euforia, las tentaciones de nostalgia, el recuerdo de otros lugares: mi Nápoles no será su París de inventario. Mi Nápoles también tendrá algo de mí o ya lo tiene: por lo menos una forma particular de mirar las cosas.

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Dice Perec: “Descifrar un trozo de ciudad, deducir evidencias: la obsesión por la propiedad, por ejemplo.”

—O la obsesión por las puertas abiertas a la penumbra en la tarde, la televisión prendida, las madonna entre flores de plástico custodiando las esquinas. O el hombre que vela a su esposa en una foto adolescente en el barrio de los bandidos y la calle tomada como el salón de una fiesta. O todas esas iglesias escondidas entre edificios de piedra, casi como si no fueran obras de arte que se mantiene en pie bajo el cielo: como si hubieran sido una vez tan ricos en este puerto abierto al mar— le respondo.

Dice Perec: “Descifrar un trozo de ciudad. Sus circuitos: ¿por qué los autobuses van de tal sitio a tal sitio?

—Tomar el metro de Piazza Garibaldi a Piazza Cavour: línea 1 y línea 2. Continuar hasta Campi Flegrei (unas cuencas volcánicas que empiezan en la tierra y terminan bajo el mar o viceversa, matojos de plantas silvestres, aroma a romero y tierra seca) y no pagar billete. Nos sentamos frente a una mujer que mira el horizonte. Bajar del metro y tomar el bus 152 en dirección Bagnoli. Bajar. Tener miedo de estar lejos, donde nadie nos conoce. Cruzar la autopista. Tener miedo de habernos equivocado. Subir la montaña. Encontrar la casa. ¿Por qué los autobuses llegan hasta el borde del cielo?

Dice Perec: “Tratar de clasificar a la gente: los que son del barrio y los que no son del barrio.”

—Y los que juegan a las cartas sobre un cubo de basura amarillo y se rascan los dientes o las mujeres que en la noche miran nerviosas hacia atrás en busca de sombras o la niña romaní de ojos muy verdes que come con las manos llenas las sobras en Quartiere Piadino o los asaltantes o los que cuidan el mercado negro de lavadoras viejas bajo Porta Capuana y bailan bachata después de la medianoche. Sobre todo la mamá de Andrea, en cuya casa nos quedamos a vivir, y su tirante de color granate y sus setenta años bien llevados. Las preocupaciones de las mamma de familia: “¿Cómo se cocinan los gnocchi?” “¿Cómo se rehoga el jengibre?” “¿Cómo se tiende la ropa blanca en la terraza?” “¿Quieres casarte con mi hijo?”

Dice Perec: “Continuar.

Hasta que el lugar se haga improbable.”

—Como un volcán tembloroso con falda de purpurina que un día despierte y haga de la ciudad un festín de fuego o solo sus cenizas.

El corazón de Nápoles será para entonces todo aquello que logre sobrevivirle al incendio: estas páginas, unas Polaroid a las que le pintamos encima siluetas y un par de palabras del napolitano, dialecto de marineros, resonando en la memoria de nuestro viaje a Italia.

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Periodista, escritora y viajera. Se ha especializado en crónica y ensayo sobre viajes y en escrituras del yo e imparte cursos de escritura de viajes desde Madrid.

6 Comentarios sobre esta publicación.
  • Dani Keral
    14 marzo 2017 at 12:21 pm
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    Sublime. Así, nomás.

    • Marina Hernández
      14 marzo 2017 at 12:23 pm
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      <3 Gracias, Dani. ¡Me alegra que te haya gustado!

  • José Luis Hernández
    14 marzo 2017 at 2:15 pm
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    Leer a Marina siempre es evocador e imprescindible el mundo y sus gentes … un privilegio que no podemos dejar pasar por alto. Conocí la ciudad de Nápoles hace algunos años y sentí rechazo entonces; ahora, con esta lectura hecha poseía, la ciudad napolitana vuelve a mi. Gracias viajera … y soñadora.

    • Marina Hernández
      16 marzo 2017 at 10:48 am
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      Las visiones sobre la ciudad pueden cambiar tanto…qué bueno que hayas tenido una doble experiencia a través de mi relato! Besitos besitos,

      M

  • Anónimo
    16 marzo 2017 at 8:22 am
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    Me ha gustado mucho como has escrito sobre Nápoles y lo que te produjo conocerla. Como lo describes todo, con tanta elegancia en las palabras. Para mí esta ciudad marcó un antes y un después en mi vida. Quizás fue el momento, quizás el lugar, pero creo que el perderse con la persona indicada por las calles en busca de murciélagos y en la pizza más rica del mundo influyó.

    • Marina Hernández
      16 marzo 2017 at 10:50 am
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      Muchas gracias, creo que un texto así se le queda corto a la ciudad, es tan rica en detalles, en contradicciones, etc. Qué lindo que fuerais en busca de murciélagos, sin duda esas son las cosas que transforman el paisaje exterior en uno interior. Un abrazo y gracias por las palabras!

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