El pronóstico del tiempo era inalterable, me espera viajar a Marsella con lluvia todo el fin de semana. Días antes de llegar, revisé con ahínco el clima, como quien busca un pedazo de cielo despejado al que aferrarse. Pero no. Marsella tenía aires grises decididos.

Aún así, viajé desde Montpellier al sur de Francia. Fue un trayecto de dos horas en un auto que no era mío, sin prestar atención al camino y tratando de dormir lo más que podía. Y por andar durmiendo fue que me perdí la vista de la Basílica de Notre-Dame de la Garde cubierta de luces de colores en plena noche. Eso fue nada más al llegar y luego de eso, arrastré mi sueño y mi mochila a una estación de metro solitaria, con un francés que no entendía y con una lluvia cayendo a gotas lentas y dispersas.

Pero estos detalles poco importan, aunque está bien contarlos porque a veces se llega a los lugares con versiones disímiles de uno mismo.

Viajar a Marsella con lluvia 

Marsella con lluvia | Fotografías: Adriana Herrera

Durante la madrugada de ese primer día en Marsella, la brisa hacía que la lluvia golpeara los ventanales. Los relámpagos estaban de fiesta. Los truenos eran perfectos. Por eso, amaneció como un bostezo, con letargo, como si la ciudad se estirara para buscar acomodo entre tanta agua. El paraguas se convirtió en una extensión de mi brazo y así, con curiosidad, y frío, salí por ahí, a descubrir Marsella.

En esa Marsella lluviosa, nadie iba con prisa. Cruzaban las calles por donde mejor les parecía, evitaban los charcos, tomaban un café en el calor de algún local mientras nos miraban por la ventana para vernos pasar, compraban el periódico, paseaban al perro, abrían los negocios, acomodaban los maniquíes. Algunos turistas se detenían frente a un carrusel que danzaba con su melodía propia y que, me parecía, iba bien con lo nublado del día.

Si uno está  visitando Marsella y es muy temprano en la mañana, entonces hay que dejar que los pies se vayan solos al Puerto Viejo. Allí parece que siempre está sucediendo algo: los pescadores se acomodan en la orilla y limpian la pesca, la ordenan, la ofrecen. Un poco más allá, bajo el techo que cubre la entrada a la estación del metro, varias personas buscan su reflejo y se hacen alguna foto o comienzan a caminar hasta la ruleta que está ahí como una aparición, entre las embarcaciones y las fachadas que intentan contar los veintiséis siglos de historia de una ciudad que fue nombrada Capital Europea de la Cultura, en 2013.

Marsella con lluvia | Fotografías: Adriana Herrera

Y aún bajo la lluvia, los olores de Marsella saltan de todas las esquinas. Será porque sus jabones son muy conocidos en Francia y la gente va por ahí tratando de aprender cómo se fabrican, o quizá sea también por las Navettes, esas galletas en forma de barco que impregnan todo a su paso con el perfume de flor de naranjo. Pero también es el pan de chocolate, los mariscos, el pescado fresco, el baguette recién horneado. Incluso, el olor del vino tinto y el de la tierra mojada que sentí mientras esperaba del otro lado del archipiélago de Frioul, ese conjunto de islas a media hora de Marsella al que llegué en barco, mientras la lluvia insistía en permanecer.

Porque sí, porque siempre hay que mirar con curiosidad y como la tormenta no dejaba llegar hasta Cassis –un sitio que había marcado en el mapa solo para ir a ver sus calanques–, entonces fui al archipiélago y en el trayecto, la lluvia se quedó atrapada y el cielo se despejó por unos pequeños instantes como para ver bien el color del agua, o para que no hiciera tanto frío o para que caminar no fuese tan cuesta arriba.

Cuando iba en el barco y también cuando volví, vi con curiosidad el castillo de If, pero sin saber que se llamaba así, ni tampoco lo que era. Lo supe después, cuando iba en el tren turístico de la ciudad hacia la Basílica de Notre-Dame de la Garde para ver a Marsella desde muy arriba. Supe que esa fortificación –construida en 1536– era antes una prisión y que sirvió de inspiración a Alejandro Dumas para recrear el Conde de Montecristo. Me gusta la manera en que los libros buscan la manera de acompañarme en los viajes, de invitarme a la relectura.

Más allá de eso, el truco está en caminar a favor de la brisa para que el paraguas no se contorsione y en saber mirar más allá de la lluvia. Anotar en la libreta, por ejemplo, que ese puerto viejo en el que todos desembocamos, es el más importante de toda Francia o que es la segunda ciudad más poblada de todo el país. Anotar para luego volver cuando el cielo se despeje y verla con más detalle. El truco está en caminar a favor de la brisa para que Marsella nos guíe.

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Sobre el autor

Periodista de viajes, venezolana. Intento escribir crónicas, relatos y hacer fotos. Viajo sin prisa.

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