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Viajar a Malta en cinco recuerdos

El mar se tragó a lametazos la Ventana Azul, la roca más famosa de Malta, en un día de furia. El empuje del agua la hizo caer entre espumarajos como un diente de leche. Ya nadie más se hará fotos con la niña bonita de Malta. “Yo estuve allí”, fue lo único que me atreví a decir con una mezcla de pena, por la pérdida, y de orgullo, por haberme asomado a esa ventana un día cualquiera de verano de hace cinco años.

¡Cinco años! Los recuerdos son como globos de helio atados con un lazo de seda. Bailan, se golpean con suavidad entre sí y algunos están más cerca del suelo -de las raíces- que otros. No hay mano que los sujete, es el tiempo, que corre en vertical, el que los hace desaparecer. Sólo si los recuerdos se transforman en historias algún día volverán a aparecer.

Recordar para viajar a Malta 

Primer recuerdo

El primero se me quedó pegado a la piel. Sin romanticismos: lo primero que hice al llegar a la isla fue sudar como nunca antes lo había hecho. Cuando salí del avión pensé que entraba a una sauna, la frente empapada y la camiseta manchada; una imagen que me acompañaría durante los tres meses de mi estancia en esta isla-minipaís.

Segundo recuerdo

Malta es asíncrona. Hace un tiempo, su gobierno decidió agrupar todas las festividades que se suceden a lo largo del año en el verano, la época en la que llegué a la isla. Con mi segundo recuerdo doy fe de que tiran cohetes para celebrarlo: aproximadamente, uno cada veinte minutos, desde temprano en la mañana hasta que se hace de noche. ¡Pum! Una única explosión sin fuegos artificiales que se repite para evocar la fiesta de alguno de los  santos que sacan en procesión por sus calles. Sin costaleros, la estatua va subida en un carruaje al que se le tapa las ruedas con un manto.

Tercer recuerdo

Mirar al agua, hacia algo tan extenso, te hace sentir minúsculo: Malta es una gota de tierra en mitad del Mediterráneo. Sin embargo, la conexión de las islas a tierra firme existe, solo que siempre está oculta bajo el agua.

Cuarto recuerdo

Este pequeño país ha servido de base para explorar el Mediterráneo desde tiempos inmemoriales. Está estratégicamente situado al sur de la italiana Sicilia, al norte de Libia y al este de Túnez. Por sus tierras han pasado árabes, hispanos, italianos, franceses y británicos, de quienes se independizaron hace poco más de cincuenta años. La influencia británica aún es fuerte por lo que tienen el inglés como lengua oficial. No obstante, la herencia de todos estos pueblos se me hizo palpable en su segundo idioma oficial, el maltés, un recuerdo sonoro que me entró a fuego por el oído y que me supo a rayos. En general, el lenguaje es música y ritmo, la mayoría de las veces agradable, otras veces cacofónico. El maltés tiene un sonido casi tan disonante como el de las miles de cucarachas que forman parte de mi quinto recuerdo.

Quinto recuerdo

Por las calles: chof, chof, chof… No sé cuántas acabaron bajo mis chanclas durante aquel verano mientras recorría, cada tarde, las dos ciudades que me separaban de la playa. Quince minutos de la puerta de mi casa a la orilla del mar, no había más. Y sin embargo, dos localidades entre medias: Swieqi y Paceville. En Malta, las ciudades son del tamaño de un barrio. Te pones a caminar y así, también por descuido, te recorres tres en una mañana.

Yo trabajaba al noreste de la isla y vivía justo en su centro geográfico. Johnny, un chico enorme pero de corazón aún más grande se sorprendía de que yo recorriese su país cada día para ir a trabajar a su negocio. No había más de cincuenta minutos en bus, aunque era lo suficiente como para que mi gran jefe se llevara los guantes de béisbol que tenía por manos a la cabeza. Sus empleados españoles lo llamábamos Juanito y él se dejaba, sonriente y bonachón. ¡Qué culpa tuvo su madre, si la mujer no supo acertar con la envergadura del nombre!

Y una reflexión…

Hasta ese verano estuve viajando y viendo lugares históricos de otros destinos para comprender su presente, y sin embargo su día a día me importaba más bien poco. Quise girar el argumento en Malta, vivir en su presente para aprender y entender el pasado del lugar. Creando nexos y derribando prejuicios. ‘Esto es feo, aquello no me gusta’. Por encima de todo, las relaciones humanas me atarán, muy suavemente y casi sin que me dé cuenta, a donde quiera que vaya.

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Brújula

Nací en Alcalá la Real, en Jaén, España. La escritura y la fotografía son mis excusas para conocer el mundo y viajo para contar historias y cuento historias para seguir viajando.

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