Inspirado por la historia del navegante griego Piteas, fui a la Laponia noruega en busca de uno de los fenómenos naturales más asombrosos de la Tierra, la aurora boreal. Descubrí que en el siglo XXI aún quedan lugares  para la aventura.

Romper los límites de lo conocido siempre ha sido una tentación. Durante la Historia, diferentes expediciones han ayudado a ampliar la cartografía del mundo; como Piteas, un navegante griego del 350 a. C. que navegó con un solo barco, desde su Masilia natal, la actual Marsella, hasta las zonas nórdicas. Piteas fue uno de los primeros en observar auroras boreales y el sol de medianoche. Conocí su historia por Julio Verne en el libro Historia de los grandes viajes y grandes viajeros. Obras como ésta son una peligrosa influencia para todo el que siente el “ansia de experiencia planetaria” del que habló una vez Julio Cortázar.

Tras las huellas de Piteas

Muchas noches siento ese ansia de experiencia planetaria. Y eso fue lo que me hizo seguir los pasos de Piteas tras la aurora boreal. A Piteas le interesaba el estaño y se lanzó hacia la actual Bretaña para buscar una ruta alternativa. Pero alcanzada su meta, le pudo la curiosidad y continuó navegando hasta una desconocida tierra a la que llamó Thule, posiblemente la actual costa de Islandia o de Noruega. A mí no me interesaba el estaño, sólo buscaba las luces del norte.

Sobrevolando los fiordos durante el aterrizaje en Tromsø. |Fotografía: Dani Keral

Sobrevolando los fiordos durante el aterrizaje en Tromsø. |Fotografía: Dani Keral

Mi camino a la Laponia noruega comenzó a inicios del mes de marzo con un invierno que daba sus últimos coletazos en Madrid. Abrigado hasta las orejas partía hacia uno de los territorios más septentrionales de Europa. Sentado en aquel avión pensé en Piteas; los nervios y, a la vez la alegría, me invadieron. Pero, ¿y si no conseguía ver la aurora boreal? En aquel avión, que rasgaba el mapa de Europa de parte a parte con destino a Tromsø, mi mente se debatía entre esas paradójicas emociones. ¿Le ocurrió igual al amigo Piteas?

Cuando el avión comenzó a descender y superó la espesa línea de nubes, apareció de pronto el contorno de la tierra noruega. Lo primero que llamó mi atención fue la luz, una luz muy distinta a la de Madrid. ¿Sería esta luz de ahora parecida a la de hace 2300 años?, ¿la luz cambia como lo hacen los humanos o permanece invariable con el paso de los siglos? El piloto anunció la llegada a Tromsø.  

Búsqueda y, ¿captura?

Ver la aurora boreal no es sencillo. Por lo que se suele acudir a los profesionales “caza auroras” para lograr un avistamiento con éxito. Desde octubre hasta abril, numerosas empresas prestan sus servicios a los turistas que acuden a Noruega buscando la aurora boreal. Las expediciones consisten en un transporte en autocar hasta un lugar alejado de la ciudad donde espera una  kåta, la tienda tradicional de la cultura sami, originaria de Laponia. En ese refugio, un fuego y malvaviscos calentados en la lumbre sirven de distracción durante la larga espera nocturna, que a veces alcanza hasta altas horas de la madrugada.

A la luz de las llamas, el grupo de nueve personas que nos habíamos reunido, escuchábamos las historias que contaba nuestra guía, una robusta mujer noruega de raíces sami. De su boca fueron saliendo diferentes historias, leyendas de otros tiempos en los que el hombre miraba al cielo con respeto y temor y en las que la aurora boreal, una luz fantasmagórica aparecida durante las largas noches polares, tenía un significado místico.

Las horas fueron pasando mientras esperábamos la aparición de la aurora. Pero algo estaba fallando. La guía, al principio de la noche había sido clara ante la pregunta de uno de los integrantes del grupo:

– ¿Podría ocurrir que, aun con la noche despejada, no se logre ver a la aurora boreal?

– No es lo más habitual –había respondido la mujer- pero sí, puede ocurrir. Depende de la intensidad de radiación solar.

Esa posibilidad, conforme avanzaba la noche, se hizo evidente y, tras haber cambiado de localización, en un último intento de avistamiento, ya cumplidas las dos de la madrugada, los temores se hicieron realidad: la aurora boreal esa noche no apareció.  En silencio y cansados, los  nueve integrantes de la expedición regresamos hacia Tromsø, con ese amargo sabor en la boca que produce la derrota.

“No surrender

Hay una canción de Bruce Springsteen que siempre se pone en autoplay dentro de mi cabeza en ciertos momentos de mi vida. Su letra me despertó por la mañana en mi habitación de Tromsø:

“Hicimos una promesa,

juramos que siempre la recordaríamos,

nada de retractarse, cariño, nada de rendirse”

Envuelto en las sábanas de mi cama, por un instante fui Piteas: me encontraba en Bretaña, con mi trabajo ya cumplido. Solo tenía que esperar a que se cargase el barco y volver de regreso al Mediterráneo llevándome la gloria por el éxito cosechado. Tumbado en mi cama,  esperando a embarcar tres días más tarde, una idea acudió a mi mente: no había llegado hasta este lugar de la tierra solo para esto. Esa misma tarde, llamé a mis hombres y les anuncié que al día siguiente marcharíamos hacia el norte. La voz de el Boss, “no surrender, como inspiración.

Las luces hicieron acto de presencia. |Fotografía: Dani Keral

Las luces hicieron acto de presencia. |Fotografía: Dani Keral

Las luces del norte

Estaba claro. Mi aventura boreal requería que me convirtiese en Piteas.  Caída la tarde y con mi equipo a la espalda, con termo, comida y ropa de abrigo suficiente, me subí al último autobús hacia Ersfjordbotn, una pequeña aldea que había visitado un par de días antes, a unos 20 kilómetros al norte de Tromsø. Mi idea era, si hacía falta, pasar ahí la noche entera hasta la primera luz del día.

DSC0394 El fiordo cercano a la aldea de Ersfjordbotn

Llegado a mi destino, a las afueras del pueblo, monté mi trípode y esperé. En torno a tres cuartos de hora después, un vehículo se detuvo donde yo estaba.  De su interior salió un hombre que comenzó a sacar su equipo fotográfico. Con la tranquila complicidad con la que dos viajeros se reconocen, comenzamos a hablar y, media hora más tarde, nos habíamos convertido en compañeros de expedición.

Mi compañero, M, de origen suizo resultó ser un cazador de auroras que visitaba Noruega con bastante frecuencia. M me dio consejos de cómo fotografiar correctamente la aurora, así como de saber mantener la paciencia suficiente para esperar su aparición. Y, entre charlas, termos de té y mucho frío, rondando la media noche, las luces hicieron acto de presencia. Una luz verdosa, como extraterrestre, apareció suspendida entre las nubes y comenzó a moverse con un ritmo serpenteante. Por momentos ocupaba toda una franja del cielo, otros desaparecía casi por completo. Durante su baile de casi dos horas no pude dejar de mirar al cielo con un gesto embobado en mi cara  

Antes de embarcar con destino a Tromsø pensaba que no quedaban lugares para la aventura en un mundo donde todo parece tener ya un nombre asignado. Aquella noche, sin embargo, en mitad de la nieve, el frío y el hielo me sentí como un antiguo explorador descubriendo terra incógnita. Le pregunté a Piteas, y asintió conmigo. Podíamos volver a casa.

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Sobre el autor

Fisioterapeuta de profesión, viajero y contador de historias como pasión. Utiliza el viaje a modo de pincel y herramienta creativa en el lienzo de su blog "Un Viaje Creativo".

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