El sendero se hace eterno ante la ansiedad de los viajeros, cada uno quiere apurar el paso entre los troncos, el suelo húmedo, sorteando con habilidad los trozos de árboles caídos, las hojas desprendidas, los desniveles del terreno y el barro que se adhiere a nuestros pies para dejarnos huellas recíprocas. Transcurren las pisadas por un camino ascendente con escalones naturales hechos de piedras y ramas, un pequeño riachuelo que atravesamos con calcetines para no resbalar sobre las piedras, unos sorbos de agua corriente fría para apaciguar la sed, aunque la verdadera sed solo será saciada al llegar a ese lugar sobre las enormes rocas, donde se ha dispuesto un sencillo cartel de madera para poner nombre al punto álgido de la caminata.

Ahí vamos, avanzando en fila por la selva que precede al enigmático tepuy, hacia la caída libre de agua más alta del mundo. De pronto, detenemos la marcha por un instante, es la fuerza del agua que nos envuelve con su canto, todos lo escuchamos, ese sonido estruendoso producido por el salto de agua nos anuncia su cercanía, no tenemos certeza,  durante todo el camino hemos percibido ese sonido, aunque con menor intensidad, no es momento para dudar y decidimos apresurarnos para descubrirlo por primera vez, llegamos al mirador del Salto Ángel. Desde la cima del Auyantepuy, en una caída libre de 979 metros de altura, nos dejó ver su verdadero caudal camuflado entre la bruma y la neblina.

El Kerepakupai Vená, nombre del salto en lengua pemón, es un enclave rodeado de misticismo dentro del Parque Nacional Canaima, al sureste de Venezuela. Su descubrimiento y popularidad a nivel mundial se atribuye al explorador estadounidense Jimmie Angel, quién en el año 1937 aterrizó con su avioneta en la cima del tepuy, donde quedaron ancladas las ruedas de la aeronave hundiéndose como nuestros pies en el barro.

Jimmie junto a su esposa Marie y dos viajeros venezolanos Gustavo “Cabuya” Henry y Miguel Angel Delgado, regresaron caminando hasta la comunidad pemón del valle de Kamarata en la base del tepuy para contar su hazaña. Una exploración llena de aventuras, imprevistos y largas caminatas que valieron para que se le otorgara el nombre de Salto Ángel gracias al empecinado piloto que lo dio a conocer al mundo.

En esta ruta, no solo de nuestras piernas nos tuvimos que valer para llegar hasta el Salto Ángel. Varios medios de transporte son necesarios para lograr finalmente la euforia de verlo desde el mirador. Primero, como Jimmie Angel, abordamos una avioneta desde el aeropuerto de Ciudad Bolívar con destino al improvisado aeropuerto de Canaima, aterrizamos sobre una pequeña pista donde están otras avionetas, helicópteros y un curioso Duty Free con comida típica de la zona: arepas, jugos naturales, otras bebidas espirituosas y refrescantes, souvenirs clásicos y artesanía hecha por los indígenas de la región, mesas hechas de madera ocupadas por una mayoría de turistas extranjeros.

IMAGEN 1. SALTO ANGEL DESDE MIRADOR

La comunidad indígena Kanaimö se asienta en esta zona dándonos la bienvenida. Continuamos andando por el sendero del campamento Venetur Canaima, hacia una playa de arenas rosadas del Río Carrao, aquí el medio de transporte son las curiaras, embarcaciones de madera con motor construidas por los indígenas para trasladarse por las aguas de los ríos, unas veces mansas, otras veces, revueltas. Como nativos, nos subimos a las curiaras, obviamente sin la misma destreza, recibimos bolsas para cubrir todas nuestras pertenencias por la “posibilidad” de mojarnos durante la navegación, que al finalizar más bien pareció un cruce a nado por las ropas empapadas y los corazones acelerados.

La aventura comienza. Avanzando por los rápidos del río Carrao, comenzamos a preguntarnos cómo la curiara que va en contra de la corriente puede subir las piedras por donde bajan los remolinos de agua, no da mucho tiempo a pensar, el guía pemón navega siempre con una sonrisa y sin prestar mucha atención a lo que nosotros vemos como peligro inminente, el lo convierte en un simple juego de niños. Nos relajamos con la amplitud de las aguas, la selva tupida en las orillas, los tepuyes que se alzan por todo el paisaje, nos imponen respeto, admiración y alegría por estar allí en medio de la naturaleza.

La travesía para llegar hasta el campamento en la base del tepuy dura cerca de cuatro horas, sin duda, las más entretenidas. Bajamos de las curiaras por la dificultad para navegar sobre los rápidos que se hacen más agresivos en un tramo del trayecto,y caminamos por un terreno descampado desde donde vemos las cascadas, tepuyes y vegetación a ras de suelo. Además, conocemos el Pozo de la Felicidad, una piscina natural de frías y cristalinas aguas de río, con cascadas que nos proporcionan una obligatoria terapia capaz de despojarnos con su fuerza de cualquier tristeza, dolor o pensamiento cuando estás bajos esos chorros de “felicidad”, ahí comprendes de donde viene el nombre de este pozo.

IMAGEN 2. DESDE LA CURIARA

Renovados de espíritu, volvemos a la aventura para atravesar el cruce entre el río Carrao y el río Churún, es evidente el carácter de un río más indómito, entre saltos y sobresaltos a bordo de la curiara, nos adentramos en un paisaje más salvaje con enormes rocas en mitad del cauce, casi podemos tocarlas. Ahora los tepuyes que veíamos a la distancia, están muy cerca, podemos observar en sus paredes verticales moldeadas durante millones de años, formas y detalles que parecen pintados o esculpidos por el artista que  somos todos, la imaginación interpreta lo que la vista percibe. Y entre obras de arte, aparece la que nos atrajo a todos, frente a nuestra curiara se eleva el Auyantepuy con su enorme caída de agua, la más alta del mundo, un hilo blanquecino que se va haciendo más nítido mientras nos acercamos a esa fotografía que tantas veces hemos visto.

Desembarcamos en medio de la selva, ascendemos hacia el campamento natural, un “caney” o especie de superficie de tierra sobre la cual se levanta un techo apoyado en columnas que sirven para colgar las hamacas donde pernoctamos. Una larga mesa de madera con troncos para sentarse a comer, una brasa para cocinar, un modesto lavabo en medio de la selva, una “ventana” con vistas perfectas hacia el Salto Ángel. No se necesita nada más para conciliar el sueño con el arrullo de grillos, aves, bichos y  corrientes naturales de agua. Una noche de tormentas, truenos, intensa lluvia. En mi hamaca, comienzo a preguntarme si nos llovería al día siguiente en el camino hacia el mirador, si ese sonido que escuchaba era el cascabel de una serpiente, si los que roncaban realmente podían dormir profundamente o si tendrían la misma ansiedad que yo. Sólo quería que llegara la mañana, para asomarme a la ventana y decir: buenos días, Salto Ángel, así lo hice y me saludó de vuelta con un despejado cielo azul, una vista impecable de la cascada desde la cima difuminada en su caída hasta la base y un arco iris en el rostro del tepuy como una cómplice sonrisa de colores.

Ese día, celosa de su grandeza, no pudimos apreciar la caída de agua en toda su magnitud desde el mirador. Entre neblina y nubes densas, la cascada era una columna de humo que se desvanecía y dejaba caer algunas gotas sobre nuestra piel. Más abajo, siguiendo el camino de la selva, recibimos la recompensa del viaje, un baño en las frías aguas de una de las cascadas que también bajan del Auyantepuy. Paredes por donde se desliza el río, suelos de piedras rojizas, una especie de laguna para sumergir el alma, un panorama repleto de vegetación y tepuyes de diferentes tamaños nos rodean. Después de todo, faltaba desandar el camino con la nostalgia y las ganas de volver que nos invaden cuando finaliza un gran viaje.

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Sobre el autor

Viajera independiente, venezolana de nacimiento y española de herencia. Ha fusionado su experiencia profesional en Marketing con el Periodismo de Viajes. Emprende cada viaje atraída por la diversidad cultural, la naturaleza, la gastronomía, la fotografía y la reflexión.

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