La primera vez que pensé en un tour por Tijuana para extranjeros, fue para dos periodistas canadienses que buscaban realizar un trabajo de investigación sobre la violencia en la ciudad. Ser reportero local era una ventaja de apoyo para medios internacionales pues colaboras en su agenda, en las entrevistas, en las llamadas telefónicas, contactos, traslados, en fin: les facilitas el trabajo.

Recuerdo los comentarios que hacían de la ciudad, sus preguntas, lo que les parecía gracioso, curioso e insólito. Poco a poco detectaba la imagen que tenían de la frontera; cómo veían a esa entidad de la que estuvieron investigando y en la que evidentemente estaban pasando cosas, problemas graves de violencia y situaciones fuera de control. Ahí estaban en la ciudad considerada como peligrosa y por la cuál habían viajado desde Canadá.

Este diciembre fui nuevamente guía, pero ya no se trataba de una visita laboral, sino turística.Originario de Barcelona, Alex decidió darle a Tijuana cerca de dos semanas para conocerla de cerca, codearse con la imagen creada por las noticias, las películas y las novelas.

Su referencia era un país en vías de desarrollo. Tijuana se llaman las pipas que se venden en España; Tijuana tiene una canción de Manu Chao; es conocida por la boda y la barda llena de cruces que aparecen en la película de Babel; la frontera con noticias como las que vinieron a cubrir aquellos canadienses; la ciudad con hombres que portan sombrero, poncho, botas y algo similar a las películas del Oeste (de corte estadounidense); el país de los nachos y las fajitas. Sin olvidar a Speedy  González y las telenovelas. Cantinflas, el mariachi y claro, el Chavo del 8.

No crean, tuve que detenerme a pensar ¿a dónde lo llevo? ¿Qué es único? ¿Qué es de Tijuana? ¿Cómo es su identidad? Mis dudas al principio se centraban en lugares como el Centro Cultural Tijuana  pero…¿Qué le enseño si viene de una ciudad con siglos de historia y Tijuana no tiene ni 130 años de edad? Dejando atrás Paseo de los Héroes en la Zona del Río, el Malecón de Playas de Tijuana, ¿qué más? ¿Un lugar turístico? Si, la Revolución ¿Y luego?

Ahí caí en cuenta que esta ciudad norteña con fama de no ser ni mexicana ni americana por la dualidad cultural dada la cercanía con Estados Unidos y la lejanía con el resto de México, ofrece opciones turísticas si, pero muy dispersas. Hay mucho que hacer pero de pronto se vuelve poco para conocer. Está desperdigada la oferta que pueden encontrar quienes son ajenos al territorio.

Más que hacer turismo, me centré en que conociera cómo se vive en Tijuana. Qué hace la gente los viernes en la noche, los domingos que en su país todo está cerrado y aquí todo abierto; durante la hora que en España se hace la siesta; qué comen los tijuanenses, qué es eso del otro lado, ¿la línea? en qué trabaja la gente de su edad; cómo se divierten, de qué se ríen. La intención de una convivencia local con quienes forman parte del día a día y que viera por si mismo la dinámica, claro: mis amigos y mi dinámica.

Mi forma de vivir Tijuana.

Si, le encantaron los tacos, los del Frank. Ahora entiende la importancia del aguacate, la diferencia en el olor de las salsas y que el chile que más pica es el habanero. Sonreía cada vez que llegaba la mesera con totopos, pico de gallo y limones, aprendió rápido pues cumplían evidentemente su función de botana. Llegó a la conclusión que la comida con chile sabe más a México, pero que no significa que todo tenga chile.

No dejaba de asombrarse de la variedad de comida, las opciones del pollo y la carne y sobre todo: extrañó el pan pero aprendió a saborear con tortillas. Lo que halló confuso fue el por qué comer tacos después de tomar y no antes, es decir, irse a dormir después de comer tan pesado, en lugar de cenar para tomar con el estómago lleno. No tuve respuesta en su momento, mi lógica son los tacos después de la fiesta.

La oferta gastronómica le sorprendió tanto como a mi. De pronto tuve la sensación que decidir en dónde comer era difícil; no alcanzó el tiempo para la fonda Nayarit, la cenaduría de la 11, los tacos salseados, los de borrego en Otay, es decir, la oferta rebaso mis expectativas, desde los más caros hasta los más baratos. Aunque no quedaron fuera los hot cakes, que los probó por primera vez, sólo los había visto en las películas americanas.

El menú incluyó las tortas del charro y sus quesadillas y chilaquiles, la Espadaña con más chilaquiles, café de la olla, omelettes; algo parecido pero con el sabor del Potrero y claro, la comida china típica de Baja California; la lasaña del Saveritos es inigualable, y aunque también probó la ensalada Cesar´s del restaurante en la Avenida Revolución, fue la del primero que el aderezo famoso gustó más.

Un catalán en Tijuana 03 viajeconescalas

También saboreó y gozó el pozole, el rico caldo de res del 24 horas, la machaca con huevo de mi hermana, los burritos, los tostilocos, churritos con salsa valentina, y si, mezcales, tequilas y cervezas como la Tecate, Victoria y Corona (que ya ni son mexicanas) y  tacos y más tacos.

Otro punto interesante fue la zona centro. Al llevarlo conocí la nueva calle peatonal de la Catedral, lo bien que se ve el antiguo Palacio Municipal de Tijuana, el Parque Teniente Guerrero que sigue lleno de viajecitos jugando ajedrez (me recuerdan a parques de la Ciudad de México), el Museo de Cera que me ayudó a darle una buena introducción de historia del país y claro, el folclor que muestra la diversidad cultural mexicana en una ciudad fronteriza, si bien Barcelona cuenta con diversidad racial, Tijuana la tiene a nivel más nacional.

El mismo centro de día cambia de piel por la noche, sobre todo en la calle sexta y alrededores. Los lugares visitados fueron la Mezcalera, el Dandy del Sur, la Estrella, el Rio Verde, Las Pulgas, el Hong Kon, el Adelitas y el Turístico en Plaza Santa Cecilia. Mi criterio fue mostrarle los escenarios que definitivamente en Barcelona no se los encontraría, porque las discotecas son exactamente las mismas aquí y allá, incluso la música del momento, pero ese folclor sólo allí.

El recorrido también incluyó las zonas más pobladas y menos agradables para la vista, sobre todo por el tráfico, la tierra y el comercio ambulante. Desde la 5 y 10 y la saturación comercial, hasta el Florido, el Mariano Matamoros, Otay, el Refugio, zonas residenciales con realidades que se contrastan  a la Zona del Rio o Cumbres de Juárez.

Pero claro, qué es Tijuana sin su gente, sin mis amigos y primos y parientes. Sin el familión que tengo de Sinaloa establecidos aquí desde hace más de 40 años. Una mezcla típica fronteriza que le dejó ver cómo se viven las fiesta decembrinas con media familia que después de migrar de San Diego, Hawái y San Francisco regresan con la otra mitad asentada ya por años en la frontera, los primos son puros tijuanenses. Fue la gente la que despertó mayor cercanía con la identidad de la ciudad, mucho más que cualquiera de los lugares que visitamos. Es la gente la que dio calidez, diversión,  diversidad y sobre todo cercanía. Somos cercanos en el trato.

En Barcelona tú debes hacerte espacio para entrar a los círculos e intentar codearte entre ellos y no ser excluido, cuesta adaptarse. En México no es así y no lo fue en Tijuana, un foráneo mientras entre en el prototipo de persona decente, es recibido de forma que se vuelve el centro de atención, de la plática. Así que cada grupo de amigos o familiares representaba una charla que se repetía incluso sobre los mismo temas, sobre todo la pregunta de: ¿Qué te ha parecido Tijuana?

Es una urbe que abraza, recibe a quienes llegan a ella aún cuando está saturada de circulación poblacional. Los meseros, taqueros, taxistas, amigos y conocidos se interesan por el de fuera, por tener un “cotorreo” con quien procede de otro contexto, con otra historia;  al menos escuchar otro acepto que se vuelve atractivo y se presta a la broma, a la “carrilla”.

Los primeros días se sorprendió de las propinas, pero esto cambió cuando valoró el trato del servicio. En su tierra catalana apenas y se acostumbra el cinco por ciento, mientras que en México dejar menos del diez podría tomarse como una grosería. La gente fue la que hizo el viaje: el trato, la confianza, las bromas, el cobijo.  En más de una ocasión sorprendido por las atenciones desde su punto de vista, se despidió de los meseros de saludo de mano y hasta abrazo. Salía sonriente de los lugares.

No, no hizo turismo, vivió por quince días lo más parecido a la cotidianidad de esta frontera mexicana, la ciudad problemática que sale en las noticias y que es vecina de un primer mundo, en donde la gran mayoría de sus ciudadanos invierte dos horas de fila para comprar ropa de marca a precios accesibles, ir a trabajar, a un juego de béisbol o simplemente pasar el domingo, con una cartera que carga dólares y pesos.

El municipio con casi dos millones de habitantes que se mueve a un ritmo que la ciudad mundial de Barcelona no conoce, es diferente y es esa diferencia la que resulta interesante.

 

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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.

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