Jamás probé las castañas asadas.

El humo huele a otoño. Estoy parada frente a un quiosco de madera donde hay una mujer que está tostando un puñado de castañas. La mujer, atenta a lo que le digo, me mira extrañada sin dejar de remover la olla con agujeros que tiene al fuego. Yo también la miro con cara de circunstancias. Quizá no las he probado antes porque nunca reparé en ninguno de los quioscos que comienzan a venderlas calentitas en cuanto llega el frío a Barcelona.

–Pues bien ricas que están. Doce unidades, tres euros –me responde.

La tradición de las castañas de mano de las castañeras. |Fotografía: Beatriz Lizana

La tradición de las castañas de mano de las castañeras. |Fotografía: Beatriz Lizana

Acepto a comprarle la docena y aunque son las cinco de la tarde, más que una merienda, lo que busco es una conversación. Pelo la primera castaña, me la como y enseguida me doy cuenta de que las prefiero sin asar. A pesar de ello, sigo inmóvil junto al quiosco con la intención de saborear lentamente la historia que se sucede entre castaña y castaña. En una mano, un cucurucho hecho con papel de periódico; en la otra, la cámara de fotos.

Observo la escena y me siento como una prestidigitadora que juega sus mazas con un elemento imposible: el paso del tiempo. El 1 de noviembre, que con sus tradiciones arraigadas e importaciones culturales ya se fue. Atrás quedó el día de las calabazas iluminadas y los cementerios abarrotados. Aquí, en la plaza de la Bella Dorita, ya no quedan niños disfrazados que pregunten por su “truco o trato”. Por otro lado, el final del siglo XIX, que se me hace presente con el nombre de la plaza. Continúo estática masticando otra castaña dulzona y suavota mientras traduzco el movimiento de las aspas rojas de El Molino al blanco y negro de mi memoria. En mi cabeza suena una gramola con música de cabaré pese a que a mi alrededor no hay ni rastro de plumas ni cancán.

Aunque sí hay humo. Frente a mí está Montse, la castañera, y no está sola en el quiosco. Hay también un hombre que parece trabajar en el puesto, pero la que tiene las manos negras por el tizne es ella. El señor habla mucho, la mujer sonríe, yo sigo comiendo y todos bromeamos sin parar. Imagino que él, Ángel, es un amigo que le hace compañía mientras ella trabaja. No para de revolotear, como yo, y me permite sacar fotos al quiosco, a Montse, a las castañas y a él mismo. Intuyo que les he caído bien y además la mujer cree que me conoce de algo porque le suena mi cara –mi cara siempre suena–.

Nos tendrías que pagar tú a nosotros por esta sesión de fotos. –bromea el hombre –Luego viene la gente esa que se cree famosilla, se hace una fotito aquí, otra allá y se llevan un pastón sin hacer nada.

Creo que habla de los influencers, alguno ha debido conocer aunque supongo que no entiende bien el concepto. Le pido a Ángel que me sujete mi cucurucho de castañas mientras les hago fotos y les explico que si me dan permiso alguna de estas fotos puede salir en una revista online.¿Online? No la conozco.” Se creían que era el nombre de la revista.

La castañera que viajó a Colombia | Fotografía: Beatriz Lizana

La castañera que viajó a Colombia | Fotografía: Beatriz Lizana

Intento acercarme más a Montse pero está atareada con las ventas así que aprovecho entre cliente y cliente para preguntarle todo lo que se me ocurre. Con cada castaña que me llevo a la boca descubro nuevas anécdotas: lleva más de treinta años en el negocio aunque el ayuntamiento le ha movido el emplazamiento tres veces, pero siempre en la misma calle de Paralel, por las terrazas de los bares y las obras. En la plaza donde está ahora lleva unos tres o cuatro años y se siente muy cómoda ahí. Me confiesa que está acostumbrada a que le hagan fotos y que incluso una vez una mujer vino muy interesada para hablar expresamente con ella sobre la temporada de las castañas. “Aunque yo nunca supe nada más ni de ella ni de aquello de que hablamos”. Le prometo que yo volveré pronto para traerle la foto que salga en la revista y para comerme un boniato asado, que tampoco lo he probado nunca.

Pero entonces, ¿trabaja usted también en el quiosco o no? –vuelvo a preguntar a Ángel, que me devuelve mi tentempié. Tengo curiosidad por saber más cosas pero no quiero molestar a Montse.

Niña, que quieres saber tú mucho, ni que fueras de la CIA. Mírala Montse, tan abrigada va la niña que parece que vaya al Polo Norte.

–No Ángel, al Polo Norte no se puede ir así, no lleva suficiente ropa –le responde sin ironía ella. –Que allí hace muchísimo frío… aunque a mí no me importaría nada ir.

Touché. ¡Me sacó la vena viajera!

–¿Cuál ha sido el lugar más lejano que ha visitado usted, Montse? –le pregunto.

–Creo que Praga. Me pareció maravilloso, muy bonito.

Le ha gustado recordar ese viaje, lo noto en su cara. Empieza a recordar historias, coge un boniato, lo envuelve en una servilleta y me lo regala. A mí este gesto me pone muy contenta y aunque ya estoy llena porque me terminé mi docena de castañas le voy pegando bocados.

–No, espera, ¿qué está más lejos, Praga o Colombia?

–¿Ha estado usted en Colombia? ¡Me encantaría ir a Colombia!

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Sobre el autor

Nací en Alcalá la Real, en Jaén, España. La escritura y la fotografía son mis excusas para conocer el mundo y viajo para contar historias y cuento historias para seguir viajando.

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