Relatos

Traviesos de Trabia

Trescientos catorce. Tres catorce son los kilómetros que cruzan Sicilia de este a oeste. De Catania a Trappani hay exactamente 314 kilómetros. Era la octava jornada del viaje en Vespa por Sicilia. El último día amanecía en Catania, la Vespa debía devolverla en el concesionario donde la alquilé y a media tarde salía desde Palermo mi avión hacia Barcelona. El trayecto Trappani-Palermo lo realizó por mí el conductor del autobús que nos llevó, y fue de agradecer porque uno a esas alturas estaba agotado.

La autopista es muy larga y el sol siciliano, que por su idiosincrasia bien podríamos tildar de norteafricano, te aprisiona contra el asfalto, te abofetea y te deja el cogote colorado. Por eso es conveniente parar, hidratarse, descansar de vez en cuando, como hice el tercer día en Mazara del Vallo, frente a las costas de Túnez, cuando empecé a notar síntomas de deshidratación (malestar en el estómago, carencia total de gotas de sudor y necesidad de beber agua ya sin ni siquiera tener sed).

El último respiro antes de arribar a la costa oeste en la Vespa GTS 300 Touring me lo di en Trabia, una recogida población de playa que en el sentido que yo llevaba, de este a oeste, te encuentras 35 kilómetros antes de alcanzar Palermo y su circunvalación suicida -de asfalto brillante y usuarios sin lustre, temerarios al volante como buenos italianos de la mitad sur.

Trabia es una calle por encima de la carretera de la costa y mar de rocas por la parte inferior. Por ahí encontré un restaurante de apariencia decadente, sin pasaje y de escasa tripulación, suficiente en cualquier caso para servirme un café ristretto en su proa, a dos metros del Mediterráneo. Desde allí podía observar cómo unos pescadores -algunos de manual, otro con bañador de licra y gomina, como si tratase de engatusar a su presa marina- probaban suerte con poca fortuna. Terminado el café, volví a reunirme con la Vespa para continuar el viaje de regreso. Era mediodía y el termómetro trabajaba a destajo. Al acercarme, un par de lugareños se cobijaban a la sombra, utilizando mi escúter de improvisada barra de bar.

La Vespa como refugio contra el calor siciliano.

Frente a ellos, en una pequeña plaza, un grupo de siete obreros hacían como que se ganaban el jornal. Éstos sí que no iban a destajo, porque de los siete que llevaban el traje de faena sólo uno trasteaba con una paleta en el cemento, mientras los demás charlaban secándose el sudor. Todavía hoy no sé exactamente qué estaban haciendo.

Y como se aburrían, a uno le faltó tiempo para venir a verme y preguntar qué hacía yo allí.

-Estoy recorriendo la isla. Llevo ya más de tres mil kilómetros y voy a devolver la Vespa a Trappani.

-¡En moto! ¡Tú estás loco! –me contestó riéndose.

-Bueno…

-¿De dónde eres?

-De Barcelona.

-¡Ah, España! ¡Toro, toro! –con las manos en la cabeza, imitando los cuernos del animal.

-Sí, ya…

-Mira, ¿ves ese de ahí? Pues es un cornutto.

Se produjo entonces un estruendo a base de carcajadas, más carcajadas y palmadas de retranca. Todos reían menos el (supuesto) cornudo y yo, él sentado abrazándose las piernas y un servidor sin saber dónde mirar. En realidad, para ser sinceros, a él sí se le escapó una leve sonrisa, aunque vete a saber por qué.

Una de las situaciones más incómodas por las que pasé en Sicilia fue aquella vivida en Trabia. Más que incómoda, me advertía mi subconsciente viajero, siempre cauto y alerta, resultaba peligrosa. El loco de la Vespa, como me bautizaron allí, no sabía cómo reaccionar, qué hacer o qué decir. Si reír o no, de modo que opté por la cara de póquer, a pesar de que uno es más de la brisca.

En Italia hay que andarse con ojo a la hora de lanzar según qué calificativos. Cornutto es lo peor que se le puede decir a un italiano que se considere medianamente macho, y de esos hay a puñados. Resulta una de las mayores afrentas que se le puede hacer: decirle, o insinuarle (que parece incluso peor) que su mujer le es infiel. Esto es así en Italia, pues imaginad en Sicilia.

En los atascos no se insultan sino que se lanzan cuernos con las manos como si fuesen dagas, que es más directo, efectivo e incisivo. Es entonces cuando empieza a hervirles la sangre de verdad, siendo el riego de los italianos del sur ya de por sí, en origen, fluido y caliente.

Los operarios desocupados esperaban ansiosos a que compartiera con ellos el momento aparentemente hilarante; hacerme partícipe, cómplice del mal rato por el que estaba pasando aquel muchacho que a saber ni siquiera si estaba casado o tenía pareja conocida. No iba a ser yo el verdugo que sacase el hacha ni el torero español que desenfundase el estoque para rematar la faena. Nada de lanzar la montera ni “va por ustedes”, no, no, que a uno no le gusta el maltrato animal, sea de la especie que sea. Además, a saber cómo reaccionaría el cornutto ante la más sutil mueca de mofa, o arranque, que pudiese manifestar mi rostro. Tras el burladero dan menos miedo los cuernos.

Que no, que no, ni mucho menos. Me esperaban en el concesionario de Trappani y la Vespa había sido una perfecta compañera de viaje; quería devolverla en buen estado, y dudo mucho que el comandante del avión que había de llevarme de vuelta a Barcelona esperase en la cabina de vuelo a que un servidor saliese del hospital.

-Ah… Un cornutto… Vale. Eeee…yo he de irme ya que llego tarde. Buona giornata.

-¡Ciao! –entre carcajadas aún mayores.

Al subirme a la Vespa, el señor que había estado apoyado en ella y al que fotografié casi de incógnito –casi porque se dio cuenta-, me lanzó una última mirada a medio camino entre la intimidación y la compasión, diciéndome con los ojos al oído que tuviese cuidado con la foto que acababa de hacerle, que como no la borrase me enviaba al cornutto a Barcelona. Valiente como pocos, no la borré y hoy ilustra este relato. El señor es el de la derecha, al que no sabría cuántos años echarle pero enseguida imaginé cuántos kilos pesaría: unos 110 más o menos, con eso está todo dicho.

¿Que me tomó la matrícula al partir? ¿Y? La Vespa era alquilada y en horas estaría en la zona de embarque del Falcone e Borsellino, que es como llamaron el aeropuerto  tras el asesinato del ínclito juez antimafia Giovanni Falcone. En la autopista que lleva de allí a la capital de Sicilia se levanta, en el lugar exacto donde colocaron la carga explosiva, a la altura de Isola delle Femmine, un monolito que recuerda aquellos hechos del 23 de mayo de 1992.

En cuanto despegó el avión, a pesar del cansancio acumulado, una palabra vino automáticamente a mi cabeza: ¡Olé!

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Licenciado en Historia y Máster en Periodismo de viajes, escribe, traduce y le da al guión. Observa y escribe; vive y cuenta, manteniendo entre ceja y ceja el dedicarse a la escritura sin cuestionarse la modalidad. Viajar es lo que le mueve: hacerlo en moto a ser posible.
Un comentario
  • Partitura de partida
    7 septiembre 2015 at 11:40 am
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    […] no puedes crear otra atmósfera, vives la real, la de cada latitud. Recuerdo un viaje en Vespa por Sicilia, iba circulando con el casco abierto por el interior de la isla y me cautivó un intenso olor a […]

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