Relatos

Titicaca, la puerta al mundo

Decidir frenar en medio de un viaje no es algo planificado. Quien lo haga será llamado a resolver dudas profundas y a convertirse en una especie de peón del tiempo. Esto es una ley. O una bendición.

Mi parada vino consecuencia del lago navegable más alto del mundo, el Titicaca, dividido entre Bolivia y Perú. Llevaba tres meses de viaje lento, cuatro países y miles de kilómetros a mi espalda. Me cautivaron sus aguas que, a más de tres mil metros de altura, supieron apuntar con perfección su dedo en mi llaga: un anhelo absoluto de encontrar lo más originario. No sólo eso, eran un alentado diluyente para el agotamiento, para el mal de altura.

Un lago que se presentó a base de leyendas. Las más primarias, aquéllas que aludían a los ecos de sirenas, algunas sabias, otras tramposas. Todas, extractos de poesías, cuáles ciertas, o cuáles necesarias para el alimento isleño. Un lago sin magia, no es un lago. Y cuando uno entra en territorio fantástico, debe también saber descifrar las reglas de su juego. Lo incomprensible del Titicaca. Un dios Sol expresado en agua, Inti y sus lágrimas convertidas en lago. O la puerta de entrada al mundo, por parte de los sucesores de un continente antiguo, Mu, que pareció desaparecer antes de la Atlántida y cuyos descendientes pudieron alcanzar los brazos del Titicaca para crear las bases de una primera civilización. Otras leyendas, otras miradas de una tradición andina que toman voz mucho antes del imperio Inca. Hoy, custodiadas por los descendientes de los grupos aymaras, quechuas y urus.

Un lago acompañado por la historia a través del emblemático asentamiento político y religioso de Tiwanaku, hoy observable gracias a sus restos arqueológicos. Capital de la cultura Tiahuanaco, preincaica, se debate su antigüedad. Algunas crónicas hablan de alrededor del 1500 al 1000 a.C. y otras fechan su inicio entre el 900 al 800 a.C.

Civilización que encontró el bronce y lo usó como herramienta de avance, experta en urbanismo, inclinación de muros, estructuras subterráneas de canalización, técnicas de cultivo y, según se cree, con el don de orientar las disposiciones arquitectónicas de forma astronómica. Un foco de influencia desde el Titicaca para el mundo: sur de Perú, norte de Chile y norte de Argentina.

Ante tanto cruce de versiones, cuál variado y responsable de cambiar el curso de la historia, uno se colapsa en el mareo. Opté por escuchar el lago y encontrar, en sus susurros, mis propias pistas. Se convirtió en una rutina, que también ritual, el baño frío de cada mediodía. En él, se fueron amarrando mis preguntas y, más en el fondo, las leyendas tomaron su propio tono. Viajar con preguntas no era algo nuevo, ni en mí ni en la comunidad de viajeros. Titicaca simplemente fue el espacio que las abrió todas, un primer espejo. Agua transparente intensa, una pureza viva, de carácter claro. Una agua elevada, en todos sus aspectos. Le llamaban el lago sagrado. ¿Vivirían sus aguas también apunadas?

Isla Luna fiesta

Titicaca, la puerta al mundo. |Fotografía: Carmina Balaguer

Isla del Sol, cambiar la fórmula

Cuando uno empieza a cambiar el modo de hacer preguntas, o de hacerse preguntas, es que empieza a comprender la esencia de un lugar. Probablemente, dejará de escuchar el tono oficial que lo define para encontrar un criterio propio, algo así como un madurar del viajero. Empecé a vivir esta sensación el día que conocí a la Roca Sagrada, en la parte norte de la Isla del Sol, ubicada en el lado boliviano del lago. También llamada Roca de los orígenes y, a la vez, encargada de presentar la forma de un puma, animal sagrado de la trilogía andina, conector con el nivel terrenal, la fuerza y la sabiduría. Algunas crónicas hablan de esta piedra como el punto de arranque de Manco Cápac y Mama Ocllo (la considerada como primera pareja de incas) para la fundación de Cuzco. Fue así como el nombre Titikaka, originario de la isla, pasaría a definir todo el lago.

Me senté frente a la roca, gigantesca, y apoyé mi espalda, diminuta, sobre ella. Era pleno día y el sol colocaba a la isla en una especie de reloj del tiempo y del espacio aparte. En forma de Dios Inti, o en forma de astro, la isla pasaba las manecillas por todos sus rincones. Un decreto nada moderado. La exposición me quemó la piel, aquella que yacía guardada bajo mi ropa. El sol podía con todo. Pero me encaré a él, sin miedo, y después del paso de grupos turísticos guiados, me quedé sola, frente a una mesa de sacrificios en la cual podía imaginar una secuencia fílmica. De ahora o de antes. Efecto imán, mi cuerpo quedó enganchado a aquella pared majestuosa, convertida ya en un portón hacia lo antiguo, que también lo verdadero.

El día que dejé la isla, caminé cuatro horas hasta el puerto. Salí de madrugada, apurada por el tiempo, pero atraída por los detalles vírgenes. Los habitantes de la comunidad donde estuve, la comunidad Challa, salían con un bote rumbo a Copacabana. El trayecto no me servía, pues quería cruzar a otra isla. Para llegar a puerto seguí el eje principal de la isla que llevaba de norte a sur, un camino llamado Ruta Sagrada de la Eternidad. Lo recorrí sola, como casi todo en aquella isla. Largó la lluvia, primero en drama, después de forma fina, como si ella misma estuviera aprendiendo a llover por primera vez. Nació un arco iris al costado del camino, aunque por sorpresa lo hizo cerca de las raíces de un árbol, y no en su copa. Algo así como si la propia altura del lugar, de casi 4.000 metros, y pues de los árboles, hubiese confundido al propio cielo y los colores aparecieran desorientados.

La isla presentaba todos los elementos para convertirse en un ritual. Ningún chamán, ningún rito y, menos aún, ningún historiador intelectual (que también busqué y documenté) podría convertir aquella isla en lo que ya era: un templo en sí misma.

Fiesta Isla Luna 2

Titicaca, la puerta al mundo. |Fotografía: Carmina Balaguer

  Isla de la Luna, la luna viva

‘La comunidad te va a invitar’, dijo una de ellas. No era la más mayor de todas, ni tampoco la más joven. Se habían juntado en pequeños grupos, bajo un sol infernal, en pleno descampado, herida abierta para las cabezas. Y al otro lado de la cancha de juego, el grupo de hombres. Todos vestidos con sus uniformes diarios. Yo, la única pasajera de todo el archipiélago, que no llegaba ni a tres kilómetros de largo. Me quedé por efecto del contraste. La isla de la Luna era compañera de la Isla del Sol, más diminuta e inaccesible, tal vez más fina. En ella se conservaban los restos del templo Iñakuyu, cobijo de las vírgenes, donde se dice las más jóvenes habían sido educadas en los oficios de mujeres, guiadas por una anciana.

La isla, también llamada Coata, no era una isla marcada en la ruta de casi nadie, más allá de una visita fugaz en sus ruinas. Aquél día, fui la única en desembarcar en ella. Me encontré con sólo 25 familias, y algunas casas distribuidas al otro costado del monte. La casualidad me acompañó. Aterricé el día en que uno de los jóvenes de la isla celebraba el ende de su servicio militar. La fiesta ya había arrancado pero, cuando fui invitada, la comida empezaba a ser servida. Me acerqué con sigilo y aprendí a tocar las trenzas de la mujer de enfrente. Largas y enroscadas, unidas con un curioso broche elástico que las hacía estirar más. Lo que diferenciaba a cada una de ese grupo de mujeres aymaras era el estilo con que se unían el acabado de sus cabellos. Llegó el turno de la tequila y la cerveza, cortado por el reparto de hojas de coca y el sonido de los músicos enviados expresamente desde la Isla del Sol. Varias danzas al bajar la tarde.

Recibí la noche desde un pequeño montículo, a pocos metros de altura, la isla no daba más. El sol se escondía tras las aguas del Titicaca, como perdido en grietas imaginarias. La Isla del Sol, a lo lejos, con una piedra enorme imposible de detectar desde allá arriba. Y el sonido de unas danzas autóctonas, más abajo, familiares, descontroladas, rebotando por las paredes de toda la Luna. El foco de una luna viva, en lo alto, casi a la altura de mis propios ojos. La imagen de algo omnipotente, aún incomprensible del todo.

No había pretensión de parar la fiesta. ¿Cuántas serían las ocasiones festivas en ese lugar para que ni la falta de luz en las casas y en toda la isla evitara frenar los sonidos de los tambores? Alguien me sacó a bailar. Una mujer, de la cual no vería el rostro y, pues, no podría saludar a la mañana siguiente. Parecía una canción en bucle, como si los músicos, y la isla, únicamente estuvieran entrenados para repetir dos pentagramas. El baile era exigente y, ayudadas por los atuendos, las mujeres saltaban, todas ebrias, siguiendo un compás que no tenía pausa. Perdí la respiración. Fui sólo bote, empujada por unas manos fuertes y una falda aymara.

Alquilé una habitación en una casa de pescadores cercana. Sólo una cama, dos mantas y una cortina agujereada. A la mañana siguiente, me levanté con los labios pegados. El frío, y la altura, me habían dejado sin voz.

Valle Sagrado-Urubamba

Valle Sagrado-Urubamba. |Fotografía: Carmina Balaguer

 

 

Cuzco y Urubamba, el curso de los buscadores

Sincronizarse con un lugar no es una pérdida de personalidad. Es una evidencia de haber llegado a un punto cero, con todos sus beneficios. El lago Titicaca me llevó a Perú y a sus islas y, después de todas ellas, a Cuzco, también conocido como el ombligo del mundo. Algo así como un punto de freno-desfreno.

Ciudad base del Valle Sagrado de los Incas, Cuzco arrancó una segunda cadena de búsquedas. Acordonadas por asentamientos arqueológicos, de alto interés histórico, así como de importante temblor espiritual, como Pisaq, Ollantaytambo, Maras-Moray y, por descontado, Machu Picchu, entre muchos otros. Escenario de apus, deidades de la naturaleza, y otras simbologías de la concepción andina. Desde la ciudad de Cuzco salían los cuatro caminos, cuatro suyos, que marcaban los cuatro puntos cardinales del imperio inca, Tawantinsuyu, hacia el mundo. Un punto cero acompañado de contradicción: no partir de él sino llegar a él para quedarse.

Acabé instalada en la modesta población de Urubamba, al margen del río Urubamba, atraído por un dato que debí corroborar por mi misma. Se dice que la mayoría de los ríos siguen su curso de norte a sur y que éste lo hacía a contracorriente, concretamente en dirección suroeste. El río nace en la parte suroriental de Perú con el nombre Vilcanota. Toma el título de Urubamba al pasar la población que lleva el mismo nombre, penetra el Valle Sagrado y circunda atractivos como el santuario de Machu Picchu. En la conocida como zona del Bajo Urubamba, el río toma un curso noroeste y se convierte en el río Ucayali (suma del río Inuya y río Tambo), como ya parte del curso principal del río Amazonas.

El río Urubamba no era el único a contracorriente. El Nilo en África, el Obi, el Lena y el Yeniséi, en Siberia, o el río Irtysh, que pasa por China, Kazajistán y Rusia, eran algunos otros ejemplos de ríos que, en su totalidad o en una parte, vivían hacia el sur.

Según algunas tradiciones andinas, todas las aguas que fluyen a contracorriente son sagradas. ¿Qué pasa con las que no fluyen? Definir lo que se entiende por sagrado fue la base de un decálogo con el río y con la naturaleza misma. Abastecer de agua a las civilizaciones es un acto sagrado, fruto de entrega incondicional, pero entonces todos los ríos lo serían y este no era el caso. Algunos ríos admirados como, por ejemplo, el Ganges en India, ubicado hacia el este, rompían la regla. Había aguas más calmas o nítidas, como las del agua Titicaca o las del lago Baikal, cerca del río Yeniséi, que del mismo modo sabían alentar el alma.

¿Qué decantaba lo sagrado o no? O, aún más grave, ¿quién se otorgaba el derecho a hacerlo? Lo que conocí del río Urubamba fue abrupto, revuelto y de baño peligroso. Casi un tubo al borde de explosión, por donde circulaba el ayer y el ahora. Lo sagrado no era uniforme. Todas las aguas tenían su ritmo y dirección propios, porque en todas ellas se impregnaban mensajes únicos.

Si algo tienen las aguas es que son imparables, e imparable es el camino de los buscadores y de los que quieren transmutar. Causa o efecto es, sin dudas, un camino a contracorriente. La capacidad de albergar preguntas y respuestas da especialidad y poder de transformación a las aguas del Titicaca y del Urubamba. Frenar en un viaje es ir a contracorriente, así como viajar sin fecha. Lo es vivir como una buscadora y lo sería vivir como si no lo fuera. Porque cuando uno busca, debe salir al mundo y descubrir su propio curso. Al fin y al cabo, pues, lo sagrado es aquello que uno quiere que lo sea.

 

 

Categorías
Relatos

De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.
2 Comentarios sobre esta publicación.
  • mbeltranva
    8 Abril 2015 at 12:45 pm
    Deja un comentario

    Tengo muy buen recuerdo de la estancia en el Lago Titicaca. Y eso que me cogió un mal de altura horrible las primeras 24 horas :(.
    Navegar por sus aguas, poder conversar con la gente de las islas flotantes y comer ahí fue una muy buena experiencia. Realmente cada vez que revivo el viaje a Perú pienso que tengo que volver pronto 🙂
    Un abrazo viajera.

  • Carmina Balaguer
    9 Abril 2015 at 4:51 pm
    Deja un comentario

    Así es! Perú y Bolivia, unidos por el Titicaca, son parajes extraordinarios. Cuando uno llega a ese lugar, siente que el mundo se ordena. Un abrazo grande!

  • Deja un comentario

    *

    *