Lo visité una larga mañana, en la que el sol dejó de importar. Toqué una de las piedras y en ella noté el frío del tiempo, la suma de vida, lo viejo. Su temperatura tenía el don de la historia. Di la vuelta y encontré dos grandes algarrobos. Pensé en cuántas generaciones deberían haber pasado para poder recostarme bajo sus sombras. Cada una de ellas necesarias para construir la arena, la base y la piedra. Y, por ende, la vida.

La historia de Talampaya es remota en el tiempo. Ubicada en medio de las serranías bajas del oeste riojano, en Argentina, sus 215.000 hectáreas albergan imponentes paredes de 150 metros de altura. En forma de cañón, custodian el cauce de un río seco, por el que se entra a un túnel del tiempo. Conocerlo es descubrir la magia de la tierra al sumar años. Una amplia paleta de colores fusiona el rojizo con tonalidades marrones, verdes y grises, dejando entrever un terreno en cocción, vivo.

Cañadones erosionados, yacimientos arqueológicos y paleontológicos y geoformas son parte de este paisaje árido que creció gracias a una gran cantidad de sedimentos triásicos y terciarios que durante millones de años quedaron acumulados en la profundidad del planeta. El cañón de Talampaya tiene más de 200 millones de años de vida, que hoy podemos captar en forma de fósiles – como el Lagosuchus talampayensis, perteneciente a uno de los primeros dinosaurios que habitó en la Tierra – y en forma de relieves – que nuestra cultura se ha preocupado por dar nombre. Son formas inexplicables que se conocen como El Monje, La Chimenea, La Catedral o El Rey Mago, por ejemplo.

Esta necesidad de identificar ya la ejercieron los quechuas, quienes dieron título a semejante creación de la naturaleza. ‘Tala’ define al árbol, ‘ampa’ al río y ‘aya’ a lo seco. Talampaya habla del ‘río seco del tala’. Varios fueron los pueblos que pasaron por estos parajes y grabaron su cultura en la propia piedra. Grupos originarios como los diaguitas habitaron las cuevas de la zona de forma temporal, hace más de 1000 años, y dibujaron mensajes en sus rocas: figuras humanas con sogas y animales; la forma de una serpiente y de un cóndor; y hasta un brujo o chamán representado con cuernos de diablo, junto a una forma parecida a un cactus que podría representar el peyote usado por estos hechiceros.

Dejaron otros grabados como los morteros, huecos en los que los pueblos solían moler sus alimentos, siendo una piedra con 19 agujeros la más representativa de todos ellos. Los humanos no fueron los únicos en adaptarse a la hostilidad del terreno, también lo hicieron las plantas y los animales, con sus 190 especies de animales vertebrados y gran variedad de aves – predominando el guanaco y el cóndor – así como otras plantas que sólo persisten en esta región del planeta, por ejemplo, la chica riojana de árbol sin hojas.

Este paraíso histórico, permaneció aislado hasta los años setenta, cuando se construyó la carretera que une las poblaciones de Patquía con Villa Unión. Aunque su acceso fue ideado por el ingeniero Werner Lorenz, el responsable de difundir el parque de Talampaya fue el periodista e investigador Federico B. Kirbus. Sus escritos atrajeron a viajeros independientes y los nómadas originarios se remplazaron por exploradores, investigadores y otros visitantes.

Con el tiempo, se creó el Parque Nacional de Talampaya y, finalmente, en el año 2000, se lo declaró sitio de Patrimonio de la Humanidad, junto con el Parque Provincial Ischigualasto, ubicado en la provincia de San Juan, y más popularmente conocido como Valle de la Luna. Hoy, el Cañón de Talampaya, sigue preservando geoformas únicas. Todas, en libre albedrío. Todas, eco de la Historia.

El Cañón de Talampaya, Argentina. Fotografía: Carmina Balaguer

El Cañón de Talampaya, Argentina. Fotografía: Carmina Balaguer

Más información:

El Cañón de Talampaya forma parte del Parque Nacional de Talampaya. Contiene La Ciudad Perdida, conocida por su itinerario laberíntico, y el Valle del Arco Iris, que le debe el nombre a sus cerros coloridos. Estos dos últimos se pueden realizar a pie y por vía libre. El Cañón de Talampaya es la única zona del parque que se debe visitar con un guía y con vehículo, permitiendo realizar sólo algunas caminatas concretas. El parque también ofrece rutas en bicicleta y caminatas nocturnas en ocasión de luna llena.

Talampaya fue declarado Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad en América por la Unesco en el año 2000, junto con el Parque Provincial de Ischigualasto, ubicado en la provincia argentina de San Juan, y más popularmente conocido como Valle de la Luna. Ambos parques están separados por 80 km de distancia y comparten la cuenca geográfica Triásica.

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Sobre el autor

De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.

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