Relatos

Swanage, donde se siente magia

En el condado de Dorset, en el sur de Inglaterra, allí donde la brisa marina empapa al viajero de salitre, al mismo tiempo que la lluvia de abril limpia los restos de esa sal. Donde se mezclan el azul del mar, el manto blanco de arena y los prados verdes, donde los acantilados no se rinden y la magia parece materializarse. Allí en una bahía que forma parte de la turística y popular Costa Jurásica, con vestigios de épocas muy lejanas, allí  se encuentra Swanage. Un pueblo al que nos dirigió la suerte, la casualidad o nuestra propia curiosidad, el pueblo donde se desarrolló esta historia viajera.

Y si me preguntaras qué recuerdo de aquel día en Swanage, me quedaría con la imagen de su embarcadero, justo cuando los rayos de sol comenzaron a salir tímidamente. Y si me dijeras que sacara del baúl de los recuerdos la banda sonora de aquel día, sin duda elegiría el tema de U2, “Beautiful  day”. ¿Un sabor? El de cualquiera de los deliciosos dulces que elaboraban en aquella cafetería donde nos repusimos al cansancio y al frío de la mañana. El  aroma a menta que provenía de aquella infusión que ayudó a que mi cuerpo y ,sobre todo, mi espíritu entrara en calor o el tacto que tenía aquella hierba que coloreaba aquel acantilado que dirigía nuestros pasos directamente hacia el océano.

Swanage apareció en la ruta de aquel viaje, como aparecen los tesoros que buscaban los piratas de antaño: inesperadamente. Una perla incrustada en la conocida Costa Jurásica -95 millas de costa declaradas Patrimonio de la Humanidad por su importancia geológica e histórica-. Un antiguo pueblo pesquero que todavía hace esfuerzos para que el turismo no la despoje del encanto que guardan los lugares pequeños; un emplazamiento cobijado por los acantilados y que se abre al mar  en un abrazo que se encapota a ratos por la bruma siempre densa, que tan solo en ocasiones –como ocurrió aquella tarde- permite que el sol haga su trabajo.

Pasear por sus calles y reencontrarse con otra época. Imaginarse a las mujeres vestidas a la moda victoriana con pomposos vestidos que cubrían los tobillos, disfrutando de su playa en el pleno siglo XIX; elegantes, distinguidas, pudorosas, pero dejándose llevar por el furor que empezaba a sentirse por los viajes y por el turismo, que precisamente inventó un inglés, Thomas Cook. Seguir el camino que lleva al embarcadero, mientras el cielo cierne gotitas y divisar entre la bruma a lo lejos las Old Harry Rocks. Sentarse en el borde de aquel embarcadero y emocionarse con memorias que trae el viento en forma de dejà vu, mientras la lluvia sigue mojando la inscripción que acompaña a aquella rosa depositada en la barandilla: “To Janet Rose Taylor, love you for life”.

En todos los viajes se encuentran lugares mágicos. Son fácilmente reconocibles, se sienten, tienen algo que los hace especiales y ese pueblecito situado en el sur de Inglaterra, en el condado de Dorset, me lo demostró.  Un enclave donde nos cruzamos con la buena suerte, la que te habla de una posible tormenta que se escapa como una cometa para ofrecerte un clima agradable y un sol que te brinda todo su esplendor. Esa suerte que te recompensa con las amistades de toda la vida y que te permite que  los lazos se estrechen mucho más; aquella, la que versa de nuevos amigos encontrados durante el trayecto.

La buena fortuna y la magia se pusieron de nuestra parte. Jugaron a ser irónicas, a engañarnos vilmente, para que luego todos riéramos a carcajadas.  Dicen que a veces las cosas pasan por un motivo. Aquella fue una jornada completa, con charlas profundas, con sonrisas compartidas, con paseos por sus tiendas desbordadas de souvenirs que hacían referencias marineras y pesqueras; pero también con la brisa que refrescaba nuestro almuerzo, tan español, improvisado con dos buenos bocatas y un par de refrescos.  Mientras, en la playa los locales aprovechaban la tregua climática que anunciaba la inminente primavera, jugando un partido de volley-playa o simplemente paseando por la orilla, mientras unas inofensivas olas golpeaban sus pies descalzos.

Después de una tarde en aquel paraíso inglés, regresábamos a la estación dando brincos de alegría, con el corazón latiendo a todo gas, con las mejillas hirviendo emoción, coloradas, y con la sonrisa pintada en la cara. Perdidas por un día en el último rincón del mundo, sin noción del tiempo ninguna, pero felices de haber caído en aquel lugar del mapa. Con ese sentimiento de plenitud que solamente se experimenta cuando se viaja, encaminamos nuestros pasos hacia la estación para percatarnos, después de un rato de espera, que habíamos perdido el último transporte directo hacia Bournemouth, adonde debíamos regresar. No estoy segura si en aquel momento nos entristecimos o más bien nos alegramos: Swanage, en su papel de hada madrina, nos concedía unas horas más en la comodidad de su regazo.

El sol comenzaba a bajar por el oeste, las tiendas comenzaban a cerrar y las primeras luces empezaban a colarse por las ventanas de aquellas viviendas de estilo victoriano. La algarabía que corría por las calles a media tarde, enmudecía para buscar cobijo en los pubs y tabernas donde se guarecía en busca de esa atmósfera que solo se encuentra en los garitos del Reino Unido. Nosotras también queríamos dejarnos embaucar por ese perfume que agrada y sabe a hospitalidad, ese que no deja al visitante indiferente, el que da aliento cuando la soledad y la oscuridad del atardecer se alían para imprimir una tristeza que aplasta y que pinta de gris las ciudades y pueblos de las latitudes más frías.

Y así conociendo la nueva cara que nos ofrecía Swanage, decidimos emplear las horas que debíamos esperar hasta que arrancara el siguiente transporte, en  una buena cena en uno de esos bares tan típicamente inglés. Un refugio donde alimentar de conversaciones y recuerdos el alma y el estómago con algo de la gastronomía local. Rememoro unas papas con una salsa, que me recordaba a la salsa que se utiliza para las papas bravas y dos buenas bebidas que refrescaban nuestras gargantas, rememoro muchas risas y el sentimiento de aventura que experimentábamos cuando éramos niños y nos íbamos de acampada a lugares remotos.

Las conversaciones en inglés de los locales, se entremezclaban con nuestras risas y nuestra entonación española matizado por un suave acento canario, con nuestra determinante y marcada gesticulación. Nos sentíamos integradas en aquel ambiente, como si toda la vida la hubiéramos pasado en aquel lugar. Un local revestido de madera, con una barra donde unos y otros apoyaban el codo, mientras el contenido del vaso esperaba a ser ingerido, con unas ventanas por las que apenas se podía ver nada, tan solo la penetrante oscuridad de las noches inglesas. Allí perdidas, pero bien halladas; solitarias, pero acompañadas; extranjeras, pero con la actitud de cualquier nativo; exhaustas, pero tranquilas; nostálgicas, pero plenas… Allí disfrutamos de aquellas últimas horas atrapadas en un destino al que fuimos por casualidad, ¿o tal vez no lo fuera?

Salimos al exterior, cerramos aquella puerta de madera y creo recordar el sonido de una campañilla que ahora interpreto como la señal que marcaba el final de aquella jornada diferente y distendida. Una jornada en la que dos viajeras experimentaron la buena vibración de un pueblito no muy popular, que tal vez no aparezca en los primeros puestos del ranking de lugares a visitar en Inglaterra, pero que sin embargo nos cautivó para siempre.

Por: Laura Medina Alemánlicenciada en periodismo y diplomada en turismo con un máster en periodismo de viajes. Canarias, España.
 

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Nació en las Islas Canarias, España. Sus estudios se concentran en el periodismo y el turismo en un viaje constante a través de la literatura, la música, la fotografía y las terminales de aeropuertos.

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