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Sahara Occidental: un lugar que no existe

Cómo se vive en el único territorio no autónomo del continente africano.

“Pasaportes”, reclama el oficial con la mano extendida. Un alemán algo mayor entrega el suyo. Responde alegremente al interrogatorio. Cuenta que está jubilado, que vive en Canarias y que ha viajado a Ifni para ponerse una dentadura nueva. Entusiasmado, repite el precio una y otra vez como queriendo contagiarnos de su sorpresa. Para reforzar su explicación, muestra unos dientes lustrosos. El militar le ordena que regrese al autobús.

Mi historia parece no gustar tanto: hace un mes y medio que estoy en Marruecos, no tengo hotel en El Aaiún ni billete de salida. Tampoco planes fijos. El agotamiento no permite ponerme nerviosa y contesto con educación. La comunicación es complicada: el oficial se empeña en hablarme en un español que me cuesta entender, igual que a él le cuesta comprender mis respuestas. Me dice que salga de la garita y me quedo esperando en la puerta del autobús. Todavía conserva nuestros pasaportes. Entonces, miro a mi alrededor: no hay nada, una llanura desértica. Acaba de amanecer y sopla un viento furioso. Hace frío. Poco a poco voy despertando, pero no consigo alcanzar el mundo real. No hay nada conocido a lo que asirme para salir de este limbo. Sobre la garita de adobe ondea una bandera marroquí rasgada.

No hay forma de saber en qué momento exacto nos adentramos en territorio saharaui. No hay frontera, claro. Pero la inmensidad –inabarcable, inconcebible- del entorno grita al amanecer lo que todos callan: estamos en un no-lugar llamado Sahara Occidental.

El Sahara Occidental es, según la ONU, el último territorio continental no autónomo en el mundo pendiente de descolonizar. Esta antigua colonia española está actualmente ocupada por Marruecos, salvo una pequeña franja en el este, bajo el dominio del Frente Polisario, que compone la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Oficialmente, ningún país reconoce la soberanía marroquí sobre las que llama sus Provincias Meridionales, ya que su cesión por parte de España y su ocupación por parte de Marruecos (y Mauritania, en un principio) se considera ilegal en base al Derecho Internacional. Por otro lado, la RASD está reconocida por más de ochenta Estados, además de la Unión Africana, de la que es miembro fundador. A pesar de todo, Marruecos sigue controlando la mayor parte de este inmenso territorio, que cuenta con el yacimiento de fosfatos más importante del mundo.

La ciudad de El Aaiún del Sáhara Occidental

El Sáhara Occidental es uno de los territorios más escasamente poblados del mundo y posiblemente el de menor densidad de población. |Fotografía: Laura Kvaternik

Después de una hora de espera en mitad de la nada, nos devuelven los pasaportes y el autobús prosigue su camino. En diez minutos estamos en la estación de autobuses de El Aaiún, ciudad ocupada por Marruecos; pero reclamada como capital por la RASD. Todavía es muy temprano. Me tomo un café y salgo dispuesta a buscar alojamiento. Las calles están vacías, pero de vez en cuando me cruzo con militares, o policías, o vehículos de la ONU. Me siento extrañamente segura; segura en un lugar inseguro, como en una burbuja. Es que eso es El Aaiún: una burbuja. Y como toda burbuja, puede estallar en cualquier momento.

La ciudad es tranquila. Como en el resto de Marruecos, los hombres hacen vida en las terrazas de los cafés. Las mujeres, en general, sólo están en la calle de tránsito, o en los parques y plazas a cargo de los niños. La mayoría de los jóvenes, al igual que en las grandes ciudades del país, visten bastante en sintonía con la moda occidental, incluso si algunas chicas cubren su cabeza con un hijab.

El Aaiún tiene cierto aire de irrealidad, como si no fuera más que un decorado construido en mitad del desierto. Quizás sea por los contrastes entre lo viejo y lo nuevo, lo sucio y lo aséptico, lo pobre y lo opulento. O puede que sea por la hipervigilancia que me hace sentir en El show de Truman y que me invita muy sutilmente a salir corriendo de aquí. A veces, pierdo consciencia de dónde estoy y me siento suspendida, ajena al espacio y al tiempo. Entre algunas calles emergen, a lo lejos, las dunas -entonces lo recuerdo: estoy en el Sahara.

Siento que no les gustan los turistas; pero no, no es eso. En Sahara hay turismo, claro que sí, pero es un turismo de paquete, de agencia, organizado. Aquí los viajeros tienen poco que hacer si se mueven de forma independiente y sin vehículo propio. Yo me limito a intentar vivir una ciudad en la que, realmente, no hay nada que ver ni que hacer. El Aaiún es una ciudad muy reciente. Creada en los años veinte del siglo pasado, se convirtió en capital del Sahara español en 1940. Hoy cuenta con una población de en torno a 200.000 habitantes. No hay más.

Hay lugares que te atrapan y lugares que te escupen: por eso tardo sólo dos días en subirme a otro autobús nocturno hasta Dakhla. La luna llena ilumina levemente las dunas a nuestro alrededor. Entonces se coloca por delante de las nubes y de pronto lo sé: ahí está la prueba, todo es mentira. En algún lugar hay unas escaleras que suben a ese cielo y, en lo alto, una puerta. La puerta al mundo real.

Dakhla, otra burbuja en el Sahara

A Dakhla llego unos minutos antes del amanecer. El autobús nos deja en mitad de la calle, pero por suerte la tecnología no me falla y consigo caminar siguiendo el mapa hasta mi hotel. De nuevo: la ciudad desierta, con apariciones esporádicas de militares. De nuevo: una burbuja. De nuevo: puede estallar. La avenida es ancha y está llena de basura que baila con el viento. Me recuerda a esas escenas de las películas apocalípticas, cuando todo ha pasado y los protagonistas salen de su refugio para encontrar la ciudad reducida a escombros.

De El Aaiún quise salir corriendo; pero en Dakhla disfruto de los desayunos con vistas a la bahía, de su paseo marítimo, de la tranquilidad durante el día y del ambiente durante la tarde y la noche. Tampoco aquí hay nada que hacer ni que ver (no sin vehículo o sin pagar un tour organizado), pero tiene algo que siempre me inspira paz y felicidad: el mar.
A pesar de todo, aquí no hago nada, no soy nadie. Aquí no hay saharauis, aquí no hay ningún conflicto. Tampoco hay, claro, ningún país. De todo eso aquí no se habla, no se puede hablar. La vida aparenta normalidad, pero siempre dentro de las normas. El turismo es bienvenido, pero dentro del circuito. Estoy en el Sahara pero siento que no he estado aquí. Este es un lugar que no existe.

Por: Laura Kvaternik

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