Relatos

Rumanía para principiantes

Reconozco que cuando salí de casa para pasar unos días en Rumanía no las tenía todas conmigo. Los prejuicios no suelen acompañarme porque son carga en el equipaje y obstáculos en el camino, y si Rumanía parecía ser a priori una excepción era por la mala prensa (amigos, familia, medios de comunicación) que te ofrece la gente de aquí sobre sus habitantes. Me dejé influenciar sin más por personas que curiosamente no han visitado aquel país ni han tratado con sus gentes, de modo que cuando me di cuenta de mi error, nada más pisar el Aeropuerto Internacional Henri Coanda, ya en Bucarest, cambié el chip.

La información de primera mano sobre un lugar no la vas a encontrar en los puntos de información, donde sólo encuentras su (turística) verdad. Mejor entrevistarse con autóctonos de mente abierta, e incluso con españoles residentes, como el dispuesto y amable profesor del Instituto Cervantes de Bucarest Rafael Pisot.

De Ana-Ionela, experta en relaciones internacionales, extraje muchas conclusiones e infinitos consejos para moverme tanto por el país como por la ciudad. Ella me dijo que tenía que visitar el parque Herastrau, sí, pero sobre todo debía descolgarme hacia el barrio aledaño para comprobar por mí mismo en qué consiste parte de la idiosincrasia, y desgracia, del pueblo rumano.

En el barrio Herastrau encuentras contraste con el resto de la ciudad, lo opuesto al resto del país. Allí hay mansiones que cortan la respiración, coches de lujosísimo lujo, dinero a raudales. Cómo es posible esto en un país tan pobre y en vías de desarrollo a un ritmo tembloroso, nadie lo sabe. O sí se conoce, pero mejor no saberlo.

Rumanía supera a España en índices de corrupción y clientelas, que ya es decir, y hay bucarestinos que gracias a esto se han hecho de oro. La política es un negocio turbio, ellos, los políticos, sólo miran por su propio interés y el de su camarilla. Son meros intermediaros entre el dinero y el destinatario. Un ejemplo: Rumanía forma parte de la Unión Europea desde el 1 enero de 2007. Europa ve muchas posibilidades en la agricultura para propiciar el desarrollo del país de los Cárpatos y les envía dinero a fondo perdido para que la exploten. Ese dinero, nada más cruzar la frontera rumana, desaparece, se pierde nadie sabe cómo, se reinvierte en otros asuntos menos terrenales (léase bolsillos).

Del parque Herastrau pasé al barrio del mismo nombre apenas cruzando dos calles. Te reciben mansiones, algunas incluso fortalezas con civiles armados en las garitas de las esquinas. Césped en perfecto estado, farolas, papeleras…aunque es hora ya de que vayan retirando ese Dacia 1300 oxidado. Chirría en esta idílica campiña residencial.

BarrioHerastrau

Barrio Herastrau. ®Juanan Martín

Me detengo frente a una casa que fotografío con no demasiado interés porque se esconde tras un frondoso árbol. Justo al hacer clic veo a un matrimonio que sale. Al otro lado de la carretera, con una botella de cocacola en la mano, sujeto como puedo la cámara. Los dos van a no sé dónde, y para ello han de pasar junto a mí. “¿Qué estás haciendo?”, me dicen en rumano. Me identifico con un ¿sorry? y lo repiten en inglés. Nada, que sólo estaba fotografiando la mansión. Continúan hacia mí, cada vez más apurados, es decir, enervados, encendidos. El marido era de mi altura, pero en su camisa entraban tres como yo, si no cuatro. “¿Y por qué?”, me sueltan los dos al unísono en tono quisquilloso.

El interrogatorio me sorprende y tardo en responder. “No sé, pasaba por aquí y me ha parecido bonita esta casa”. Lo primero que se me ocurre, totalmente inventado, impostura argumental porque ni siquiera me apetecía tomar la fotografía. Aceleran el paso y en el rumano veo a una hembra de jabalí dispuesta a acabar con quien haga falta para defender a sus crías.

Silencio tenso. El matrimonio se acerca y se acerca y se acerca… El tipo termina frente a mí, a menos de un palmo. “Ah sí, te parece muy bonita la casa, ¿verdad? Es preciosa, muy bonita”, me dice con sonrisa y tono a medio camino entre el sarcasmo y la amenaza, pero más cerca de esta última. El silencio es ahora terrorífico, al menos para mí, y dura unos cinco segundos. Sostengo la cámara con ambas manos, bien fuerte, a la altura del bajo vientre. Temía por ella, sufría porque algo me hacía pensar que mamá jabalí me la arrebataría y me quitaría la tarjeta de memoria -con un poco de suerte- o simplemente la estamparía contra el suelo.

Entonces reaccioné y contesté, aunque de forma equivocada. Me explico. El tono de una pregunta es fundamental en el lenguaje no verbal, y yo me equivoqué de tono. “¿Es que acaso hay algún problema?”, le solté teniéndolo a un palmo. Lo hice frunciendo el ceño, con cara de boxeador que pretende recuperar la gloria pretérita, cuando en realidad yo sólo quería decirle que “si así lo deseaba, caballero, borraba inmediatamente la foto ante los hermosos ojos azabache de su respetable señora”. Pero qué va, me salió el tiro por la culata. O no, según se mire.

Tan pronto se me escapó lo que dije, di un paso hacia atrás por lo que pudiera pasar. Para ver venir el primer puñetazo o para que no le fuera tan fácil agarrarme del pescuezo. Y no, para fortuna mía. Al tipo le sorprendió mi arrojo tanto o más que a mí mismo, y se quedó callado, casi inmovilizado para alegría de mi rostro y/o cuello. Supongo que aún no se explica cómo alguien que pesa la mitad que él se atrevió a plantarle cara. Y a saber qué negocios ocultos tenía este señor, qué escondía, quién pensaba que era yo, qué creía que estaba haciendo fotografiando su casa a la hora de la siesta… Quién sabe. Lo que quedó claro es que no quería problemas. Por su imagen, por sus círculos, por sus chanchullos con quien fuera, etcétera.

“Ah… Ok, ok…”, me dijo mientras me daba palmaditas en el brazo, aunque en realidad con la mirada me estaba diciendo que no quería volver a verme merodeando su casa. Yo asentí para mis adentros. Siguieron su camino y continué el mío en el sentido completamente opuesto al suyo, por lo que pudiera pasar, y sin girarme. Ahora era yo el que aceleraba. ¿Hice bien con aquella pregunta? No sabría decir. ¿Me salió bien la jugada? Mejor imposible.

Cuando sales de viaje y estás solo lejos de casa, desarrollas un instinto de supervivencia que nunca creerías que aloja tu cuerpo, por muy tranquilo y pacífico que seas en el día a día. Te quieres más que a nadie en el mundo y te proteges. Sabiendo dosificar estos impulsos y evitando meterse en líos, sueles salir victorioso, alimentas tu ego y aprendes; porque nuestro cerebro tiene memoria, y en futuros conflictos te recuerda aquel día en que le plantaste cara a una hembra de jabalí en un lujoso barrio residencial de Bucarest.

MansionHerastrau

La mansión de la discordia, con su dueña saliendo. ®Juanan Martín

 

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Licenciado en Historia y Máster en Periodismo de viajes, escribe, traduce y le da al guión. Observa y escribe; vive y cuenta, manteniendo entre ceja y ceja el dedicarse a la escritura sin cuestionarse la modalidad. Viajar es lo que le mueve: hacerlo en moto a ser posible.
3 Comentarios sobre esta publicación.
  • davicarneiro84
    16 Febrero 2015 at 11:33 am
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    Hola Juanan,

    Una lastima que tu experiencia rumana ha sido así. Hace casi 2 años que vivo acá y la verdad es que este es un país precioso, aún desconocido, y que sofre muchísimo prejuicio.

    Una pena que no tengas ido a la parte más hermosa, en los pueblos, donde las personas son más receptivas y simpáticas 🙂 Transylvania esta menos de dos oras de tren: Sinaia, Brasov, Sibiu.

    Rumania es un país de contrastes, con gente de todo lo tipo, y si estas aberto a este país, puedes encontrar muchas sorpresas increíbles.

    saludos viajeros,

    Davi C.

  • Juanan Martín
    16 Febrero 2015 at 3:33 pm
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    Hola David,
    Mi experiencia en Rumanía fue genial, lo que cuento aquí es anecdótico. Antes de llegar a Bucarest estuve en Transilvania, y desde Bucarest visité otros lugares, como el castillo de Sinaia, por ejemplo. Espectacular el país en su conjunto.
    Un saludo

  • Jaime G. Montes
    19 Febrero 2015 at 4:48 pm
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    Es el dilema de los viajeros. Uno nunca sabe con qué sorpresas y vicisitudes se puede encontrar. Menos mal que saliste bien librado.

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