Brújula

Letras de un road trip a Baja California Sur

Se puede buscar agua en un desierto y, lo más sorprendente, se puede encontrar.

Estos son los pensamientos de un road trip a Baja California Sur, de una carretera viva, que cruza el mundo ligera, que escribe a pluma, que escucha a pulso. Que invade y se deja invadir.

Aguas: desconozco nuestro futuro juntas

Llegué a La Paz, México, después de dos meses de frío, cariño familiar y aire serrano. Me costó cruzar el océano, pero lo que más me costó fue seguir en el hemisferio norte sin estar en ninguna de mis dos casas, Barcelona, mi ciudad de origen, o Buenos Aires, ciudad en la que vivo. Me costó como me cuesta cada vez que me subo al avión, cada vez que me voy de mi casa para llegar a ella. Vivo en este bucle de ser de ambas partes.

Un lujo – me dice el subconsciente.
Un trastorno – me dice el inconsciente.

Durante mucho tiempo presumí de integrarme con la naturaleza. Era un orgullo interno, un logro muy íntimo. Laguna que encontraba, laguna que exploraba desde sus entrañas.

Me metí en todos los lagos patagónicos por los que pasé, dormí en plenos Andes, en carpa y al aire libre, en la tierra húmeda de los Pirineos, en playas baleares al desnudo y hasta una vez me perdí en una sierra catalana, muy cerca de mi casa, en la que estuve horas sin saber volver.

Vivía libre.

Pasaron los años – no tantos – y elegí una ciudad monstruo en la que quedarme. Buenos Aires me entregó de todo, pero me robó algo que no perdono: mi instinto salvaje.

Sigo viajando pero, en muchas ocasiones, no me meto en el agua. No logro escucharla y me pregunto si, en realidad, lo que pasa es que me estoy haciendo mayor. Que ya no llevo melena larga ni pies descalzos.

– Será un poco de todo –dice mi alter ego.

– Será un poco de nada –respondo.

Perdí mi diálogo con las aguas. Y en este viaje intenté regresar a ellas.

La Península de Baja California también es conocida como el santuario de los cactus.

El road trip a Baja California Sur es un mundo cactus

Cuando llegué a La Paz, me subí al auto y arranqué el motor rumbo al norte. El paisaje me enfundó entre dos mundos, aquel que vive entre el norte y el sur, entre dos orillas. La ruta entregaba camino seco y agua pura. Desierto, montaña árida, playas paradisíacas, ranchos solitarios y cactus. Muchos cactus.

Éstos crecían en cualquier recodo, inclinación y tamaño. El que más me impactó tenía 500 años de vida, cuatro ramas y más de cinco toneladas. Sí, tenían ramas. Con ellas seducían, se imponían y hasta abrazaban. Eran estéticos, lo más estético que vi en tiempo. Esbeltos, gordos, perfectamente descompensados en su composición. Sutiles y descarados.

Y contenían mucho agua.

Escribí:

México no lo sería sin ellos, el desierto tampoco, la aventura tampoco.

Cuando no están en solitario se agrupan en extensiones sin fin. Cruzarlos, así en bosque, es entrar a un túnel del tiempo. Sabes que ellos están de tu lado y tú no podrías estar de otro lado.

Cuando cae el sol, pierden belleza, se apagan, se esconden. El escenario se mantiene, pero el sol rojizo quiere más protagonismo y se los come a todos.

Recomiendo avistarlos desde un auto, a 120 aunque la ruta marque 80.

Cuando esté sin ellos, me quedaré sin atrevimiento.

Baja California Sur se encontraba en la punta de la península de Baja California, en México. Si bien la distancia con Estados Unidos era de más de 1.500 kilómetros, mi rumbo al norte acercaba mi inconsciente al país americano, al pasado, a los viajes de mi infancia por California, a los partidos de béisbol improvisados dentro de los parques nacionales americanos. A la soledad, la compañía, y a ese anhelo de entender el mundo que, aún hoy, me cubre por dentro y por fuera.

Me dirigía al norte dentro del sur, dentro de Baja California Sur, un destino escondido, sencillo, calmo y lleno de historia, de antiguas misiones jesuitas, de pinturas rupestres a las que llegar nadando.

Un destino olvidado, tal vez.

Baja California Sur es uno de los 31 estados de México menos poblados, y también, una de las regiones más jóvenes del país. |Fotografías: Carmina Balaguer

Mundo fe

La primera noche la pasé en Ciudad Constitución, un punto en el mapa aleatorio. No había vuelta atrás. Oscurecía y no era posible seguir recorriendo la ruta de noche, pues algunos animales se perdían y los caminos se volvían peligrosos.

El día siguiente, presa por el jet lag, me desperté de madrugada y acudí a la iglesia. Es un secreto que me llevo a todos los viajes. Me gusta entrar en estos espacios en deshora, en silencio. Y viajar dentro del viaje.

Me senté frente al altar de espaldas al mundo y sentí cómo la luz se iba transformando tras mío, sin verla. Fueron sólo ocho minutos, un alba intenso, fugaz.

Fue así cómo la fe adquirió un sentido. Y escribí:

Nos pasamos la vida buscando y buscándonos cuando, en realidad, no hay nada que encontrar.

Nada que no conozcamos.

No hay nada que no sepamos, ni que no queramos saber. La fe sólo acorta el camino y, por ende, nos entrega a la vida.

¿Acortaría este road trip los caminos de mi vida?

Unas horas más tarde entraría en un mundo desconocido, un mundo agua, animal, sinfónico. Para ello, me acerqué hasta el puerto Adolfo López Mateos, que cobija a la ballena gris en época de crianza.

Fuimos en el ocaso, solos, en una pequeña lancha. La idea era no ir muy lejos y, cuando frenara el motor, dejar que el mar se nos acercara poco a poco, musicalmente. Lo hizo, lo hicieron muchas. Nos rodearon hasta siete de ellas, mostrando sus colas, cabezas y espaldas. Jugaban en desorden, un desorden aparente.

Fue en esa confusión que la escena tomó un sentido, un ritmo propio, el de la naturaleza en su máxima expresión. Y entonces me acordé de los compases que tanto odié de chica, aquellos a los que tuve que seguir y repetir cuando mis dedos trataban de manejar las teclas de un piano o mi voz de construir una canción no siempre afinada. Fui una estudiante musical tan frustrada como feliz. Nunca encontré el término medio.

Así, con el sol débil sobre mis hombros, fui la cantante más libre del mundo. Le canté a las ballenas y, de repente, empezaron a acercarse más y más, a ir sincrónicas, como un cortejo.

      Se están dando cuenta y les gusta – dijo el lanchero.

Creo que él me quiso impresionar y ellas a mí, y yo a ellas.

Terminamos en silencio escuchando nuestros latidos disminuir, alejándonos hasta la costa. Cuando regresé al auto ya era de noche.

      Qué fugaz que es la vida – pensé.

El arrecife de coral de Baja California Sur tiene al menos 25.000 años de antigüedad, con más de 800 especies de fauna marina, una de las zonas naturales más ricas de Norteamérica. |Fotografías: Carmina Balaguer

Mundo coral

–       ¿Qué es lo que más le gusta de salir?- le pregunté.

–       Ver todo – respondió.

Volví al mar, ahora en el Parque Nacional Cabo Pulmo, al sur del sur, un espacio protegido que incluye el único ecosistema de arrecife coralino en el Golfo de California, uno de los tres vivos del continente.

Navegué ligero y me chapucé un par de veces. En el camino adentro, con el motor encendido, el barquero me contó su elección de vida. Le gustaba salir para ver todo.

Es simple, pensé. Juzgué.

Esperaba un comentario romántico, intelectual, digno de cita. Y, en realidad, me entregó más que esto. Nos sumergimos, vimos tortugas, corales y hasta lobos marinos. Miles de peces, colores y tamaños. Pareciera que hubiera más vida abajo que arriba.

Siempre parece así, porque nunca miramos lo suficiente. Y porque todo lo que queremos ver está en todo lo que hacemos, en la misión que nos persigue y que debemos perseguir.

El muchacho, de sólo 16 años, había encontrado la suya.

Luz y sombras de viaje, de un viaje por Baja California Sur. |Fotografías: Carmina Balaguer

La Baja Sur a contraluz

Por la mañana la ventana de atrás de la cabaña aún guardaba el recuerdo nocturno. Veníamos de un eclipse, de una luna copiosa y ésta se resistía a despedirse. La ventana de enfrente presentaba otra luz, también anaranjada, pero más rápida.

Amanecía.

Y así, en la transición, busqué un contraluz.

Soy tan fan de los contraluces como lo era antes de las aguas. La diferencia es que los primeros aún no me dan miedo y las segundas me están desafiando demasiado.

Cuando encuentro contraluces me gusta observar más los negros que a los blancos.

La sombra me gusta, es la parte más importante de una fotografía, y de una emoción, porque sin ella no hay nada para destacar, admirar.

Y, pues, nada para transgredir.

La sombra me gusta, porque revela la vida.

Antes de dejar mi cabaña y el desierto, pasé una última noche frente al mar. Fue una noche armoniosa, en la que no pude cenar pero sí descansar abrazada por un poema sensorial. La brisa árida del invierno se filtraba por los muros, hechos de paja, disfrutando de saber que había orificios por todos lados, que el aroma a agua salada podría sacudir mis sueños, la luz de la luna desorientarlos y el aullido de los perros calmarme.

Dormí sumergida en este universo, imaginando la intemperie sin estar dentro de ella.

      Han elegido una cabaña muy especial. No se van a olvidar – dijo Bill, un estadounidense en Baja California Sur.

Hablamos tendido el día siguiente y, después de preguntarle sobre detalles de su pasado, me di cuenta de que su vida era un gran misterio, como lo era la vida de los estadounidenses en Baja California y Baja California Sur.

Digo “los” porque son muchos. Muchos.

La libretita que encontré presentaba sólo un fragmento de todos ellos. La vi por primera vez en el ocaso, sobre la mesita de lectura de la cabaña y la dejé abierta toda la noche, dejando sus relatos respirar y transitar por los orificios de la paja, pensando que si eran para mí estarían intactos al día siguiente.

Y así fue.

El alba me los devolvió todos y, a la mañana siguiente, los leí. Contenían la historia de cada huésped, el porqué de su viaje. Y sentí que, habiendo usado la misma cama y la misma taza de té, los estaba invadiendo a todos. Y ellos también a mi.

Fotografié la libreta cerrada. Es sólo para los que eligen este espacio, para los que les toca, probablemente diría Bill.

Me fui del desierto dejando mi relato en secreto, en la última página.

Hoy escribo frente a un balcón de Colegiales, desde mi escritorio. Entiendo por qué Bill me dijo que no me olvidaría de esa noche ni de esa cabaña. Entiendo, por qué Baja California Sur me dejó un recuerdo a contraluz.

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De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.
Un comentario
  • Isabel
    8 Marzo 2017 at 10:13 am
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    Carmina, ¡me ha encantado tu relato! Es super personal, y en algunas cosas me he sentido identificada contigo -con ese diálogo entre tus “dos yo”, y la necesidad de escapar de la ciudad monstruo. ¡Qué bonito lo que escribes!

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