Una vez hubo un tren. Alguna vez revolucionó la forma en la que el ser humano parecía ganarle al tiempo. Hoy en México, subsiste bajo una gran sombra de añoranza de lo que alguna vez fue y se resiste a morir; éste es el único tren de pasajeros que queda en el país azteca, el Chihuahua-Pacífico.

El Chepe es ícono del turismo en México. No es un tren rápido como los de Europa o Japón, tampoco lo es como los de transporte público que existen en Estados Unidos; más bien, es un sobreviviente del siglo pasado. Es de vagones que se enganchan entre sí y que algunos días forman una serpiente de diecisiete vagones entre los de primera y segunda clase.

El inicio del tren turístico Chepe

El tren Chepe atraviesa las Barrrancas del Cobre, una red de más de 200 cañones que conforman la Sierra Tarahumara; la más profunda es la de Urique, con 1,879 metros, cuatro metros más profunda que el Gran Cañon en E.U.A.

Hacía 21 años que no me subía a un tren de pasajeros; la emoción me devoraba, por lo que no me costó mucho trabajo levantarme de madrugada para estar antes de las seis de la mañana en la estación. Era un día húmedo, con rayos y truenos en el cielo. Un minuto antes de las seis de la mañana sonó el silbido como en una película y la máquina empezó a despertar lentamente, como lo hacíamos también la mayoría de los pasajeros.

En medio del bullicio de los viajeros que iban y venían por los vagones buscando el mejor espacio donde colocarse, destacaba un hombre con paso presuroso pero semblante tranquilo, como si supiera qué iba a suceder.

Mientras yo encontraba un espacio entre las uniones de los vagones para instalarme, pasó junto a mi y lo abordé. Era Mario Rincón, trabajador del tren desde hacía 30 años y quien había visto de todo: “Cada vagón pesa 120 toneladas y el tren va a una velocidad máxima de 70 kilómetros. Me ha tocado ver varias muertes. Ha pasado tan rápido que no sabemos si han sido suicidios, gente borracha que se haya atravesado o ya estaban muertos, lo que sí sabemos es que cuando eso ha ocurrido, el tren debe parar hasta que llega la policía a atender el caso”, me contó tal como lo hacen los encantadores que relatan historias a niños que sólo abren los ojos de asombro.

Así iniciaba mi aventura abordo de esta mole de fierros, siempre acompañados durante todo el trayecto por un guardia armado de la Fiscalía General del Estado que me hizo sentir como si estuviera en el viejo oeste y existiera el peligro que algún forajido nos fuera atacar.

Ya en marcha y sin ventanas de por medio que obstruyeran el correr del aire libre, me dejé despeinar por el viento y respiré el olor a tierra mojada de Sinaloa. Íbamos dejando atrás caserías humildes construidas a lo largo de la vías del tren, casas con gallinas, paisajes de palmeras, niños jugando, señores en bicicleta, gente que por minutos detenía sus labores para ver pasar el tren. Los saludaba a todos como si fueran mis vecinos y me estuviera despidiendo.

Trataba de tomar fotos mentales a todos esos paisajes que pasaban a gran velocidad como una película. Fotos a ese México rural que pocas veces los citadinos nos damos el tiempo de conocer y disfrutar, porque en las ciudades, nunca hay tiempo de nada.

La ruta del tren Chepe

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Entre los cañones habitan aún los Tarahumaras o Rarámuris, a veces tímidos y esquivos con los _chabochis_ como ellos llaman a las personas no tarahumaras. |Fotografías: Nina Pizá

Hay dos formas de tomar y hacer el recorrido del Tren Chepe: de Sinaloa a Chihuahua o viceversa; en mi caso opté por la primera opción, de sur a norte, de Mochis hacia el gran estado de Chihuahua, de lo tropical y caluroso a lo seco y frío.

Tiene diez paradas a lo largo del trayecto: Los Mochis, El Fuerte, Témoris, Bahuichivo, Posada Barrancas, Divisadero, Creel, San Juanito, Cuauhtémoc y Chihuahua, la capital del estado. Atraviesa dos estados del país, pasa de la costa del pacífico hacia la montaña o de la montaña a la costa, según se le aborde.

A pesar de ser proyectado hace 56 años como un mero transporte de conexión entre dos zonas geográficas, ahora, en pleno siglo XXI, cuando todo es rápido y digital, el tren es un atractivo en sí ya que es como una máquina del tiempo rodante. Esos ruidos de chucu-chucu que hace al arrancar lentamente, el humo negro que sale de vez en cuando de la locomotora que jala a los vagones y el ruido de metales chillando cada vez que se menea el gigante, convierte en toda una experiencia el simple hecho de montarse.

El Chepe es como un animal grande y viejo que se niega a morir, por eso cuando se mueve,  todo le suena. Tiene un suave vaivén que arrulla a quien se deja. En él se transportan tres tipos de pasajeros: los que sólo les importa llegar a su destino y no prestan atención a nada más que a su teléfono o se duermen en su cotidianidad; los que ya lo han utilizado anteriormente como atractivo turístico y repiten; y por último, los intensos que nunca se sientan y no dejan de asombrarse por cuanto paisaje, túnel, puente o río se atraviese: yo.

Así de viejo, este ícono del turismo en México hace ya más de medio siglo que lleva y trae a indígenas tarahumaras, turistas y citadinos. Ha cambiado de dueño en varias ocasiones, primero fue privado –Ferrocarril Kansas City, México and Oriente Railroad Co. y The Mexican Northwest Railroad Co.- luego pasó a ser propiedad del Gobierno Federal  -Ferrocarriles Nacionales de México-  y por último, regresó a la iniciativa privada, pero en esta ocasión a una empresa mexicana -Ferrocarril Mexicano, Ferromex-.

Y es que estos vagones unidos entre sí no solo una atracción turística que transporta pasajeros a diversos puntos de interés, representa en sí mismo la modernidad de México en el Siglo XIX, cuando el entonces Presidente Porfirio Díaz impulsó la ampliación de las vías ferroviarias hacia el norte del país, hasta entonces una zona con poca conexión al resto de la nación.

El sistema ferroviario en el país del chile y el maíz fue tan importante en su momento que para ser maquinista se necesitaba cinco años de estudio en alguno de los veintiocho institutos que existían y que ahora sólo son anécdota. Subirse al Chepe, es subirse al tren de los recuerdos.

El gran Chepe que te lleva por un viaje de un clima cálido y húmedo con olor a tierra mojada, se pasa paulatinamente a uno frío y seco conforme el tren se adentra a la sierra chihuahuense. |Fotografías: Nina Pizá

Datos de interés:

  • 175 puentes, 86 túneles, 650 kilómetros de distancia entre destinos finales.
  • 15 horas trayecto completo, sale a las 6:00 horas y llega 21:00 horas.
  • En la ruta del tren, el punto más bajo es Mochis, Sinaloa, a 200 metros sobre el nivel del mar y Creel, Divisadero y Barrancas las estaciones más altas con 2,400 metros.

 

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Sobre el autor

Tijuanense, comunicóloga, periodista y viajera. Inquieta por descubrir el mundo para ver y conocer, cómo viven y piensan en el otro lado del planeta. La curiosidad y el miedo a la rutina, es la motivación que la impulsa a viajar y escribir.

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