Arte y Cultura

Sofía, una ciudad entre el pasado y el presente

La primera impresión que me llevé al aterrizar es que la ciudad se había quedado congelada en una instantánea de los años 80. Y no lo digo por la apariencia de la terminal 2 del aeropuerto. No, en realidad tuvo más que ver con los abrigos y los gorros de sus habitantes. Tanto el color como la textura daban aspecto de antiguos, aunque su moda –al menos la que lucían los escaparates de sus tiendas– era muy similar a la que se encuentra en el resto del continente. El capitalismo ha llegado a Bulgaria y entre los barrios grises y uniformes de hormigón, sobresalen los coloridos rótulos de las multinacionales.

El Museo Arqueológico Nacional de Bulgaria en Sofía, en la antigua mezquita otomana. |Fotografías: Alexander Tour

Densa historia y un alfabeto especial

Atrás quedó la época en la que Sofía fue un satélite de la URSS –este 2017 hará 28 años de la caída del Telón de acero-, aunque la ciudad sigue desprendiendo cierto aire soviético en sus edificaciones, en las esculturas de algunos de sus parques o en la Casa del Partido Comunista, reconvertido en oficinas gubernamentales; la bandera con la hoz y el martillo que un día lució en su cúspide, hoy permanece, junto con la escultura de Lenin, en el Museo de Arte Socialista de Bulgaria.

Los búlgaros fueron los primeros en adquirir el alfabeto cirílico y le tienen un profundo respeto. Así que el viajero encontrará que tanto los nombres de los monumentos, como las calles o rótulos de los antiguos establecimientos, le resultarán indescifrables. Quizá eso explicaría la razón por la que la mayor parte de Europa desconoce toda la riqueza que se halla en Bulgaria. Al visitar Sofía descubro que es una de las ciudades más antiguas del continente y eso es historia.

El primer edificio de Sofía, la Iglesia de San Jorge. |Fotografías: Alexander Tour

Qué ver en Sofía

Maria Luiza Boulevard es un buen punto de partida para hacerse una idea del rico patrimonio de Sofía. En este bulevar, que para cruzar de un lado a otro hay que hacerlo a través de los pasos subterráneos, es donde se encuentran los restos de Serdica, la antigua ciudad romana levantada por Trajano que fue hallada durante las obras del metro. Una línea irregular en sus piedras marca qué parte es la original y cuál es su reconstrucción. A su lado, San Petka Samardzhiiska, una pequeña iglesia entre dos niveles que, aunque parece ser la primera, lo cierto es que no, porque es más antigua la Iglesia-Rotonda “San George”, que hoy se encuentra a la sombra en un patio entre las oficinas del gobierno.

La ciudad ha sucumbido a numerosas conquistas y cuando uno se ubica en el triángulo de la tolerancia, justo enfrente del monumento de Santa Sofía, se da cuenta de que lo que más ha marcado a su cultura es la religión. Se le conoce como el triángulo de la tolerancia porque desde él se pueden ver una iglesia ortodoxa, una católica, una mezquita y una sinagoga. Esta extraña mezcla muestra el respeto que los búlgaros han tenido por sus hermanos, sin importar su nacionalidad o creencias. Un hecho de orgullo nacional es que durante la Segunda Guerra Mundial, los locales evitaron que los judíos fueran enviados a los campos de concentración.

La antigua Casa del Partido Comunista de Bulgaria. |Fotografías: Alexander Tour

La dominación otomana les dejó como herencia la mezquita Banya Bashi, donde antiguamente se encontraban los baños turcos. Hablo en pasado porque aquel edificio hoy ha sido reconvertido en un museo y no, no hace falta meter el bañador en la maleta. La única agua que queda es la que emana de las fuentes que se encuentran justo enfrente, donde los locales rellenan sus garrafas. Es potable, aunque debido a sus propiedades termales su sabor no es especialmente bueno.

Sí lo es el sabor de la gastronomía de Bulgaria, a pesar de que el picante en ocasiones hacer difícil distinguir bien el gusto. Kavarma, banitsa, tarator… Delicias típicas búlgaras que para probar, hay que cambiar el horario español por el europeo. Es decir, no vayas a cenar a las nueve porque las cocinas estarán cerradas. Las zonas de restaurantes se encuentra pronto: avenida Vitosha, nombre que coincide con el del macizo montañoso que vigila la ciudad desde las alturas, y Osvoboditel, donde callejeando por sus alrededores se encuentran las típicas tabernas búlgaras. Llenas de vida durante el día, al caer la noche se tiene suerte si queda algo abierto más allá de las once. A partir de esa hora, aunque en fin de semana es posible encontrar algún pub o discoteca abierta, sus calles lucen como si todos hubieran decidido abandonarla. Una imagen que se repite cada anochecer.

En cambio, a primera hora de la mañana, el ambiente lo encontré en torno al Mercado Central, donde además de desayunos, descubrí algunos de los productos más típicos mientras me resguardaba del frío. Este tradicional edificio, así como los pequeños negocios colindantes, comparten espacio con las grandes cadenas comerciales. Una combinación del ayer y del hoy que guarda tanto las reliquias de las antiguas civilizaciones, como su liberación de las mismas. El mayor orgullo de Sofía se ha convertido en icono de Bulgaria: Alexander Nevski, una imponente iglesia ortodoxa, símbolo de la independencia de Bulgaria del dominio otomano, que aparece en todas las postales de la ciudad.

Habrá quien diga que Sofía “es sólo es una ciudad ex comunista más”. Pero se estará olvidando de que en esta ciudad están los vestigios y monumentos heredados de algunos de los imperios más grandes de nuestra historia. Sofía es la oportunidad de poder vivir ese pasado, pero con las comodidades del presente.

 

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Periodista y blogger de viajes asturiana. Colabora en la Conde Nast Traveler y en la versión digital de Viajes de la National Geographic.

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