América

Cartagena la fantástica

Lo escribí por algún lado. No sé si fue en la libreta o en una de las hojas de itinerarios que nos entregaban a diario en el barco, pero sé que escribí: “Dios Bendiga a Cartagena la fantástica, viva el África, viva el África”. Quizá fue solo que tarareé esa canción de Carlos Vives en mi mente una y otra vez; desde la noche antes de llegar a la ciudad y, aún estando en ella, la melodía me seguía dando vueltas como si fuese a guiar mis pasos por Cartagena de Indias, como si supiera que era la primera vez que estaba allí y había que darme una bienvenida musical, así sucediera solo en mi mente y nadie más escuchara.

Colores para tirar al cielo, así es Cartagena de Indias. |Fotografías: Adriana Herrera

Qué ver en Cartagena de Indias 

La canción y el color amarillo. Esas son las dos primeras cosas que se me grabaron de la ciudad colombiana que estaba a punto de comenzar a caminar a tientas. Las fachadas amarillas, luego blancas, rosadas, verdes, azules; unas vivas y otras gastadas, con sus balcones amplios, caribeños y absolutamente fotogénicos. Entonces, el calor. Esa humedad tan propia del lugar que te da una palmadita en la espalda como diciéndote que vamos, que camines y que te va a acompañar durante todo el paseo. Suspiras ese aire caliente y sonríes, porque es difícil estar inerte en una ciudad como ésta: Cartagena de Indias es una convulsión de colores, voces, sabores y risas.

Dos días antes de llegar, andaba yo en un poblado de mi país –Venezuela–  que se llama Colonia Tovar y que es de origen alemán, pero que está enclavado entre las montañas caribeñas,  donde siempre hace un frío constante de unos dieciocho grados. Ahora que escribo esto, me parece bien recordar que estaba allí y que luego tuve que tomar un carro, desempacar, empacar, tomar otro carro, llegar al aeropuerto temprano para que el vuelo se retrasara dos horas antes de llegar a Panamá y una vez ahí, subirme a otro carro que me dejaría en el puerto de Colón; embarcar, tratar de entender por qué, si un día antes estaba en el frío, ahora surcaba el Caribe en un barco y despertaba en Cartagena de Indias con el calor brotándole de todos lados. Los viajes pueden llegar a ser un contraste asombroso del que nunca nos cansamos. O sí, no lo sé.

Lo cierto es que mis primeros minutos fueron a bordo de un bus que iba tratando de descifrar el tráfico para luego dejarnos en algunas de las calles del centro histórico de Cartagena de Indias, que es Patrimonio de la Humanidad (1984). Te bajas allí, en una esquina cualquiera y no precisas de mapa, solo del instinto que te dice por dónde cruzar, cuál calle ver, dónde detenerte a comer. Y no importa si pasas varias veces por el mismo lugar; cuando estás en un sitio por primera vez y solo tienes unas horas, no queda más que hacerle caso a ese primer vistazo en el que intentas encontrar cierta armonía. Desconoces muchas cosas e intentas aprender otras. Anotas, te sorprendes, caminas en silencio, vuelves tras tus pasos.

Diez horas de parpadeo en Cartagena de Indias. |Fotografías: Adriana Herrera

Fue de esa manera que Cartagena comenzó a volverse absolutamente seductora. En el casco histórico -que se sabe turístico- aparecían las palenqueras y vendedores de agua de coco, de arepas de queso. Los balcones parecían ser los guías perfectos para contarnos la historia de la ciudad, los que nos indicaban por dónde cruzar, porque uno iba consiguiendo belleza en ellos, en las fachadas, en las puertas, en las aldabas. En ese momento, uno no sabe bien qué ver en Cartagena de Indias, pero vas anotando datos, escuchas conversaciones ajenas, preguntas, deduces, y así es que luego, con las horas, te vas formando una idea y sabes, por ejemplo, que Cartagena, tan ahí al ladito del Mar Caribe, fue uno de los puertos más importantes de América desde el siglo XV y que es justo de esa época de donde vienen sus colores, su importancia artística y cultural. Pero eso no lo sabes mientras decides por cuál calle vas a caminar. Ni eso, ni que se le conoce como la ciudad amurallada porque tenía que protegerse de los piratas que atacaban desde Europa. Uno lo sabe después y lo cuenta como para no olvidarlo.

Porque mientras estás ahí es posible que el cielo te distraiga de tan bonito que se ve escoltando a la iglesia de San Pedro Claver, o vas hasta la Plaza del Reloj –la entrada antigua a Cartagena- y paseas entre los cafés, subes la muralla y ves a lo lejos a esa Cartagena moderna, la de los edificios altos, ves el mar que no es muy azul, más bien marrón claro, arremolinándose en la orilla y gritando Caribe. Y te preguntas cosas simples como: ¿por qué hace tanto calor? ¿la cerveza estará fría? ¿cuántos pesos son diez dólares? Y sigues, y caminas porque quieres llevarte todo lo que puedas de Cartagena en las pocas horas que tienes en la ciudad.

Entonces, llegas al barrio bohemio de Getsemaní, y te detienes unos segundos a asimilar sus colores, su aire desenfadado, sus mensajes dejados en las paredes. De una esquina bien puede saltar un café, una plaza, una carpintería, un hostal o un viajero escribiendo tan absorto en su libreta que es incapaz de darse cuenta que están otros al frente y le hacen una foto al descuido, solo porque sí. Eso a veces me pasa a mí: quedarme absorta en mi libreta, me refiero. Entonces, la ciudad sigue avanzando mientras yo intento escribirla y no advierto los otros pasos que me rodean, porque no levanto la mirada. Es el instante en que el viajero y el lugar se desconocen y es otra cosa la que queda fijada en el papel. Pero esa es otra historia.

Cartagena se va contando sola, abre los brazos y sonríe como para que le preguntes cosas. Te invita a un café, una cerveza y te promete conversaciones largas. Le pongo voz o quizá es la voz de Vives que otra vez vuelva a cantar en mi cabeza: “Dios Bendiga a Cartagena la fantástica”, mientras desando el camino de vuelta al barco. Ese barco que dejará a la ciudad atrás, con esas pinceladas de colores, con ese asombro de la primera vez. Siempre se querrá volver.

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Periodista de viajes, venezolana. Intento escribir crónicas, relatos y hacer fotos. Viajo sin prisa.

2 Comentarios sobre esta publicación.
  • Jaime González Montes
    7 febrero 2017 at 9:44 pm
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    Este flashback viajero, me hizo imaginar de pronto lo rápido que puede explorarse con gran asombro una ciudad, estar a tiro de un atraque-desatraque de tan solo 10 horas. Esa es la estadía que suelen durar también los grandes barcos portacontenedores en puerto. Sin conocer Cartagena, a mi, ya me dieron ganas de volver. Bienvenida Adriana Herrera

    • Adriana Herrera
      9 febrero 2017 at 10:59 pm
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      Así es Jaime, la improvisación del asombro siempre nos hará viajar con otros ojos. Gracias por pasear por esta Cartagena. Un abrazo.

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