Recuerdo vagamente desde cuándo me moría de ganas de pisar el norte de África. Hacía tanto tiempo que me rondaba la cabeza, tras tantas películas, los Rally Dakar, el desierto, el sol castigador. Tenía ganas de comprobar por mí mismo eso de que Marruecos “es un país de contrastes”, frase (hecha) que sueltan los viajeros apenas sin ser preguntados al volver de éste o cualquier otro país africano.

En julio de 2012 una amiga me ofreció la posibilidad de realizar un corto y a priori improvisado viaje por el norte de África. La proposición fue una suerte de hoja en blanco, sin preferencias ni condiciones por parte de niguno de los dos. Nos decantamos por Marruecos, entre los dos diseñamos la ruta y ambos pasamos las mil y una, aunque siempre con final feliz.

En poco más de una semana perfilamos la ruta y reservamos los rihads en cada una de las ciudades (alojamiento muy recomendable: en todos encontramos precios moderados, habitaciones confortables, trato exquisito y desayuno -incluido- sobrado para llegar al almuerzo). La ruta: Marrakech, Essouira, Rabat, Chefchaouen, Meknes y Fez. Centro, oeste, norte, este y sur, en este sentido. Más de dos mil kilómetros para sólo cinco días. En medio, una visita frustrada a las cascadas de Ouzoud, una excursión que me recomendó como si le fuera en ello la vida un amigo marroquí de Barcelona. Desafortunadamente, lo siento Abdul, no logramos dar con ellas y terminamos desolados tanto por el paso en falso como por la pérdida de un día precioso, en el más amplio sentido de la palabra.

Si queréis recorrer el país en coche de alquiler, lo más aconsejable es hacerse con él una vez allí porque si lleváis la reserva hecha, la gestión de la misma os será cobrada por el intermediario. En el aeropuerto de Marrakech, por ejemplo, contaréis hasta diez empresas dedicadas al alquiler de vehículos. Os será posible incluso regatear en el precio. Nosotros nos vinimos abajo cuando nos entregaron nuestro utilitario y observamos el enorme aparcamiento lleno de decenas de ellos a la espera de un dueño temporal. Facepalm, que se dice ahora.

Viajar motorizado por Marruecos te da sobre todo libertad de movimientos y te ofrece un plus de aventura. Absténganse portadores de la L, conductores noveles, porque si algo solicitan ciertas vías marroquíes es agarrar fuerte el volante, apretar los dientes y que ese socavón no sea tan profundo como me ha parecido desde lejos. Muchas carreteras de allí, para qué engañarnos, necesitan un reasfaltado urgente. Cuidados intensivos, paso sigiloso.

Los conductores autóctonos, en mayor o menor número, necesitan por su parte un curso de reciclado en seguridad vial, diría más incluso que los kamikaze de las carreteras de la Italia meridional.

Dejemos, sin embargo, a un lado las condiciones prácticas y pasemos a otras más aleatorias, subjetivas, azarosas, como es el hecho de que a la policía marroquí se le antoje darte el alto. Puede suceder o no, evidentemente, aunque contribuye a que sea así la cara de turista que pasees por el país. A nosotros nos pararon, si bien mi compañera de viaje era de padre sirio, a mí me preguntaron allí más de una vez si era bereber y el coche llevaba matrícula marroquí. Veamos por qué.

Durante nuestro segundo día en Marruecos, aquella valiosa mañana que malgastamos –o no, según se mire- yendo a visitar las cascadas de Ouzoud. Resultó frustrante principalmente porque la idea era viajar desde Marrakech hacia el este, visitar las cascadas y de nuevo vuelta a Marrakech, no para quedarnos sino porque para llegar a Essaouira, nuestro próximo destino, debíamos pasar por allí. En Marruecos las distancias no se miden en kilómetros, se hace en horas: una hora y media a las cascadas, nos dijeron… Cuando llevábamos dos horas (a un ritmo alegre, a lo que daba nuestro utilitario), paramos a refrescarnos en un bar y, al preguntarle, el dueño no sabía de qué cascadas le hablábamos. Decidimos entonces, ya sí, poner rumbo a (Marrakech de nuevo y luego) Essaouira.

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Fez, Marruecos. Fotografía Arlene Bayliss

Lo anecdótico, lo mejor, la lección para otras situaciones similares venideras, terminó siendo un pequeño encontronazo con una patrulla policial. Eran las doce del mediodía, nadie en la carretera, largas rectas y de vez en cuando una rotonda. Tras trazar una, quinientos metros más abajo nos dio el alto un agente. Altura muy por encima de la media, botas de cuero, pantalón ajustado, pistola en la cartuchera a la vista… Que imponía su figura, hablando claro.

Nos pidió los papeles. Afortunadamente mi acompañante hablaba francés, que es el idioma extranjero que ellos dominan. Me recriminó haberme saltado un stop, refiriéndose a la rotonda. Miré hacia el lugar que me señalaba y desde donde estábamos sólo se veía la cima de un discreto promontorio, nada más. Imposible, de entrada, que él hubiese apreciado saltarme ningún stop por eso mismo: porque no podía haberlo visto. Y básicamente, esto es lo importante, porque no era un stop sino un ceda el paso.

Hacía mucho calor, no teníamos ganas de problemas y decidí por mi cuenta finiquitar el asunto poniéndome serio. “Es que no era un stop, era un ceda el paso y no venía nadie, por eso no he parado”. Todo esto se lo explicaba de palabra y gráficamente: dibujando con ambas manos en el aire el triángulo invertido que representa esa señal. Cuatro veces lo dibujé. Cuatro airados aspavientos seguidos.

Algo de mi actitud inquietó al policía, supongo que los braceos nivel karateka. “¿A dónde vais?” “A las cascadas”, medio gritamos a la vez. “Bien, debéis girar allí hacia la derecha. Buen viaje”.

Su idea de sacarnos algún dirham (so pena de retenernos allí a su antojo, imagino) no dio resultado. Algunos funcionan así: ven que eres turista, te intimidan y si te amilanas, te presionan para sacarte lo que quieras ofrecerles. Para nosotros dar, pongamos, cinco euros en dirhams no supone ni esfuerzo ni molestia si con ello evitamos disgustos con la autoridad. En cambio a ellos les arreglas la semana porque el sueldo medio en Marruecos es de 300 euros al mes.

Si te prestas, te los sacan. Si te enfrentas, te dejan marchar. Ellos tampoco quieren problemas con un turista “reivindicativo” porque pueden tenerlos con las altas esferas. El turismo supone una de las principales fuentes de ingresos para el país y Mohammed VI no permitiría que unos occidentales volviesen a Europa echando pestes de unos policías marroquíes corruptos. Se generaría mala prensa, seguramente bajaría el número de turistas y, tal vez, rodarían cabezas.

Tras esta experiencia (positiva en tanto que instructiva), hubo otros encuentros con la policía que supimos capear con tranquilidad y diplomacia. Manteniéndonos firmes en nuestros argumentos y nunca dando la impresión de sentir miedo, menos aún diciendo que sí a todo. Habría sido entonces cuando hubiesen llegado los disgustos.

(NOTA: En otra ocasión contaré otra experiencia similar en un lujoso barrio residencial de Bucarest, con un señor que hacía tres como yo y que algo escondería cuando me recriminó mi presencia por la zona con una cámara de fotos)

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Sobre el autor

Licenciado en Historia y Máster en Periodismo de viajes, escribe, traduce y le da al guión. Observa y escribe; vive y cuenta, manteniendo entre ceja y ceja el dedicarse a la escritura sin cuestionarse la modalidad. Viajar es lo que le mueve: hacerlo en moto a ser posible.

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