A Potosí se llega como al borde de un cráter tras una hecatombe: color ladrillo, desciendes sobre tejados de chapa hasta el centro colonial en el que despuntan las torres de las iglesias como pecios de otro tiempo, atrás los caminos de tierra y esas casas que lo único que tienen de casa es la intención. Alrededor, las montañas peladas, el Cerro Rico, la montaña que devora hombres. Pero no es verdad. No solo devora hombres, también a mujeres y a miles de niños y niñas que trabajan en la mina clandestinamente.

Más: el Cerro Rico lo devora todo como una maldición. En el año 2011 el Gobierno de Bolivia calculó 3.800 menores en las minas, como si uno más o uno menos no fuera importante; pero Cepromin, el histórico Centro de Promoción Minera, elevó la cifra a 13.000 menores, así, al bulto, sin sumar individuos, como si no respirara cada uno de ellos. Imposible saber: “Las cooperativas y el Estado tapan todo esto. No quieren que conozcamos el coste brutal de la minería”, dice Rosario Tapia, directora de la Liga de Defensa del Medio Ambiente, en el nuevo libro de Ander Izagirre (Ed. Libros del K.O., 2017).

Ander Izaguirre viajó en 2009 a Potosí y escribió la crónica “Mineritos”. No tuvo suficiente, volvió para escribir Potosí, un libro que es el resultado de una forma de viajar y de una forma de contar que tiene mucho que ver con la escuela de Martín Caparrós –no obstante, éste libro, como explica el autor en la nota final de agradecimiento, se desatascó en el taller que el argentino imparte cada año en la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano–. Ander Izagirre lo dejó claro en una charla sobre la crónica en la librería Altaïr: “levantar el culo de la silla y salir a buscar las historias, así es como entiendo yo el periodismo y el viaje”. Es el viaje invisible: cuenta la historia, no el selfie.

En Potosí la atracción turística estrella son los tours a las minas. Se ofrecen todos los días; en todo hostel que se precie hay un tour disponible. En el centro y alrededores de la Plaza 10 de Noviembre hay oficinas de información para ser minero por un día. ¿Quién no quiere ser minero por un día? Te colocas un casco, vistes un mono de faena sobre tu ropa limpia, unas botas de agua, te explican algunas historias sobre la Pachamama, el Tío, las horas trabajando sin parar, el pijchar coca, el alcohol puro para tomar, la enfermedad de los pulmones, el sufrimiento, las mujeres que no pueden entrar, la poca plata, el poco estaño, los precios… Imaginas cómo es eso, cómo es entrar en el interior de una montaña, pero sin tener que hacerlo siempre hasta que la silicosis te deja en la cama sin poder moverte. Como estamos a más de 4.000 metros basta no sufrir mal de altura ni claustrofobia. Luego, al salir, en la bocamina, te haces una foto sonriendo.

“Yo no me habría enterado de nada. Yo iba con unos planes, pero el hecho de querer indagar de nuevo me llevó a descubrir más de lo que esperaba. Por eso la lentitud y el regreso a los temas son, al final, una buena inversión”, explica Ander Izagirre al hablar del proceso de escritura de este libro.

¿Pero, qué descubrió Ander Izagirre?

Potosí, el libro de Ander Izagirre de la Editorial Libros del K.O., 2017. |Fotografías: José Alejandro Adamuz

El único tour de la mina 100% real de Potosí

Ander Izagirre descubrió, además de un infierno dentro, un infierno fuera. Hay un infierno para los hombres en la mina y otro para las mujeres. Y ahí es donde encontramos a Alicia –por supuesto, esto no es el País de las Maravillas, el nombre es inventado, por seguridad, por proteger a una niña de 14 años de posibles represalias por dar su testimonio–. Alicia está en los dos infiernos a la vez. ¿Jodido, verdad?

“A veces lloro, pero nunca delante de los niños. Alicia ya mucho llora. Tengo desesperación. Siento helado aquí en el pecho”, dice Doña Rosa, la mamá de Alicia, que con 42 años –en el momento de la crónica, en el libro, eterna con esa edad, igual que Alicia, igual que todos– es casi una anciana –y por supuesto, este nombre también es inventando, por seguridad, por proteger a una mujer de 41 años que es una anciana de posibles represalias por dar testimonio–.

Potosí es una crónica de la mina, de la vida en el Cerro Rico, de la asfixia, la claustrofobia, el machismo, de la violencia sufrida por los mineros, que es doble en las mujeres. A través de ellas, Ander Izagirre pone el foco en el departamento más pobre de Bolivia y acaba hablando del país más pobre de Sudamérica. Y lo voy a decir ahora: entendí más al leer su libro que cuando viajé a Potosí. Viajamos en la superficie.

“La democracia nos debe mucho a las mujeres de las minas. Siempre estuvimos en las luchas, en las huelgas, no desmayamos. Pero somos invisibles para la sociedad. Bueno, es que somos invisibles para los propios mineros. Nuestros propios compañeros no nos tienen en cuenta”, dice Dora Camacho, directora del Comité Nacional de Amas de Casa Mineras.

Ander Izagirre descubrió, además de ese infierno dentro, que hay un infierno afuera. Hay un infierno para los hombres y otro para las mujeres. |Fotografías: José Alejandro Adamuz

Alicia: una vida en el Cerro Rico

Alicia vive junto a su madre, Doña Rosa, y su hermanito de 4 años; su padre murió de los pulmones, y casi mejor porque lo único que hacía era emborracharse al salir de la mina y dar palizas a su madre. Sí, también cuando estaba embarazada. Y sí, de las palizas perdió los bebés. Y no, no es un caso aislado. Viven en la canchamina, “en una explanada de polvo gris a 4.400 metros”, en el Cerro Rico. No hay agua, no hay luz, no hay nada, solo frío, la lluvia, el aire contaminado, “pero no pagan el alquiler”. Y el Cerro Rico aparece en el escudo de Bolivia, ¿y qué harán cuando el cerro se derrumbe como amenaza hacer?

Alicia hace un trabajo que no existe, un trabajo por el que antes le pagaban veinte pesos diarios –mejor: veinte pesos nocturnos–, algo más de dos euros. Y por el que ya no le pagan. Ahora trabaja gratis para saldar una deuda que los mineros de la cooperativa atribuyen a su madre, una trampa para tenerlas esclavizadas.

Cosas que le dan miedo a Alicia: el gas –las explosiones de gas–, los descarrilamientos de las vagonetas cargadas de rocas, los derrumbes, los dolores de espaldas que le duran semanas, el aire que la envenena, su riñón paralizado, los mineros que beben mucho, los mineros que violan a niñas, como a esas dos amigas suyas de 14 y 15 años embarazadas por violaciones así. Hay otro miedo: el hambre. Este es un mundo en el que no cabe mucho optimismo; a pesar de ello, cuando Ander Izagirre deja la historia, Alicia tiene 17 años y sigue imaginando una vida distinta, mejor, y sigue luchando por ella: una vida que no sea un infierno para las mujeres.

Ander Izagirre ha bordado un libro de periodismo –o de nuevo periodismo, o periodismo narrativo, o lacrónica a los Caparrós–. Al viajar corremos el peligro de quedarnos en la superficie de los lugares. Pero, ¿qué tal hondo podemos sumergirnos en los lugares? Tal vez es que hay que meterse en una mina y reptar medio asfixiado en la oscuridad de una historia porque el viaje por sí solo no es lo importante

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Sobre el autor

Licenciado en Filología y periodista vocacional que se divierte juntando letras para ver cómo reaccionan entre sí las palabras. Es redactor en el blog Ahora Toca Viajar y en otros medios.

2 comentarios

  1. Jaime González el

    Me dejó paralizado por un momento ésta historia. Y es en donde el viaje la hace de segundo plano en una fotografía de una realidad terrible. Pffff¡¡

  2. Tan cierto. Es difícil llegar a conocer la realidad de los destinos que se visita porque casi siempre vamos por pocos días y viajamos queriendo escapar de nuestra propia realidad..

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