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Un poeta en Nueva York, el viaje de Lorca

Lorca residió nueve meses en Nueva York. De aquella experiencia surgió uno de los poemarios más importantes del siglo y una nueva visión de la ciudad

Aquel Nueva York de 1929 era en blanco y negro. Parecía que todo estaba a punto de ocurrir y todo prometía ser excitante, como si el mundo se formase cada mañana antes del café. Por entonces era normal llegar en transatlántico; con visa para Estados Unidos, pero no como ahora, que el salto es aéreo y abstracto. Así lo hizo Federico García Lorca -y le antecedió Rubén Darío, que describió su llegada a Nueva York en 1914 a bordo del vapor “Antonio López” en Los raros-. Llegar parece solo un trámite cuando en realidad marca la diferencia de un viaje a otro. 

Lorca tuvo su primera visión nocturna de Nueva York desde el buque: rascacielos iluminados “confundiéndose con las estrellas”, luces por todas partes, ríos de autos. Le impresionó tanto que a los pocos días envió una carta a sus padres explicándoles que, en comparación, París y Londres parecían dos pueblos. “En tres edificios de estos cabe Granada entera”, soltó la exageración como una chispa y allá, en Granada, sus padres sonreirían divertidos al leer la carta, complacidos porque el hijo estuviera viendo un mundo que ellos sólo imaginaban. 

Pocos días después de llegar, Lorca ya estaba escribiendo, arrastrado por una fuerza creadora, por fin, recuperada. De aquellos primeros versos salió lo que después sería Poeta en Nueva York, uno de los poemarios más importantes del S. XX: una explosión de metáforas que te salpica en toda la cara. Poeta en Nueva York es la antiguía perfecta. Ahí no hay datos, solo experiencia. Tal vez, alguna revelación. No serviría para ubicarse en la ciudad; sin embargo, se siente igual que Lorca la miraba, paseaba y soñaba. Si una ciudad se puede leer, debe ser al modo en que él escribió de Nueva York. 

 

“No os voy a decir lo que es Nueva York por fuera, porque, juntamente con Moscú, son las dos ciudades antagónicas sobre las cuales se vierte ahora un río de libros descriptivos; ni voy a narrar un viaje, pero sí mi reacción lírica con toda sinceridad y sencillez”
Federico García Lorca. “Nueva York en un poeta”

 

Lorca en Nueva York

García Lorca en el reloj de sol de la Universidad de Columbia, otoño de 1929.

 

Del puerto, en la ribera del Hudson, recaló en la residencia de la Columbia University, en Broadway con la 116 th. Desde su cuarto, veía una parte de los jardines y el campo de rugby. La universidad entregaba a los estudiantes un mapa como guía. Este mapa lo supo recrear maravillosamente bien la editorial Aventuras Literarias, con la tipografía y los colores de la época. El mapa me recuerda a una de esas placas que hay dentro de los ordenadores, todo microchips y conectores y ranuras. Central Park es un rectángulo, como si fuera el procesador que hace pensar al ordenador, las calles todas bien ordenadas en líneas rectas, numeradas porque los americanos son gente práctica y prefieren el orden numérico al histórico, que ya se sabe, siempre es interpretable.

Todo comienza siempre con un mapa. En ese mapa, Lorca marcaría medio centenar de ubicaciones mínimo. Caminó mucho, más que lo que se dedicó a estudiar inglés. El mapa le sirvió de guía; pero, como buen flâneur, también supo perderse. A perderse, que no tiene nada que ver con perder, hay que estar habituado, es un aprendizaje que se hace poco a poco. De perderse puede resultar un encontrarse, pero perder, lo que se dice perder, es no encontrar algo por mucho que uno lo busque porque no recuerda ni dónde lo dejó, porque igual lo perdió a cosa hecha, quién sabe… Chinatown fue, como explicó en carta a sus padres, “mi primera pérdida en la ciudad”. Lejos de preocuparse, deambuló por las calles, entró en las tiendas y comió en un restaurante chino por 60 centavos.

¿A qué fue Lorca a New York? Amigos de La Gaceta Literaria bromearon en una nota de despedida: “Aprenderá el inglés en dos meses, con gramófono”. Oficialmente, Lorca viaja para estudiar inglés. Lo cierto es que el distanciamiento con Dalí y su convulsa relación con el escultor Emilio Aladrén le habían arrastrado a una depresión que ni el éxito de su Romancero gitano había calmado. Lorca tenía 31 años, pero no era feliz. Y como todos, buscó una excusa para marcharse, cambiar de aires, como si al viajar lo dejáramos todo atrás, incluso a nosotros mismos. Pero lo cierto es que le funcionó. Volvió de Nueva York siendo otro. 

En Nueva York, Lorca fue de los primeros espectadores mundiales en escuchar cómo sonaba la voz del cómico Harold Lloyd en Welcome Danger, su primera película hablada, estrenada el 12 de octubre de 1929. Seguramente, lo hizo en el Rivoli Theatre, en Broadway, cerca de su residencia. Llegaría a confesar que era en el cine, y en el teatro, que le deslumbró, donde aprendía más inglés. También fue testigo del crack del 29 que describió con una inteligencia financiera poco común entre poetas: “Las calles, o mejor dicho los terribles desfiladeros de rascacielos, estaban en un desorden y un histerismo que solamente viéndolo se podía comprender el sufrimiento y la angustia de la muchedumbre. ¡Y claro!, cuanto más pánico había más bajaban las acciones”. 

Hay que imaginar a Lorca saltando de un lado para otro divertido, ajetreado, y, parece ser, siempre ocupado de reunión en reunión: “Aquí hay más reuniones -explicó por carta a sus padres- que en ninguna parte del mundo”. Conoció todos los estratos sociales: desde la aristocracia neoyorquina a Harlem -”la ciudad negra más importante del mundo”-, se zambulló en el ajetreo de la ciudad, que le pareció especialmente bella en otoño, fue agasajado, vivió la fiesta de Acción de Gracias y disfrutó de Time Square decorado en Navidad, vio construirse el Chrysler Building, el punto más alto de la ciudad entonces que todavía no estaba el Empire State, experimentó la mayor soledad en el puente de Brooklyn, recorrió los teatros más importante y los cafés maravillado igual que se emborrachó del ambiente popular de Coney Island. Le dio tiempo, incluso, de abrirse una cuenta bancaria para ingresar el dinero que le enviaban desde casa y el que le pagaron por algunas conferencias. 

Cierto que la ciudad fue escenario vanguardista y apocalíptico en Poeta en Nueva York, mientras que las cartas que envió fueron por otro lado, por el humor, lo anecdótico y el detalle. Ambos enfoques juntos fueron su experiencia viajera y creativa. Su estancia en la ciudad duró hasta el 4 de marzo de 1930. Se despidió “con sentimiento y con admiración” antes de emprender viaje hacia Cuba; pero esa fue otra experiencia, la de la “Andalucía universal”. Había hecho lo más difícil: ser poeta en Nueva York, el lugar donde “ninguno quería ser nube / ninguno buscaba los helechos / ni la rueda amarilla del tamboril”.

 

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Licenciado en Filología y periodista vocacional que se divierte juntando letras para ver cómo reaccionan entre sí las palabras. Es redactor en el blog Ahora Toca Viajar y en otros medios.

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