En África hay vientos que abrazan y vientos que secan la mente. También hay corrientes que hielan y brumas que desatan pasiones. El mismo aire que fecunda la selva, entierra ciudades en polvo. El viento de África: Radio Futura

Sudáfrica es el país más austral del llamado continente negro; la colonización, el safari, los animales salvajes, Mandela, los blancos, los negros. Sudáfrica es el fin de la segregación racial. El principio de un futuro esperanzador.

Su bandera armónicamente  diseñada es una de las pocas del mundo que combina seis colores: negro, verde, blanco, azul, amarillo y rojo. Se dice que el negro simboliza la mayoría de su gente, el blanco la minoría. El amarillo sus minas de oro, el rojo la sangre y el azul el cielo sudafricano.

Aunque no hay un acuerdo general sobre ésta interpretación, algunas versiones aseguran que en el caso del rojo y el azul representan a los antiguos colonizadores: los afrikáners, quienes impusieron ese régimen inhumano del apparheit. Y que la “y” griega simboliza la unión de dos pueblos, incluso, que es el símbolo de “amor y paz” inserto en la bandera.

Sudáfrica es mucho más. Es un traslado a lo desconocido. La incertidumbre de pensar en la vegetación, sequía, la estepa, el desierto. Pero como todo viaje, éste país es un viaje interior.

El traslado dura veintisiete horas que comienza en la Ciudad de México con escala en Atlanta para atravesar el océano Atlántico. El aeropuerto lleva el nombre de uno de los fundadores del Congreso Nacional Africano: Oliver Reginald Tambo en la ciudad de Johannesburgo.  El vuelo fue de muy poca turbulencia. No pude conciliar el sueño más que para dormitar con dificultad. Nunca puedo dormir en los aviones. Siempre me asalta la idea de que algo puede fallar, aunque prefiero estar dormido si estallara en mil pedazos el armatoste. Es un pensamiento fatalista, pero la razón me domina y me tranquilizo cuando asumo que viajar por avión es el modo de transporte más seguro que existe, con el inconveniente de que cada accidente por muy aislado que sea, morir, es de una probabilidad altísima.

En una pequeña pantalla del avión observo la ruta simulada. Mientras pasan los minutos, las horas y la noche, pienso en el temor que me da estar a tantos metros de altura del piso firme o del mar agitado. En tanto eso no sucede, escucho música o veo películas alternativamente, y aunque no soy aficionado a ellas, en lo que duró el vuelo, tomé mi dosis por todas las que me tocaban en un año.

El curso del viaje era relativamente normal, sin embargo, me asignaron un asiento en medio de dos personas. Esto que digo sería intrascendente si es que la cena no me hubiera caído mal. Y no contaré las vicisitudes que tuve que pasar ese tiempo. No volví a comer nada aunque tuviera hambre. Dormí un poco hasta que el capitán del avión anuncia que pronto estaríamos por aterrizar. 

El trato migración fue un poco accidentado. Después de la pregunta obligada de si mi visita era de negocios o placer, selló mi pasaporte, la agente de migración lo observa insistentemente y nota algo que no la convence. Me hace dos preguntas más, las respondo con mi escaso inglés y vuelve a sellar el pasaporte. Esta vez convencida, anota la fecha de llegada, lo pasa por un lector de barras a medio funcionar, al hacerlo varias veces, los datos del pasaporte no eran leídos por el aparato.

Una luz verde se encendía aunque no leía el código de seguridad. Revisa la conexión, lo intenta de nuevo pero sigue sin funcionar. Lo desconecta, y al reconectarlo, golpea contra el escritorio el aparato lector como diciendo “ya estuvo bueno” e increíblemente funciona. Me quedé absorto ante su aparente molestia pero me regresa una sonrisa de gran blancura y entera satisfacción diciéndome – “Welcome to South Africa” –

Cruzado ese umbral y el de la Aduana sin nada para declarar, la persona que me esperaba portaba un letrero por encima de su cabeza que decía “Jamie Montes” con el logotipo grabado de la empresa que mandó por mí.  

Ya estaba otra colega con él esperándome: Katherine Grau. No recuerdo el nombre del conductor. Katherine venía en representación del gobierno guatemalteco. Ha vivido mucho tiempo en países de Latinoamérica. Hablaba un excelente español. Así, mi llegada empezó a ser menos difícil, porque sin proponérmelo tendría el apoyo de un traductor sin costo.

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Cambié dólares por “Rands”, la moneda local y hasta ese momento caí en la cuenta de que estaba en África porque los billetes, en sustitución de los héroes del país, tenían grabados leones, elefantes, rinocerontes, búfalos y chitas.

Es difícil advertir que al subirse al avión estás en otro país, al bajarse, menos. Lo único que pasa ahí son cambios de sala con letreros en otro idioma. Son los mismos negocios que hay en todos los aeropuertos: pequeñas librerías, cafés, restaurantes de comida rápida y módulos de las líneas aéreas.  La realidad del lugar visitado empieza justo cuando se interactúa con la gente originaria y sus costumbres. La primera visión de aquella tierra fue de un verdor exuberante, colinas interminables y pastizales de espigas amarillas doblegadas por el viento silbante en armonía coordinada.

El trayecto al hotel pasó entre la tarde-noche. Salí de la Ciudad de México a la una de la tarde del día anterior. En Sudáfrica eran las ocho de la noche del siguiente día. Todo era oscuridad y pocas luces. Era como un trayecto muy parecido a la provincia mexicana entre colinas, caminos sinuosos, pueblos lejanos uno de otro y solitarios caminantes de rutas agrestes y caminos de tierra anaranjada.

Mi plática con Katherine discurría sobre la política mexicana y guatemalteca mientras ella ultimaba detalles con el conductor de nuestra llegada al hotel.

Fue un traslado de casi dos horas. Comencé a creer que estábamos secuestrados pues pensaba ver edificios y muchas luces de una ciudad moderna, porque antes se salir habría investigado la ubicación de hotel y el camino nada semejaba uno de ciudad, sino más bien un lugar de provincia. Me había equivocado de sede de hotel.

Después del viaje demoledor de más de un día llegamos a nuestro lugar de hospedaje: el hotel Misty Hills, a las afueras de la ciudad de Johannesburgo. Es un hotel de tipo tradicional con sillones de piel de zebra y arreglos oriundos. En sus pasillos selváticos había máscaras gigantes que simbolizan la multitud de tribus africanas. Llamó mi atención una máscara gigante de nombre Imbongi. Era lo poco que lucía en la oscuridad, por la escasa iluminación de luces ambar que no permitía verla claramente. Era una máscara de casi dos metros de largo. Después supe que Imbongi era un poeta o poesía de la tradición oral de la tribu Xhosa, la misma que Nelson Mandela pertenece pero del clan Madiba. De ahí el apodo.

Lo que pude encontrar en Internet sobre la palabra “Imbongui” fue un poema que refleja claramente la visión de este pueblo, quienes se fascinan por las odas a la naturaleza y la tradición oral de su gente. El pequeño poema traducido por mí con las inexactitudes que ello implica es:

Entiendo que la tierra es poderosa,

pero a pesar de que es poderosa,

ha sido derrotada por los cielos,

porque éstos trajeron la sequía y los ríos se secaron…

Y no me parece casual que la tradición poética Xhosa represente tanto para Sudáfrica, por lo que este viaje inspira explorarla mucho más.

Las comunicaciones entre las comunidades es un tanto complicado, se puede ir en taxi a condición de llamarlo. Hay servicios de taxis colectivos. Es es la manera más económica de viajar entre ellas. El servicio de taxi, como en todos los países es carísimo. No todas las personas tienen la posibilidad de pagar un servicio particular de este tipo.

Para ir  a las reservas naturales y zonas protegidas llamé un taxi que me cobró 700 ranes. Algo así como 350 pesos mexicanos. Y solo fue una distancia de menos de cinco kilómetros. Si me hubiera propuesto seguro hubiera llegado caminando. El inconveniente es que a la reserva solo se puede ingresar en vehículo. Ya me veía con cara de deseperado corriendo por las planicies africanas con dos chitas, tres perros salvajes, dos leones y cinco hienas tras mi pellejo. Hubiera quedado como un desecho de costillas limpias reposadas en el pasto.

Creo que debería haber una convención internacional que regule los precios de los taxis. Son una locura y no tienes opción. Pagas esos precios o te toca caminar largas distancias con equipaje en mano para buscar un transporte más económico lo que resulta incómodo.

Los jardines del hotel, los pasillos y las instalaciones en general me transportaron a otra dimensión. Dicen las personas oriundas que sólo construyeron los caminos para llegar a las habitaciones. La vegetación original está intacta.

Cada habitación es una cabaña independiente. Es como llegar a un campamento que si lo deseas te puedes olvidar del vecino, del hotel, del país, del mundo.

Todas las mañanas los trabajadores del hotel saludan con una sonrisa increíblemente amigable y se muestran muy dispuestos a enseñarte o ayudarte si tienes alguna duda.

Varias veces me perdí en los caminos verdosos del hotel, y sin más, los camareros te guían a tu destino con solo intentar decir que no sabes en donde éstas. Saben que estás extraviado, sonríen para si, y te acompañan sin más a dónde vayas.

De características únicas, en la parte baja del hotel, se encuentra el restaurante Carnivore. En el vestíbulo están las estatuas de los héroes africanos, le llaman el Salón de los Reyes, entre ellos está Mandela como último baluarte del orgullo africano.

El Carnivore es un restaurante tipo brasileño. El menú integra diversos cortes de la localidad. Al día siguiente de mi llegada, me invitaron a cenar y después de la primera copa de vino, vienen en las espadas insertas las carnes: zebra, antílope, cerdo, pollo, kudu, impala y cocodrilo. Cada una de ellas con un sabor característico.

La carne más suave es la del cocodrilo y la más dura es la del impala. El cocimiento es a las brazas. El jugo de carne escurre lenta y serpenteante por la espada en turno, hasta llegar a la punta haciendo un charco rojizo en el plato en donde se posa. El mesero, antes de pasar el cuchillo rasante sobre la carne, te anuncia antes lo que va a rebanar: – ¿kuru? ¿zzzibra?

El comensal asciente con la cabeza y la carne se desprende como un pequeño iceberg de color rojo cobrizo, para ser atrapada casi al vuelo con el tenedor del cliente quien lo deposita en su plato.

En este restaurante, como en cualquier otro del mundo, no hay idiomas ni fronteras. No hay forma de no entenderse. La mímica resuelve todas esas complicaciones por igual, no importa el país en donde se esté. Habíamos personas de muchas nacionalidades. 

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Sudáfrica son los animales salvajes. Cerca del hotel, hay dos grandes parques nacionales que resguardan las especies endémicas de la región. Tengo la impresión que en todo continente deben quedar pocas áreas en donde están los animales en su hábitat natural.

La impresionante melena de los leones blancos o los dientes filosos e incisivos de los perros salvajes sobre su alimento, fueron dos imágenes que registró mi memoria. Era un forastero en tierras lejanas, paisajes inverosímiles y gente extraordinaria.

Visitar cada uno de estos parques ha sido una experiencia emocionante: la fauna en su ambiente natural. 

Las leonas siguen a sus machos. Los ñúes, antílopes, avestruces y jabalíes corren en fila por las interminables colinas de pastizales indomables.

Los veloces depredadores buscan su alimento afanosamente. Los perros salvajes, chitas, leonas y hienas se dejan ir sobre la presa que lucha por sobrevivir ante tal ofensiva. La vida salvaje es simple: matar para vivir. La vida del ser humano es al revés.

En uno de los parques tuve la oportunidad de acariciar a pequeños leones en cautiverio y no deja de ser espeluznante. Me dicen los cuidadores que solo tienen unos cuantos meses de edad, pero el instinto depredador los habita, pues les dieron de comer como tres kilos de carne a cada uno antes de tener la oportunidad de poder acariciarlos. Su pelaje es áspero como si fueran estropajos. Uno pensaría cuando los ve en Animal Planet que es igual de terso que el de un gato. Dicen: – jamás trates de agarrarles la cabeza por que sueltan el zarpazo-. No quiero imaginar las heridas que me causarían sus párvulas garras. Los puedes acariciar, pero solo en el lomo y muy suavemente. La mano me temblaba pero al final tomamos los leones y yo confianza en nosotros mismos y todo fue más fácil. 

Sudáfrica es el origen de la civilización. Al noreste de Johannesburgo, por carretera se llega a la provincia de Gauteng. Un lugar en el que se encontraron los restos fósiles de los primeros homínidos. En este lugar están las Cuevas de Sterkfontein. Es llamado actualmente la cuna de la civilización. Esa sensación es impresionante, el solo hecho de pensar que ahí vivieron miles de años antes, sino hasta millones, los primeros seres parecidos a los humanos me resultó revelador. 

Desde la entrada principal a las cuevas y hasta el punto más bajo a 60 metros, se percibe un ambiente muy húmedo y relativamente frío. Hasta cierto punto es un ambiente claustrofóbico, pues la humedad hace sudar las rocas como si se estuvieran derritiendo y fueran a caerse. 

Los visitantes tuvimos que pasar por agujeros de poco menos de cincuenta centímetros de altura a treinta metros bajo tierra. Antes de entrar, hay un pequeño museo en donde se exhiben réplicas de los restos fósiles encontrados y en general fotografías las teorías del origen del universo en donde sitúan el espacio temporal en el que vivieron los primeros homínidos en esas cuevas. Simplemente no me alcanza la imaginación para pensar que personas hacían su vida diaria en ese lugar.

Al sitio, acuden un sinnúmero de escuelas primarias y aquello se vuelve de un desperdigado hormigueo infantil. Los grupos de niños de piel oscura son tintinados por puntos blancos de los dos o tres compañeros de escuela de piel clara. Los niños se abrazan y corren en fuga al jaloneo de las trenzas de las compañeras de clase. Y pensar que hace tan solo veinte años esa escena era imposible. 

Sudáfrica son las personas que conocí. Dudú D. Thebe venía de Gaborone, capital de Botswana. Dudú es de carácter maternal. Me atrevería a decir que hasta me gustaría ser su hijo. Solo que no sé si me aguatanría. Centrada, paciente y dedicada. La recuerdo porque era la que ponía orden en el grupo. Dudú, desbordaba simpatía por la forma tan serena en que resolvía las cosas. Aunque algunas veces si me daba flojera su sopor. 

Joe Ching’ani venía de Malawi. Joe es un tipo dedicado. Hizo una presentación de su experiencia de trabajo en la ciudad en donde vive, Lilogwe. Hasto hoy es el único que mantiene contacto con todos los del grupo porque nos envía recortes periodísticos del resultado de su actividad profesional. Joe es un ejemplo de empleado.

Bekure Ketema Gebremarian es un consultor de una agencia de gobierno de Etiopía. Él vive en Addis Ababa, la capital. Tiene un carácter muy accesible y es el hombre fiesta. Ya lo imaginaba haciendo la danza zulú con su vara saltando alto, alto. Aunque él me decía que en realidad ésta danza es más bien del sur de África. – ¡Gulp!

Matthew W. Parker. Es un un inglés y compañero de parranda. Siempre estaba dispuesto a ir al Gin Box Pub a tomar una cerveza, jugar billar o simplemente cenar. Con Matt no solo pasé buenas borracheras sino que por él me solté un poco más a hablar el idioma inglés.

Tenía mucha paciencia por tratar de entender mi idioma, y era recíproco; yo le tenía mucho aguante con su patético español. Le enseñé a decir muchas palabras, pero solo aprendió a decir “puta madre”, “uh, que la chingada” y “órale” pero creo que nos entendíamos bien después de unos cuantos tragos.

Una noche en el Carnivore Matt y yo organizamos a todo el grupo para probar la bebida del lugar que se llama Dawa. Es una bebida preparada con vodka, miel y jugo de lima. No sé si es peor ésta combinación que un simple mezcal de Oaxaca, pero hicimos bailar a medio restaurante con los efectos del Dawa. 

Matt y yo terminamos tan mal que al final de la noche ya hablábamos del sistema parlamentario inglés y de la influencia de la realeza en las decisiones de gobierno.

Otras veces, nos quedábamos de ver en el Gin Box Pub para tomar una Windhoek, una cerveza de Namibia. Cuando le dije a Matt – hey, vamos a tomar una pinta de Namibia – Matt me cuestionaba que como sabía que era de Namibia, – simple –, le decía que la capital de Namibia es Windhoek y por tanto la cerveza es de ahí. – si no me crees, por favor lee la etiqueta y encontrarás el origen de la cerveza – Yo no tenía la certeza de que así fuera, pero para su sorpresa leyó: “Product of Namibia”.

La siguiente pregunta fue: ¿Y cómo es que sabes la capital de Namibia? ¿Te sabes las capitales de África? No todas – le comenté, pero sí la mayoría. – Pregúntame si quieres – Y las tres que me preguntó se las contesté. Así que cuando llegabámos a la barra del Gin Box Pub exigía al barman al más puro estilo inglés: – Please, two beers of Namibia – El barman lo veía con una expresión de – “y este tipo qué quiere”- Matt me señalaba y me preguntaba cuál era la capital de Namibia. Yo le contestaba al barman seguro de mí: – “oh, ok, two Windhoek, please” – Sin excepción el barman me observaba pasmado, pero al cabo de unos segundos, entendía lo que queríamos.

Jehad A. Jehad es de Tanzania y él vive en la capital: Dar es Salaam. Jehad es el clásico ejecutivo de alto nivel. Serio y concentrado en su trabajo. De Uganda conocí a Peter W. Ssebanakitta. Una agradable persona que vive en la capital, Kampala. Nos hizo pasar momentos agradables con sus ocurrencias. Es como el tío que malacostumbra a sus sobrinos y que por eso siempre lo buscan.

El “Bad Boy”, así apodé a Primitivo Cal de Filipinas, porque es el clásico ingeniero que todo se toma a broma porque de verdad tenía un alto sentido del humor. Era un humor negro pero fino. Lo apodé el Bad Boy porque al afirmar que cuando era estudiante se la pasaba molestando a todos los compañeros de clase. Con una carcajada lo aceptó. Aunque después el apodo una guatemalteca me lo quería implantar a mí. Así que al final de la visita ya no sabía nadie quien era realmente el Bad Boy, si Primitivo o yo.

La guatemalteca es una persona con el buen humor por delante. Dice que los guatemaltecos a pesar de estar jodidos, siempre encontrarás el buen humor en sus caras. – Es un pueblo muy chévere-, decía. Ella me puso el Bad Boy a mí porque en su país nomás no se tomaba ni una cerveza, pero decía que yo le había hecho tomar todo el alcohol que no se había ingerido en mucho tiempo. Creo que lo logré. Aunque nunca pasó de tres cervezas y dos copas de vino. 

A la guatemalteca, le agradezco que me haya recordado una frase genial de Cantinflas en su película “El Portero” cuando me contaba lo difícil que resulta conciliar intereses con un grupo de trabajo en el que la discusión se puso álgida. 

Me contaba que en medio de una discusión, de un grito detiene la reunión y advierte: – Ya está bueno, ¿vamos a hablar como damas y caballeros, o como lo que somos? – Y Discutieron como lo que eran.

Bernardine Fernz es de Malasia, vive en Londres y es sorprendente la manera tan rápida de hablar. Si Matt era pausado, Bernardine era un bólido parlante. Las primeras impresiones desde que la conocí no le entendía gran cosa, pero en una cena en el Carnivore terminamos hablando de literatura y poesía inglesa como latinoamericana al calor de los Dawa. 

Me recomendó a un autor inglés de nombre Robert Frost quien escribió un poema extraordinario acerca de las decisiones que a diario tomamos. En un primer momento, refiere Bernardine, parece que es sólo un poema sobre un bosque y dos caminos, pero cuando se lee con mayor detenimiento parece que habla sobre las decisiones y los caminos que tomamos a lo largo de nuestra vida. 

Cada decisión moldea la siguiente y las posibilidades que existen en la vida.

El poema está en inglés y no he encontrado una traducción que refleje su significado preciso, sin embargo, en Internet me topé con la que más me pareció correctamente traducida. Es de María Fernanda Celtasso. 

Al final del poema el autor decide tomar un camino que parece que no fue el correcto, pero también se presta a la interpretación de quien lo lee, por que la frase última deja entrever que el camino tomado, hizo la diferencia de lo que es ahora, quien lo escribe. Podría ser lamentable o exitoso dependiendo del estado de ánimo de quien esté leyéndolo. 

El poema es:

El camino no elegido

Robert Frost

(Traducción: María Fernanda Celtasso)

Dos caminos se bifurcan en un bosque amarillo,

y apenado por no poder tomar los dos,

siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie.

Mirando uno de ellos tan lejos como pude,

hasta donde se perdía en la espesura;

tomé el otro, imparcialmente,

y habiendo tenido quizás la elección acertada,

pues era tupido y requería uso;

aunque en cuanto a lo que vi allí

hubiera elegido cualquiera de los dos.

 

Y ambos esa mañana yacían igualmente,

¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!

Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,

dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

 

Debo estar diciendo esto con un suspiro

de aquí a la eternidad:

dos caminos se bifurcan en un bosque y yo,

yo tomé el menos transitado,

y eso hizo toda la diferencia.

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Bernardine fue quien me dio más confianza porque cuando le decía que mi inglés era malo, me contestaba – no, your english is good, my spanish is realy bad – Y después de ese momento me solté a hablar. Solo no sé si realmente me entendía. 

Sudáfrica es Soweto. Muchos dicen que esta ciudad tiene un significado africano pero en realidad es un acrónimo de South Western Township. Esta ciudad está a 24 kilómetros al sureste de Johannesburgo.

Katherine me comentó que habría organizado una visita al pueblo de Soweto y a algunos parques nacionales para ver la fauna. Pero de Soweto no advertí qué era lo que habría de interesante ahí. Supe después que ahí vivió Mandela por once años. Y fuimos Bernardine, la guatemalteca, John (nuestro contacto en Londres), Katherine, Matt y yo.

Siempre me gusta investigar un poco más de las ciudades que suelo visitar, y a pesar de que sabía quien es Nelson Mandela, no logré dimensionar lo que para los sudafricanos significa la ciudad de Soweto. Lo único que se puede ver ahí fue un museo que conmemora la muerte de cientos de estudiantes adolescentes por el gobierno “blanco” en 1976.

El museo está plagado de fotografías del día de la matanza. Las imágenes hablan tanto que sería imposible tratar de explicar lo atroz que fue el que los adolescentes, con hermanos menores en brazos, escapaban a la velocidad que podían de la metralla de los policías afrikáners. 

El museo es visitado principalmente por escuelas primarias y secundarias. Entre el río de infantes se logra notar sin dificultad pequeños peces de piel clara en medio del caudal oscuro de almas inocentes. 

Se exhiben videos en los que la policía disparaba sobre la muchedumbre y a quemarropa Y todo porque el régimen del apparheit quería implantar su idioma en todas las escuelas del país. Los estudiantes se negaron y al manifestarse, el gobierno les respondió con plomo. 

Además de visitar el museo, dimos un recorrido por el pueblo, pero Soweto es un pueblo sumido en la pobreza. Son casas interminables de cartón o lámina y sanitarios comunes con insalubres condiciones. 

Sobre una de las avenidas está la casa en donde vivió Mandela, a la que regresó después de 27 años de estar preso. No estuvo más que 11 días porque era un sinnúmero de personas que lo íban a visitar. Al final decidió mudarse al centro de Johannesburgo y posteriormente se postuló para presidente cumpliendo su mandato en 1999.

Al ir por la carretera leo un espectacular que decía –  Celebrando 100 años de lucha – Y es que en marzo de 2012 justamente el Congreso Nacional Africano, quien postuló a Nelson Mandela para presidente cumplió cien años. 

Y aunque dicen que éste es un fragmento de su discurso cuando era presidente del que no encontré registro, parece más bien que es de una autora de nombre Marianne Williamson, pero que Mandela lo supo transmitir a su pueblo:

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta. 

Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo. 

El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. 

Nacemos para hacer manifiesta la gloria del universo que está dentro de nosotros. No solamente de algunos de nosotros: está dentro de todos y cada uno. 

Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”. 

Saliendo del museo los puestos ambulantes relativamente organizados comercian  artesanías. Había zulúes y máscaras talladas en madera, tambores, tejidos, adornos para la casa. Recorro cada uno y compro un tamborcito de recuerdo, en tanto, un vendedor se me acerca decididamente dándome sus manos como suplicando comprarle algo, como perdonando a los que le hicieron daño, como deseándome buena estancia.

Con su mirada fija, triste, melancólica y agradecida me extiende su mano fría y rugosa. Le doy la mía sin pensarlo. Hace tres movimientos de mano  terminando el último en su corazón, después de ponerlas en el mío. Dijo tres palabras que sacudieron mi estar y que irremediablemente cambiaron mi forma de percibir el mundo los siguientes días. Tres palabras que me dejaron sin las mías: “peace, love and happiness”.

Por: Jaime González Montes, viajero y ciclista. Mexicano que ejerce como consultor en proyectos y desarrollos portuarios.

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Sobre el autor

Escritor y poeta mexicano, pero sobre todo, viajero.

2 comentarios

  1. Que hermoso relato pero sin dudar me quedo con tu cuento de día de reyes, y yo como la enfermera lo leo cada noche antes de la llegada de los reyes y mis hijos lo esperan con ansias. Tu amigo de siempre Gustavo olvera

    • Jaime González el

      Ese cuento lo reedité en este año por culpa de un taller literario que tomé. Aunque en esencia sigue siendo el mismo. Saludos¡¡

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