La del Riachuelo, la del Río de la Plata, la de los diques de Puerto Madero. La que es terreno pantanoso. La que contó historias portuarias y, con ellas, recibió al Viejo Mundo. Ciudad de agua, Buenos Aires vive con ella y sin ella. Ciudad que da la espalda al río, esconde un faro. Discreto, elegante y fantástico. Un faro que tiene una historia épica. Así empieza:

Inicios del siglo XX, Europa y un mal augurio.

Los protagonistas son un empresario argentino, un arquitecto italiano y un poeta universal. Barolo, Palanti y Dante.

Por aquel entonces, se creía que la destrucción del continente europeo y, en especial, de Italia, sería inminente. Las guerras eran la amenaza inconsciente de todo inmigrante europeo en tierras argentinas y Luis Barolo – productor italiano ubicado en Buenos Aires que se dedicó a la importación de tejidos – quería evitar perder una de sus grandes reliquias: los restos de Dante Alighieri.

Así fue como Barolo convocó al arquitecto Mario Palanti, también italiano, para que entre los años 1919 y 1923 construyera un edificio en pleno barrio de Montserrat de la capital porteña. Las cenizas de Dante viajarían a Buenos Aires y se albergarían para siempre en el centro del que sería el Palacio Barolo. Un edificio con un estilo arquitectónico único difícil de encasillar, que contaba con una usina propia de abastecimiento de energía pionera para la época.

Inspirado en la La divina Comedia de Dante, varios fueron los elementos para reproducir las fases de un Infierno, un Purgatorio y un Paraíso. Serpientes, cóndores en columnas, y dragones masculinos y femeninos que representan los principios alquímicos, el mercurio y el azufre; símbolos masónicos propios de los autores del palacio; así como ascensores, bóvedas, una cúpula y un faro, junto a una aura numérica mágica, con una división numérica pensada al detalle.

Está ubicado en Avenida de Mayo, en el barrio de Monserrat, y cuando fue construido era el edificio más alto de la ciudad y de América del Sur. | Fotografía: Palacio Barolo

Está ubicado en Avenida de Mayo, en el barrio de Monserrat, y cuando fue construido era el edificio más alto de la ciudad y de América del Sur. | Fotografía: Palacio Barolo

El edificio – que se construyó con un total de veinticuatro plantas, veintidós pisos y dos subsuelos – alcanza los cien metros de altura, superando hasta casi cuatro veces la altura máxima permitida del momento, una concesión especial que fue posible gracias al alcalde Luis Cantilo en el año 1920. Con esto, se logró alcanzar el número simbólico que refiere a los cien cantos de la La divina Comedia de Dante y al total de las veintidós estrofas de sus versos.

Un baño de números que vive el éxtasis en el número Pi (3,14), el cual nace como relación pitagórica entre las divisiones del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso y que está presente en la división original del acceso al palacio mediante los ascensores.

Pero si hay un número que se repite es el nueve. En el pasaje central, el edificio tiene nueve bóvedas de acceso, tres de ellas que apuntan hacia la Avenida de Mayo -una de las vías principales del centro histórico porteño-, tres que miran hacia la calle Hipólito Yrigoyen -también en el centro-, una bóveda central que se inclina hacia la cúpula y otras dos ubicadas en las escaleras.

Tanto las bóvedas transversales como las laterales contienen citas en latín, resultando un total de catorce inscripciones que pertenecen a nueve obras distintas – desde escrituras bíblicas hasta textos de Virgilio – dando honor al número “9” que da carácter a la Divina Comedia.

“Ars, homo ádditus naturae”

El arte es el ser humano agregado a la naturaleza

“Líttera occídit, spíritus vivificat”

La letra mata, el espíritu vivifica

“Corpus ánimun tecit et détecit”

El cuerpo a veces oculta el alma, otras la revela

Palabras que resuenan como una voz de la conciencia cuando se recorre el palacio y se admira cada una de sus bóvedas, las cuales evocan al infierno. El de Dante. Un Infierno que no es un fin teológico sino el punto de origen para llegar al Paraíso. Caminar bajo todas ellas es emprender un viaje iniciático que tiene nueve pasos y nueve jerarquías infernales. Hasta que el nueve se convierte en un número cándido, redondo, sutil. Redentor.

En su parte más alta, el Palacio tiene una cúpula de noventa metros, cuyo diseño está inspirado en un templo hindú dedicado al amor y representa la unión tántrica de los protagonistas de la Divina Comedia, Dante y Beatriche. Desde ella – y diez metros más arriba – se descubre un faro giratorio, el cual consta de 300.000 bujías y representa a los nueve coros angelicales de Dante. Encima de él, encontramos la constelación de la Cruz del Sur, alineada con el eje del edificio en los primeros días de junio de cada año.

Quien visita el Barolo es acompañado por sombras, luces e interpretaciones. Y, antes de llegar al cielo, debe pasar por una prueba: la de los seis pisos, sus escaleras en formato caracol y su techo que decrece.

La estructura tiene 100 metros hasta la punta del faro, mismo número de cantos que tiene la Divina Comedia y 22 son los pisos, al igual que las estrofas de los versos de esta obra. |Fotografía: Palacio Barolo

La estructura tiene 100 metros hasta la punta del faro, mismo número de cantos que tiene la Divina Comedia y 22 son los pisos, al igual que las estrofas de los versos de esta obra. |Fotografía: Palacio Barolo

Dante en la cima de Buenos Aires

Llegar a las cimas de Buenos Aires es enredarse en lo dantesco, lo absurdo. Es soltar cualquier cálculo numérico, ya incomprensible para el intelecto humano. En su pico más alto, el palacio invita a sentarse en un círculo, recuperar el aliento y dejarse invadir por un ruido con aroma a viejo. El giro del faro se acompaña a mano y con un conjunto de cabezas que cada tres segundos deben agacharse. La escena brilla enmohecida, inquieta. Apela al pasado.

A un pasado que no cumplió con su propósito, pues a lo romántico le faltó ingenio. El faro Barolo debía unirse con el ubicado en el Palacio Salvo de Montevideo, en Uruguay, también construido por Palanti. Una bella imagen en la que las luces de dos capitales se verían dialogando a pleno río, porque ninguna de las dos ofrece mar.

Pero en imagen se quedó.

Los edificios no resultaron ser lo suficientemente altos para encontrarse, así que los focos de luz jamás viajaron juntos y los navegantes del Río de la Plata se quedaron faltos de bienvenidas.

El faro de Salvo se eliminó con el tiempo y el de Barolo quedó olvidado. Solamente a partir de los festejos del Bicentenario – que conmemoraron los 200 años de la Revolución de Mayo, a partir de la cual el país obtuvo el primer gobierno patrio – el faro porteño volvió a cobrar vida y siguió iluminando por un tiempo los 25 de cada mes en honor al 25 de Mayo, que es día patrio argentino.

Hoy, el viajero puede participar de este alumbrado en las visitas nocturnas al Palacio y escuchar el roce quejoso de un faro que sólo cumplió una parte de su misión: dar magia, pero sin poder iluminarla.

El responsable de la luz es el viajero mismo. Con su visita, se alumbra una epopeya, un Dante y una Buenos Aires que, ya de por sí, es poema épico.

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Sobre el autor

De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.

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