“No temas al otoño, si ha venido. Aunque caiga la flor, queda la rama. La rama queda para hacer el nido”. Es de Leopoldo Lugones. ¿No les parece que el otoño es romántico? ¿Nostálgico? ¿Reflexivo? Una estación del año que pacifica, que apacigua, calma y serena. Al menos es la sensación que este otoño me ha dejado y posiblemente creo, no lo había vivido igual.

Como un camino en otoño: tan pronto se barre, se vuelve a cubrir de hojas secas, decía Kafka.

Pablo Neruda decía en un poema: Hoy una mano de congoja llena el otoño el horizonte.

En llamas, en otoño incendiables, arde a veces mi corazón, puro y solo. El viento lo despierta, toca su centro y lo suspende en la luz que sonríe a nadie: ¡cuánta belleza suelta¡ Decía Octavio Paz.

Mario Benedetti: aprovechemos el otoño, antes de que el invierno no escombre, entremos a codazos en la franja del sol y admiremos a los pájaros que emigren ahora que caliente el corazón aunque sea de a ratos y de a poco pensemos y sintamos todavía con el viejo cariño que nos queda.

Madrid en otoño. |Fotografía: Pablo Acuña

Madrid en otoño. |Fotografía: Pablo Acuña

¿Ya ven? No sólo lo digo yo. El otoño tiene magia y un encanto especial, te renueva en vestir, en actitud, en humor, en pensamientos. En mayor o menor medida los efectos de la transición se dejan ver en nosotros. En mi, así ha sido. Me he cuestionado las decisiones pasadas, las decisiones que vienen. Me he permitido sentir la soledad como un autodescubrimiento entre un ambiente nostálgico. No es lo mismo cuando te cuestionas a ti mismo en verano. El sol tiene otros efectos.

A principios de otoño visité el Valle de Nuria, en Girona. Está entre los pirineos catalanes en donde se esconde el Santuario de la Virgen de Nuria, entre grandes montañas que se recorren caminando o en La Cremallera, un ferrocarril que por treinta minutos te permite perderte entre un paisaje de inmensa naturaleza multicolor que llega a los 2,000 metros de altura sobre el nivel del mar. Por si solo el paisaje es bello, pero con ese toque de romanticismo que le da el naranja, el amarillo y un poco de café, lo vuelve en una pintura, una postal, una escena de inmensa ternura natural.

Días después visité Madrid, que curiosamente lo hice hace cinco años y no me imaginé el cambio que representaría recorrerlo en otra estación. En otoño la capital de España es de otro color y otro olor; el Parque del Retiro se vuelve de colores naranjas, menos verdes, no tan amarillos, lleno de hojas por todo su suelo. Muchas de esas aún no truenan cuando las pisas, están recién caídas.  En algunos pasillos no ves el piso, sólo hojas, tupiendo el suelo, el camino.

No está sucio el parque, está renovándose, muriendo para renacer. Sus hojas son decorativas como huellas del cambio, como la evolución de esas increíbles 118 hectáreas de área verde, de jardines con paseos, lago, entradas emblemáticas, monumentos, fuentes, un palacio, y en otoño… inigualable. Lo camine por varias horas y el efecto siempre me llevaba a hacerme preguntas: ¿Esto es un parque? ¿Qué haré cuando termine en Barcelona? ¿Tijuana se pone así en otoño? Nos faltan árboles. Paraba en algún rincón, me cuestionaba, respiraba y avanzaba.

A unos treinta minutos en tren está Toledo, una ciudad imperial que alberga historia cristiana, judía y musulmana. Por si sola es interesante, histórica y multicultural. Cuando baje del tren camine hacia el casco histórico, y cualquier rincón, camino, calle o pasillo se veía invadido de las hojas de los árboles. Ni tanto sol ni tanta sombra. Caminaba sola sin importar perderme, teniendo en cuenta que no estaba perdida en Toledo, quería perderme en el otoño, en el aire fresco, en los ratos de sol, en los ratos de sombra. En una banca tomando un café, observando a los turistas, identificando a los locales, escuchando idiomas.

Ahí andaba caminando entre callejuelas, sin mapa, sin reloj, pisando las  hojas, sentándome en una banca, subiendo y bajando de trenes, comiendo donde me agarrara el hambre y en donde encontrará un buen rincón; disfrutando del otoño y de lo que conlleva su atmosfera, esa parte de nostalgia.

En este otoño pensé en los ciclos, en la representación de la caída de esas hojas, la muerte que representa la vida y la transmisión de una paz radicada en los colores. Etapas que se dan una y otra vez pero nunca con el mismo efecto, ciclos que cierran y se abren pero nunca se repiten, no son las mismas hojas, ya no vuelven. Así como las decisiones. Pensar,  no he hecho más que pensar en este otoño.

Es en esta fecha que los estadounidenses dan gracias con una cena que tiene a un pavo como protagonista, en China la octava luna llena del año representa la fiesta de la luna, y cuántas lunas no terminan siendo sólo de octubre, del otoño. En Taiwán el festival de mitad de otoño es una fiesta al romanticismo, es pues el otoño romántico y nostálgico.

¡Otoño no te acabes! porque no se ustedes, pero yo me siento más emocional; se agudizan los sentidos de la duda, la melancolía, del ayer; se concentran las inquietes entre la incertidumbre y la reflexión, entre la nostalgia y la tristeza, entre la paz y la inseguridad.

 

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Sobre el autor

Estudió comunicación en Tijuana y se especializó en periodismo de viajes en Barcelona, es editora y creadora de contenidos viajeros.

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