Brújula

Nostalgia navideña al estilo Tijuana

La Navidad la llevamos todos dentro, cada cuál según la vivió de niño. Por eso, no es lo mismo, aquí que allí, Barcelona que Tijuana

Estamos hechos de rituales; al menos, lo estoy yo en cada Navidad. Mi fiesta está muy alejada de ser una fiesta religiosa, en realidad es la celebración del día internacional de la familia Bayliss… Somos un familión. Siempre quiero hacer lo mismo cada año y, aunque cada año es distinto, para mí nunca pierde su magia. No hay nada que hacer más que permanecer juntos: desayunar, comer y cenar, y vernos las caras mientras nos reímos unos de otros.

Cuando era niña, los últimos días de noviembre eran una rogadera para que sacáramos las cajas. “¿Ya, amá?, ¿ya?”, insistía a mi madre. Las cajas guardaban todas esas cosas que solo tienen vida una vez al año, a veces quince días, pero nunca más de treinta. Me hacía feliz ver el rojo por todos lados, me hacía feliz tener una bota con mi nombre, tener árbol, decorarlo, poner las esferas con cuidado porque se rompían, colocar una canasta de nueces en el centro de mesa de la sala; me hacía feliz pensar en la cena y esperar que el reloj marcara las doce de la noche para abrir los regalos.

Navidad de Tijuana a Barcelona, y a la inversa

Cada año alguien dice: “¡En mi casa!”. Se cita a las ocho de la noche, pero es normal que sean las diez y alguien se ponga a hacer llamadas para meter presión porque no  terminan de llegar. Cada familia llega con sus cobijas, con las bolsas de los regalos y siempre con un montón de comida. ¡Parece que no habrá mañana! Como no tenemos una mesa dentro de un salón digno de la realeza británica, cenamos en tandas. Se escuchan los gritos de mi abuela o de mis tías: “¿Quién sigue? ¡Hay un lugar en la mesa!”.

Recuerdo la primera navidad en Barcelona. Todos llegaron a las ocho de la noche. Apenas y había comida en la mesa, no había más de doce sillas y todos esperaban al resto para poder comer al menos una aceituna. Nadie grita. Apenas y había regalos y se abrieron después de la cena, ¡y no eran las doce! Aquella Navidad descubrí que aquí no es común reunirse el día 24, sino el 25 por Navidad y el 26, porque en Catalunya es día de Sant Esteban. Pero sobre todo, me sorprendió la tranquilidad de la cena, como dirían en mi casa, bien light. A nadie regañaron, nadie se peleó, nadie gritó… ¡Nosotros somos un desmadre!

Cuando llegan las doce todos nos amontonamos alrededor del árbol y se van repartiendo los regalos, uno por uno. Se lee la tarjeta, se abre el regalo, se muestra el regalo para la foto, se dan las gracias… Tedioso hasta que te toca a ti abrir regalo. Podemos tardarnos dos o tres horas en el ritual de los regalos. No son los regalos, son las caras del dar y del recibir. Es el abrazo, el detalle, el tiempo que toma pensar en el primo, en la tía, en el qué le gustaría, o de qué color serán los calcetines, las pijamas o las pantuflas para cada quien.

Antes era yo, ahora son mis primos, los que encuentran sentido a desvelarse en Navidad, es como un acto de rebeldía cuando eres pequeño porque nadie te manda a dormir. ¡Son las 5 y estoy como si nada!, ¡ya va a amanecer! No, yo no voy a dormir, ni tengo sueño ni nada. Y cuando estamos en plena cena, en algún momento se habla de qué vamos a comer el día siguiente, quién irá a comprar qué para el recalentado. Navidad es dormir donde sea y vernos el 25 todos en pijamas, presumiendo, compartiendo, los regalos. Y cuando el 26 cae en fin de semana, ¡tres días de Navidad!

Este año toca Navidad en Barcelona y toca Sant Esteban. Toca ser puntual en la cena y esperar a que lleguen todos para, en vez de botanear, picar jamón serrano, patatas y aceitunas antes de cenar. No hay árbol, hay caga tió. No estarán mis tías, aquí yo soy tieta, y en vez de pavo o pozole, toca carn d’olla y sopa de galets. Toca olvidarme de la carrilla y saber que regresaré a casa a dormir. Tocan canelones, y sí, toca un poco de nostalgia navideña al estilo Tijuana.

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¡Ahorita Vengo! Eso dijo en su casa y no ha vuelto. De Tijuana en Barcelona, licenciada en comunicación con un máster en periodismo de viajes. Es editora en jefe de Viaje con Escalas y fundadora de Comunicación Co-Co.
3 Comentarios sobre esta publicación.
  • Nina
    27 diciembre 2017 at 8:20 pm
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    Me hiciste reír mucho porque sí, en efecto acá en México se come en tandas, porque las familias y los allegados son tan grandes, que en ningún lado caben todos juntos a la mesa. Nadie puede abrir un regalo hasta que el que lo está abriendo lo termine de hacer, es por turnos y nadie roba la atención a nadie. Saludos

    • Arlene Bayliss
      28 diciembre 2017 at 11:29 am
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      jaja exacto. Hasta que termina una, empieza la otra. Y así hasta que se acaban los regalos. ¡México es de familias grandes!

  • Jaime González
    10 enero 2018 at 11:01 pm
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    En la casa de mi infancia era igual. Las famosas tandas eran cuatro o cinco. Somos 12 hermanos. ¡Imagínate! El escándalo era brutal, pero a las doce o a la hora del abrazo el tiempo se paraba para decir palabras emotivas o cursis de algunos. En casa no había regalos, había solo ganas de salir después de la cena a quemar “cuetes” a romper la piñata hasta que la mañana brumosa aparecía. El recalentado era la verdadera cena, pues no había protocolos ni brindis, ni palabras cursis, ni nada. Era un “desayunote” bárbaro. Era cuando la comida tenía mejor sabor. Gracias por traerme esa bella postal a la memoria.

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