Es la capital del País, el centralismo radiante, la concentración aglomerada, el poder retumbante, el gris oscuro, el gris claro, el reloj que corre sin segundos, el sonido que aturde, el silencio que daña, el inhalar y exhalar… La Ciudad de México

Fue casi año y medio viviendo en el distrito federal, una entidad densa entre puntos de vista, diferencias, diversos humores, criterios, muchas riquezas y muchas más pobrezas, con asombro y desilusión. Moverse en esta ciudad, tiene su chiste, su astucia, su gracia, su miedo y su diversión.

El metro generó una recarga o carga de energía, un expresso doble, intenso;  es un buffet de gente que se confunde con formas de caminar, de dar un paso tras otro, un evadir personas, apresurarse o incluso correr; un vestir que tapa, cubre, pero expresa, siempre; grita, te hace enderezar la espalda; cada parada con una personalidad, como si una y otra dividiera estilos de vida: universitarios, familias, ancianos, bohemios, migrantes, comerciantes; creatividad pura ante la necesidad o la inercia, el comercio ambulante es ingenioso y novedoso; salen los estereotipos y se crean nuevos, otros se rompen.

La bicicleta, Ecobici fue la libertad, el dominio, la seguridad y el respiro; más que el respirar de todos los días, del cotidiano que no se piensa, es el respirar del que se disfruta, el que se busca extender por la paz interna, cargando sólo la respiración del pedalear, del ver la ciudad con fluidez, en movimiento.

Te mueves bajo los edificios, los cables de luz eléctrica entre árboles y palomas sobre ti, haciendo altos en cada semáforo, sintiéndote parte de las vialidades, en tu carril, entre la gran carretera, en el carril sobre Reforma, el camellón o lateral; dando paso a peatones, circulando, siendo parte del orden y desorden.

Los pies aprendiendo a ser independientes, decidían por si solos, sin riesgo a equivocarse terminarían por encontrar el camino, autosuficientes e inalcanzables, arriesgados y aventureros, fueron los aliados para perderse entre calles nuevas o viejas pero olvidadas, veloces para los retrasos y siempre dispuestos.

Caminar la ciudad es olerla de cerca, un zoom que aleja lo panorámico y te lleva al detalle, a las grietas del cuadro grande de la sala, los huecos en blanco, los vacíos oscuros, porosidad, partes ásperas y también tersas, tiernas y muy maduras; caminar la ciudad, te acerca a lo que no ves por la prisa y la velocidad, puedes detenerte en un segundo o un minuto y encontrar vidas, historias de muchos, de millones.

Los taxis por otra parte, son una forma de vida, una mafia con connotación positiva y negativa, es estar alerta, atenta, son aguerridos. Cada taxi es un personaje de una película de acción, es darle el primer sorbo al café y terminar con el resto encima, también es leer, platicar, escuchar y a veces pelear, pero también, son sorpresas humanas, empatías sociales, debates políticos, es escuchar historias al volante.

La Ciudad de México es una experiencia, no por nada, es una de las ciudades más importantes del mundo, donde habitan casi 9 millones de personas, con más de 2 millones de automóviles que crece un 6% cada año, con más de mil bicicletas de Ecobici que utilizan 18 mil personas, y al menos 100 mil taxis. Es mucho de todo y para todos.

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Sobre el autor

Estudió comunicación en Tijuana y se especializó en periodismo de viajes en Barcelona, es editora y creadora de contenidos viajeros.

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