Brújula

Montevideo en tres actos

La capital de Uruguay deja de ser un escenario para convertirse en experiencia y en expresión personal a través de la literatura

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A veces pasa: las ciudades te sueñan.

Un día, desde Guatemala, una mujer con quien has compartido un taller de escritura te escribe un mail que dice: “te he soñado alrededor de la mesa de mi abuela, que acaba de fallecer, junto a otras mujeres haciendo un círculo para escribir. En Montevideo”. Y tú le respondes que eso es un augurio y que vas para allá. 

Ocho meses después, 50 mujeres de Latinoamérica, España y Portugal se reúnen, en el antiguo salón de la abuela Chiche, para vivir tres días de reconocimiento del cuerpo, la voz y la palabra, de volver a nombrarse por encima de las categorías, de abrirse al llanto como quien llora a solas, de sanar secretos, y,  sobre todo, de crear y sostener por primera vez una red de confianza ante todos los abismos. 

De todas las caras del viaje, para mí esta es la más nueva: llevar de un lado al otro del Atlántico un propósito. Donde antes había búsqueda —una pregunta primigenia como motor, un amor incondicional a decir “no sé qué pasará mañana”—, esta vez hay una intención: hacer que suceda. 

De aquellos días en Montevideo quedan rastros: la memoria, la herida a punto de cicatrizar, un paseo por Parque Rodó y el pedaleo incansable por la costanera, un ritmo que es fácil habitar —el del mate a todas horas—, un huracán sobre el ríomar color café con leche; pero no mucho más: ni souvenirs, ni mapas, ni grandes monumentos. La ciudad se vuelve un paisaje para integrar la vivencia y no al contrario. Poco importa entonces el nombre de ninguna calle, pero sí el de cada una de las personas con quiénes hemos habitado el escenario para darle vida. También importa el largo plazo: los talleres, los encuentros, los círculos que empiezan a reunirnos alrededor de ese centro gravitacional que es la escritura. 

Montevideo: una ciudad tan chiquita que se necesitan dos llamadas para obtener el número del presidente y, al mismo tiempo, una ciudad tan comprometida con sus desaparecidos, con su fútbol, con sus jóvenes poetas. La ciudad siempre es su gente. 

 

Montevideo, Uruguay

La ciudad se vuelve un paisaje para integrar la vivencia y no al contrario. |Fotos: ©Marina Hernández

 

2

 

A veces pasa: las ciudades te hablan. 

O no, y lo que parece un desliz —conocer al escritor rumano Mircea Eliade a través de su diario y sus relatos sobre las baldas de Más Puro Verso, la librería más emblemática de la ciudad— es quizás señal de que las ciudades son la alquimia de los discursos, el caldero donde vienen a conjugarse las palabras de unos y de otros sin importar demasiado el lugar ni el tiempo que ocupan en la literatura regional. Si la ciudad no me ofreció a Benedetti, ni a Onetti, ni a Galeano —ni a Cristina Peri Rossi, ni a Circe Maia, ni a Ida Vitale, por nombrar a las que todavía están vivas— fue quizá porque sus libros me están esperando en Bucarest, en Tánger o en Barcelona. Quién sabe. Las ciudades también son puertos para las palabras, tan bastardas a veces, tan inesperadas que parece que se las esperó toda la vida. 

Y entonces lo que pasa es que un escritor —su obra, su vida, sus ideas— se convierte en una obsesión incandescente que te lleva de ciudad en ciudad, de librería en librería, buscando lo que una vez se descatalogó y nadie más se encargó de reeditar, y en algún momento por fin llega a tus manos un libro oscurecido por el tiempo, de tapas verdes y protegido por papel film y que contiene una historia de amor que fue copiada al pie de la letra de su biografía—una tiranía, un error magnífico— y entonces todo cobra sentido. 

Los mapas se escriben en muchos idiomas. Los mapas de la experiencia, quiero decir. Montevideo fue en mis lecturas la búsqueda del éxtasis del chamán, la guerra en Europa, las conversaciones con C.G. Jung, el yoga, el tantra y el camino secreto a Shambala. Dialogué con Mircea Eliade como con un compañero de viaje. Juntos recorrimos los paisajes del adentro —la mística, los diarios, la escritura— y del afuera —los palo borrachos en flor, una fuente de azulejos andaluces, una playa de viento y vacía—. 

 

Montevideo, Uruguay

Las ciudades también son puertos para las palabras |Fotos: ©Marina Hernández

 

3

 

A veces pasa: las ciudades te llaman.

Las ciudades te dicen «ven» y no queda otra opción que tomar un barco, cruzar el río de la Plata, pedirle permiso a la ciudad para habitarla una vez más y para sumergirte en la vida de sus poetas. Entonces esa ciudad en la que solo hacen falta dos llamadas para conseguir entrar en la casa de la poeta Idea Vilariño, que lo sufrió todo, lo amó y lo escribió todo en sus poemas de amor y resistencia, te vuelve a recibir y esta vez te entrega lo que nadie ha visto: libros, manuscritos, cartas, diarios, tomar el té con los que la conocieron, tocar su piano negro lacado, tocar su máquina de escribir, tocar sus plantas. 

Entonces, Montevideo deja de ser el escenario y se convierte, con el sentido que da la retrospectiva, en un dragón que dicta el significado de todo lo que se ha vivido allí: primero, el círculo para escribir la intimidad en compañía y para recordarlas a ellas, las que escribieron desde y para la ciudad tranquila, y que unas veces se fueron y otras veces se quedaron —sus trayectorias son como hilos que unen continentes—; después, los libros, que nos muestran una vez más que la lectura no tiene nunca patria y que no hay casualidad: quien busca una respuesta la obtiene, aunque aquello signifique mudar de piel, dejar de creer lo que se creyó hasta entonces y obsesionarse, tal vez, con la vida de ese otro que ya no está para contarla; y, por último, trabar una amistad duradera con la fantasmal presencia de la poeta más amada, más distante, más máscara, más visceral de todas las que vivieron para siempre en Montevideo, y entrar en la intimidad de su poesía como quien llega a su Ciudad Vieja y mira sus casas al borde un derrumbe, mirarla así por dentro a ella, a la poeta, y pensar que la ciudad puede ser ella de alguna forma terriblemente certera y precisa.

 

*Foto de portada: Descubrí Montevideo

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Periodista, escritora y viajera. Se ha especializado en crónica y ensayo sobre viajes y en escrituras del yo e imparte cursos de escritura de viajes desde Madrid.

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