Estaba en el Aeropuerto Inernacional de Guarulhos, sentado en uno de mis bares favoritos (Devassa Cervejaria) estaba leyendo algo, cuando llama mi atención un mexicano hablando en un exagerado y falso portugués con otro grupo de jóvenes, les hablaba con un amor y con una idealización de nuestras atracciones culturales.

Hablaba sobre el DF, la Riviera Maya, Jalisco, Puebla, afirmaba que México es el país más hermoso del mundo, hablaba de la hospitalidad, de la variopinta culinaria. Hablaba de la misma forma que hablaba un viejo hace cuarenta años sobre Acapulco. La misma charla en otro contexto, en otro tiempo pero las mismas cosas.

Siempre me ha gustado mi país y he tenido la fortuna de conocer bastantes lugares, y no es que no los quiera difundir, pero una cosa es difundirlo de una manera idiota, parado desde el lado más institucional y otra cosa ser veraz y si bien resaltar las cosas buenas también mencionar lo que no sirve, lo que está pútrido.

En muchas ocasiones me ha parecido iluso, tonto y ridículo solo sacar o “ensalzar” lo bueno, enarbolarse en discursos mediocres, conformistas y nefastos donde se habla del mañana será un buen día, se habla desde el resort, desde los viajes guiados, desde el turismo más express, más comodino.

Mientras sigamos repitiendo textos de pacotilla donde ponemos a México como un país turístico y de buena gente sin problemas nunca despuntaremos. Yo francamente creo que nunca despuntaremos.

Pero volviendo a Guarulhos, en un momento el paulista lo interrumpió y le preguntó por Ciudad Juárez y el simplemente lo ignoró olímpicamente le dijo que ese no era un destino popular. Y creo que esa respuesta encierra una gran, triste y férrea verdad.

Por: Mario Beltrán

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