Se arrugó bajo su poncho y se instaló para una siesta bajo la buhardilla, simulando una bajada de pestañas hasta que llegó la lluvia. Llovió como lo hizo cada una de las veintiuna tardes de aquel mes de agosto. Lluvia torrencial, lluvia tropical en una estación que ellos mismos, los lugareños de Sawla, calificaban de estación fría sin realmente serlo.

Se llamaba Somi, un hombre robusto, con cachetes hinchados. Solía acercarse a la choza al mediodía, a pleno sol. Saludaba, preguntaba por mi padre, mi madre, mi tío y tía; mis hermanos, mi abuelo y abuela. No se daba vuelta sin asegurarse de que todos, al menos diez familiares cercanos, estaban bien. Le decía que sí, aunque ninguno de ellos se encontrara en Sawla y aunque no tuviera la real certeza del estado de ninguno de ellos. Pero para él, parecía necesario.  

En Sawla, los saludos eran largos. Se encontraban bajo un sol tórrido, o en el fango de media tarde. Los lugareños se frenaban los unos a los otros para repasar parientes. A veces preguntaban por la prima, la sobrina, la recién nacida. El hermano que marchó. El saludo empezaba con una cita, la hora del día: buena mañana, buen mediodía o buena tarde. Las noches no se incluían. Las noches, en Sawla, eran terreno de nadie.

Residentes en Sawla| Fotografía: ilri.org

Residentes en Sawla| Fotografía: ilri.org

Sawla se encontraba al norte de Ghana, en plena África Subsahariana. El pueblo era una sola carretera, en línea recta, por donde circulaban los saludos, los parientes y los comercios. Los negocios eran la pura vida de Sawla, vivían desvelados, siempre a punto, pero con producto escaso. En su punto final, el camino se dividía en dos, llevando a los viajeros hacia dos extremos del país. Sawla era un lugar de paso, de cruces, de pactos.

Somi se acercó antes del fango y antes de la noche. Saludó como buen sawlino. Me contó una tristeza: un padre muerto. Pensé por quién preguntarían sus vecinos a partir de ahora en sus futuros saludos. Por quién preguntaría yo. Se sentó bajo el porche y soltó sus pestañas. Se quedó inmóvil hasta que, pasada la tormenta, se levantó, saludó con un largo adiós sin incluir al padre y se fue.

Al día siguiente, Somi apareció con una gran motocicleta. Ese día tampoco hubo protocolo, no hubo preguntas ni parientes a los que reconocer. Únicamente me invitó a llorar. Algunos de los lugareños se acercaron y me empujaron a acompañarlos. Me entregué.

El patio donde llegamos estaba colmado de mujeres, con tejidos variados que no habían perdido el color, que parecían no estar en luto. Se organizaban una al lado de la otra, cada cual sentada en un banco, atentas a un posible espectáculo de género dramático. Por fortuna, esperaban bajo un toldito improvisado a base de troncos. Miraban enfrente, sin escucharse entre sí, el foco era otro. Algunas mujeres entraban y salían de la puerta que daba al patio, la que estaba a la derecha. El interior de la habitación era un misterio. Salían al patio para gritar, forzar la lágrima. A esa misma sala entró Somi y dos compañeros varones. A mi me hicieron sentar en el banco de mujeres, a observar un desfile de lágrimas que iba transcurriendo al frente. ¿Debía llorar?, ¿debía aplaudir?, ¿debía preguntar?

Al rato, una mujer anciana me pegó en la pierna.

– Fíjate – me dijo en un inglés apropiado – Es la hermana, la hermana de Somi -.

– La hija del padre, la hija del padre de Somi. La hija del muerto – pensé.

Salió cual protagonista a dar dos vueltas al patio, con llanto descontrolado y servilletas en la mano. Abandonó el escenario y entró de nuevo a la sala. En su interior algo pasaba.

– No – me dijo el varón que me acompañó con Somi.

Era el día de la lágrima. En Sawla, el duelo duraba tres días y este era el primero. Había que vaciar todo llanto aunque no existiera, inventarlo.

Y, ¿después?

– La familia te invita – me respondió el varón.

Antes de entrar a la puerta de la derecha, la habitación, salieron todas las mujeres que había en ella. Las mujeres familia.

– Es una excepción – siguió el varón.

Giré el rostro, nadie de las mujeres sentadas y ordenadas en el banco había tenido este privilegio.

La habitación era pequeña, algo oscura, al menos a efectos de un ojo con sobre estímulo de sol. Detecté varias figuras, todas con ropa oscura. Conté hasta ocho hombres. Sólo había hombres y ellos sí debían vestir ropa opaca. Uno de ellos era Somi, sonriente, feliz. El resto eran desconocidos, algunos se parecían entre sí. El varón acompañante me tocó el hombro. El pésame, me susurró. Había que dar el pésame, uno por uno, desfilando como desfilaban los saludos.

Todos devolvían una sonrisa, bajo una luz que seguía tétrica. En cada condolencia, Somi o el varón acompañante me ponían en contexto. Es el sobrino, decía el varón. Es mi primo, añadía Somi. Perdí la cuenta del árbol genealógico, hasta llegar al gran varón, al hombre más mayor de todos los que se encontraban en la sala. Su rostro no era flaco, pero tampoco obeso. Tenía unos cachetes hinchados que me parecían familiares. Transmitía calma, optimismo, bondad.

– Mis condolencias para usted – le ofrecí mi mano.

Estaba sentado en una gran silla cubierta por una tela, elevado en un tablado. Era claro que su cargo en la familia era totalmente respetado.

– Es el padre – .

¿El padre de quien?

Somi repitió.

– Es mi padre -.

Tuve que controlar mis piernas. Estaba saludando al mismísimo muerto, pero resultaba estar vivo.

El mismo “padre”, desde su tarima, agradeció el gesto, me liberó la mano y me invitó a salir. Volví bajo el sol, que vibraba como un puñal. Escapé hacia mi choza, aguantando un par de arcadas. Había ido a dar el pésame a un muerto que no lo estaba.

Transcurrieron los tres días de lloro y de protocolo y Somi no se acercó a la choza, ni ninguno de sus parientes o compañeros. Eché en falta un saludo largo, un intento forzoso de pensar en mis parientes lejanos, imaginarlos y responder por ellos. Al cuarto día, otro amigo de Somi entró en mi patio. Venía a buscarme, decía. Empezaba el festejo, las cuatro jornadas de danza, bastones y bebidas incontables. Lo que seguía al lloro. La continuación del protocolo.

Desconfié.

Pero me pudo el curioseo.  

La celebración se instaló lejos de la casa de lloros. La fiesta había congregado a todo el pueblo, que había encontrado una oportunidad de desahogo.

– ¿Dónde está el padre de Somi? – pregunté.

– No está aquí – dijo el otro varón compañero. – No puede estar – me guiñó el ojo.

– ¿Por qué no?

Dead. He’s dead. – Exageró un gesto con sus manos, un poco incómodo-.

Me incomodé aún más.

– No es verdad, yo lo vi el primer día de lloros, en su casa, en la habitación con Somi.

Ese señor de cachetes caídos, el muerto superviviente, no estaba en la fiesta. ¿Cómo señalarlo? Simulé unos grandes cachetes con mis manos junto a mi rostro.

El varón acompañante rió y me invitó con un bastón a tocar el suelo, a golpear y ser parte de un ritual desquiciado.

– Él es el padre de Somi, porque es el tío. En Sawla los tíos también son considerados padres. El padre está muerto, pero hoy toca bailar – y me empujó dentro de un grupo de lugareños alterados.

Mientras bailaba, mi cabeza empezó a repasar todos los hombres de la salita oscura. Recordé algunos cachetes y algunas sombras.

En Sawla había un padre y muchos otros padres que lo eran por conocer al primero: el hermano, el tío, el abuelo. Se los llamaba por igual y era parte de la vida de los lugareños distinguirlos. Todos eran hijos de todos y todos eran padres de todos, de la misma manera que, en los saludos, preguntar por los parientes era como preguntar por uno mismo.

Agarré el bastón y golpeé el suelo con carácter. De lo que más me arrepentí es de no haber vuelto a aquella casa de lloros y de no haber sido más cómplice de aquella desdicha forzada.  

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Sobre el autor

De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.

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