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Los 42 kilómetros de Nueva York

Si algo le pedí a Nueva York fue romper esquemas. Un reto personal, el de una europea que vive en tierra latina. Un viaje al norte parecía una buena oportunidad para desencajar mitos. Todos, menos el de la chispa próspera, un mismo anhelo buscado por los siglos de los siglos. Hoy, a esto, lo llamo inspiración. El defecto y cualidad de todas las ciudad-monstruo.

Tarea nada fácil, la de salirse del punto de mira mundial, pues hay muchos datos que sitúan a New York City en el exponente de los logros. Su suma de rascacielos, de casi 4.500 edificios, como máxima respecto a la de otras ciudades del mapa. Su red de metro, como la más grande en longitud y número de estaciones, con 468 paradas, además de un funcionamiento de 24 horas diarias. El precio del metro cuadrado en pleno Manhattan. La City como diana para medios de creatividad comunicativa, publicidad, diseño, moda y altas tecnologías, y como hermano menor (que no más débil) de un Hollywood desbordado. Y otros datos más antiguos que corroboran su poder. Remontamos al año 1931, cuando la ciudad tuvo las agallas de levantar un edificio de 102 plantas en 410 días y lo que emergió fue el conocido Empire State Building. O nos situamos al fin de la guerra, cuando Wall Street se convirtió en icono y La Bolsa de Nueva York, en una de las dos primeras internacionales.

Ubicada entre tres ríos, se la llama Nueva York de forma rápida. Es la capital del estado que lleva su mismo nombre y, para ser correctos, deberíamos concretarla como New York City, la Ciudad de Nueva York, dicha también la City o la Gran Manzana. Se instala en la isla de Manhattan, que vive envuelta por el río Hudson y el río East, en sus laterales, y el río Harlem, en su parte norte. El primero, desemboca en el océano Atlántico y separa NYC de Nueva Jersey. El segundo río, la separa de la llamada Long Island, y el tercero, la separa del Bronx.

Un mapa variopinto de agua y urbanismo. Manhattan como el exponente de densidad. Poco territorio para mucha ambición. Y, como toda ciudad-monstruo, frenetismo. Con una moralidad muy propia del civismo estadounidense: saber vivir en un caos organizado. Lo que destaco no es la Nueva York que corre, sino el hecho de que sabe cómo hacerlo.

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Maratón de Nueva York. |Fotografía: Carmina Balaguer

El recorrido alternativo: un trazo y cinco distritos

Así fue como me recibió Nueva York el pasado mes de noviembre: corriendo. Y así decidí explorarla: haciendo lo que no siempre se puede hacer. Correr 42 kilómetros (exactamente 42.195 metros) no es algo habitual en mi training corporal, así que preferí seguir a aquellos que lo harían.

La New York City Marathon, NYC2014M, fue la maratón más fría de los últimos veinte años. Cayó en domingo y en un domingo en que la ciudad fue víctima de un fuerte viento. Helado. La Sexta Avenida, a las cinco de la mañana, parecía el escenario final de un recital de música, o de una marcha popular, mezcla de público, autobuses y euforia. Nacionalidades de 136 países salían de los hoteles o entraban en ellos, para terminar de resguardarse unos últimos minutos. Era el previo a la largada, y la hora clave para organizar a los atletas. El viento sacudió todos los preparativos o, al menos, esta fue la versión que recibimos los acompañantes de atletas, quienes nos quedamos sin largada.

Una comitiva de autobuses llevó a todos los participantes al ‘km 0’. Tres horas de espera, algunas carpas sueltas. Café caliente y galletas, sin estufas y con muchos nervios. Minutos de estiramiento. Fuera, aún de noche. Llegó la hora. El punto de partida, organizado con cuatro etapas. 50.000 corredores, de los cuales 30.000 eran varones y 20.000 mujeres, debían dar el salto. Un salto que tiene sus orígenes en un mito del año 490 a.C., cuando un soldado griego murió exhausto después de recorrer 225 km. desde Maratón hasta Esparta para anunciar la victoria de Grecia sobre Persia. Un error en la cuenta kilométrica, en la que se pensó que el soldado habría corrido 37 km., invitó a crear las maratones de 42 km. como parte del repertorio de juegos Olímpicos.

El recorrido de esta maratón partía de Staten Island y pasaba por cinco puentes, distribuidos por tres de las islas neoyorkinas. El primer puente, uno de los más duros, con un viento agreste que empujaba a todos los participantes hasta casi expulsarlos del circuito. Superados los primeros retos, el circuito cruzaba todo Brooklyn, el distrito más poblado, con unos 2,5 millones de habitantes, y que aunque tradicionalmente fue un cobijo importante para comunidades de inmigrantes como las afroamericanas o las italoamericanas, entre otras, en la actualidad es también residencia de moda para los propios estadounidenses. El recorrido presentaba este distrito de sur a norte: Dyker Heights y Bay Ridge, hasta llegar a Williamsburg, barrio de última tendencia brooklynesa, con mezcla vintage y cool, zona que nada envidia a lo más top y alternativo de la City. Casitas residenciales de piedra y escalera, propias de una arquitectura nórdica europea, junto a tiendas y cafeterías. Una unión de capricho y estética. En las calles, miles de vecinos sumados a la fiesta. Bandas de música, aplausos, gritos de ánimo y reparto de comida casera. Todo ad honorem, producto espontáneo de la multitud. Hasta aparatos de radio personales en los balcones. Lo más importante, encontrar una ubicación estratégica para seguir la animación. Era el evento del año, en la ciudad del año.

Greenpoint sería el punto final de Brooklyn. Un puente llevó a los participantes a Queens, el distrito más amplio de Nueva York y que cuenta con más espacios verdes. Un condado que fue uno de los primeros focos de colonización del municipio, por parte de los ingleses y holandeses en el siglo XVII. Hoy en día, reúne otras comunidades como la colombiana, de la más numerosa en Estados Unidos, la europea, la griega y la polaca, así como otras poblaciones como la afroamericana y la judía. Diversidad que emergió en formato de público incansable. Un nuevo puente introdujo a los corredores en Manhattan, para seguir la First Avenue y saltar hasta el Bronx, donde las bandas musicales explotarían en cantidad y carácter. El retorno a Manhattan fue por Harlem, un distrito que tomó cuerpo y fama en los años 40 a mano del jazz, y en los 70 a mano del hip hop. Un bordeo por el Central Park en el Upper East Side sería el final de la etapa. La Fifth Avenue, cortada, presentaba el fractal más elegante y conservador de la City, en valoración arquitectónica, hasta la llamada ‘finish line’, en pleno Central Park. Un territorio que, por época, presentaba las mejores de las tonalidades: hojas anaranjadas, amarillas y rojizas. Más un marrón denominador común de otros paisajes del mundo. El otoño.

Cuentan que los corredores más expertos no llegan a ver nada del recorrido de una maratón o, más bien, no logran recordarlo. Defecto de la concentración. Me apené por ellos, esos 42 kilómetros incorporaban la ecografía más intacta de la Nueva York del presente.

El viento de 2014 no jugó a favor de nadie, para los ganadores los que menos. Con un tiempo de 2:10:59 en el caso de los varones, y de 2:25:07 en el caso de las mujeres, ni se habló de récord. El resto de corredores llegarían a la ‘finish line’ a lo largo de un poco más de siete horas, de forma escalonada y aún en masa. La cantidad de participantes era incontable. La calle Central Park West, en el lado oeste del Central Park, se convertiría en el contenedor de las llegadas. Pancartas, carteles y ánimos en todos los idiomas. Los más altos, se harían destacar con sus mensajes de bienvenida: ‘lo conseguiste’. Se requería astucia para encontrarse, los que corrieron versus los que esperaron. La cantidad de corredores agotados era tal que no dejaba espacio para pararse a buscar.

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La ciudad de Nueva York. |Fotografía: Carmina Balaguer

Un anhelo y una estampa

La maratón neoyorkina se organizó por primera vez en el año 1970, con un recorrido que daba varias vueltas alrededor de Central Park, y con una participación simbólica de poco más de 120 corredores. En el año 1976 se optó por cambiar el trayecto para albergar a los más de 2000 participantes anotados, trazando un recorrido que incluía los cinco distritos de la ciudad, también llamados boroughs: Staten Island, Brooklyn, Queens, Manhattan y Bronx. Un trayecto con tramos dificultosos, por presentar pequeñas colinas y varios puentes, y que se conserva en la actualidad. La tradición invita a correrlo el primer domingo de cada mes de noviembre.

Un evento que suma a la lista de logros y popularidades de la ciudad, que tiene la difícil tarea de salirse del punto de mira mundial. Estampa que incorporó cientos de años atrás, cuando albergó la llegada de la inmigración inglesa, holandesa y afroamericana y, pues, se convirtió en capital alternativa de tierra próspera. Hoy, a este anhelo, lo llamo inspiración. El defecto y cualidad de todas las ciudad-monstruo. El mismo y la misma que invita a sus habitantes a vivirlas como público incansable.

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De Barcelona en Buenos Aires. Cubro América Latina como periodista especializada en viajes, en yoga para ESPN Yoga y en televisión para PromaxBDA. Vivo una misión: Contar el mundo y sus rostros, uniendo cuerpo y palabra.

Un comentario
  • Entre la $ y la K de Argentina |Relato · Viaje con Escalas
    28 enero 2015 at 8:01 am
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    […] de elegir, donde se podía buscar la propia felicidad’. Un modelo que también ofreció Estados Unidos. Pero la que cambió fue Argentina. Hoy, el país, codea otra crisis inflacionaria, acompañada por […]

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