Los contratiempos vividos durante el trayecto a Lisboa mitigaron el habitual nerviosismo por conocer un nuevo destino. El hecho de que estuviera centrada en encontrar un plan alternativo para llegar a la capital de Portugal, unido a la familiaridad del país vecino, hizo que tomara conciencia de mi extranjería muy lentamente.

El idioma tampoco era óbice para cumplir mi cometido, empleando una mezcla de español con palabras y frases en portugués que había aprendido antes de partir. Y me vi en una guagua, rodeada de locales que aprovechaban el horario nocturno para desplazarse de Oporto a Lisboa, llegando a mi hostal junto a la Praça da Figueira sobre las cinco y media de la mañana.

Boa noite”, le dije al recepcionista, para seguidamente añadir un “Bom dia”, dándome cuenta de mi error. Ponerme el pijama fue un engaño para mi cuerpo y mente, pues apenas les dejé dos horas de sueño. El día iba a despuntar y yo tenía otros proyectos, mucho más atractivos que quedarme en la cama. Lisboa estaba al otro lado de la ventana y yo estaba preparada para captar sus mensajes.

A Lisboa, como ocurre con otras ciudades, se le identifica con una mujer. Una mujer envejecida que debió de ser muy hermosa en sus años mozos, pues conserva un atractivo desgastado, una belleza decadente que no decepciona, más bien alimenta la nostalgia del viajero, que disfruta con la contemplación de sus azulejos desconchados, los edificios ruinosos, el sonido chirriante de sus tranvías, el olor a sardinas a la parrilla y el modo impúdico con el que se tiende la ropa sobra muchas de sus fachadas. Sin olvidar las omnipresentes obras y trabajos de reparación, que engrosan la banda sonora de la ciudad y se suman a su paisaje urbano.

Tranvía 28

El Tranvía 28 es la principal atracción de Lisboa, está en funcionamiento desde 1914 y circula por los principales barrios de la ciudad. |Fotografía: Virginia Martínez

Si hablamos de visitar la ciudad para hacer turismo, sin contratiempos ni dificultades, no es un ejemplo en Europa. Los grandes museos o monumentos a admirar no es la característica de la ciudad.  No hay una Torre Eiffel, un Atomium, una Galería Uffizi o un Museo del Prado. De ahí que la gente se agolpe en el barrio más turístico, Belém, y forme largas colas ante la Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos, para luego abarrotar la dulcería más famosa de Lisboa y saborear los sempiternos pastéis de nata, los originales.

En ese anhelo de conocer y descubrir sin que existan letreros luminosos que obliguen a detenerse, reflotó en mi memoria la primera estrofa de un poema:

Tabaquería

No soy nada
Nunca seré nada
No puedo querer ser nada
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo

Fernando Pessoa

Me dije que Lisboa era precisamente esa contradicción. Su condición de mujer recelosa le lleva a guardar muy bien sus encantos. Sólo las personas que abren su mente, encienden los sentidos, se dejan llevar y aparcan sus ansias de dominar la ciudad, pueden llegar a conocer un poco mejor su esencia. Una actitud que es inevitable poner en práctica, sobre todo, en el popular barrio de Alfama. Tratar de trazar un orden es un trabajo en balde, pues a sus callejuelas no se las puede domar. ¿Un consejo? Dejar las prisas, no marcarse una meta y mover los pies en función de lo que uno va observando y percibiendo, teniendo como referencias la Sé (catedral) en la parte baja y el Castillo de San Jorge coronando la colina homónima.

La ciudad se conoce con el cielo sobre la cabeza, caminando o utilizando el transporte público, sin necesidad de acumular muchos tickets de visitas, palpando el ritmo de vida de los lisboetas, aunque los turistas sean también protagonistas, especialmente los franceses, que han logrado que su idioma sea imprescindible en las recepciones de hoteles, restaurantes, tiendas… y, en general, en la atención al público. Hay que andar para que la ciudad te revele sus secretos, aunque sus empinadas calles la convierten en una tarea ardua. Por algo la llaman la ciudad de las siete colinas, y es literal.

Vale la pena el esfuerzo y sentir el tacto del empedrado portugués, que trasciende su carácter funcional para convertirse en obra de arte. Las irregulares piedras blancas y negras, generalmente de piedra caliza o basalto, componen diversos dibujos en aceras y plazas. Flores, formas geométricas, mosaicos, letras, números… Una tarea encomiable, realizada por los calceteiros, que se popularizó en el siglo XIX, aunque se dice que su origen se remonta a la reconstrucción de la ciudad tras el terremoto de 1755, cuando el Marqués de Pombal decidió reutilizar los escombros de las construcciones que habían sido derribadas.

La Baixa, el barrio más céntrico y comercial, fue la zona más afectada por el terremoto y la que se llevó el lavado de cara más relevante, con el trazado de calles geométricas e imprimiéndole un estilo clásico. Pero en Lisboa todavía se pueden contemplar cicatrices de la catástrofe. El elevador de Santa Justa, siempre lleno de turistas que quieren disfrutar de las vistas desde su mirador, me condujo hasta la más representativa: la iglesia do Carmo, ya en el barrio del Chiado.

Era la mayor iglesia gótica de la ciudad pero el día 1 de noviembre de 1755 quedó reducida a ruinas, y en ese estado se ha mantenido, adrede, hasta la actualidad. La sensación que tuve al entrar me recordó a la que he sentido en otras ocasiones al visitar un pueblo abandonado. En pie quedan los muros, que en su momento fueron más altos, las columnas y los arcos de las naves, que ya no sostienen bóvedas de crucería sino que son ventanas directas al azul del cielo.

El hecho de que se haya querido conservar tal y como quedó es un modo de no olvidar lo ocurrido. Decenas de miles de personas murieron aquel día de Todos los Santos, sorprendiendo a la mayoría en las iglesias, como la del Carmo. Al seísmo le siguieron un maremoto y un incendio que provocaron la destrucción de la práctica totalidad de la ciudad. Por lo que tampoco se salvó la Plaza del Comercio o Terreiro do Paço, pues, aunque pudiera parecer que el mayor espacio abierto de la ciudad sería el más seguro, gigantescas olas se abalanzaron sobre el puerto y la zona del centro, acabando con construcciones como el Palacio Real.

Día a día iba tomando más confianza con Lisboa y confirmé los aspectos que más me gustaban de la urbe. Por un lado sus miradores. Su fisonomía desigual, con tantas subidas y bajadas, es ideal para obtener distintas visiones y perspectivas de sus barrios y del río Tajo. Destacan los miradores de Portas do Sol, Santa Lucía, Graça, el Castillo de San Jorge, el mirador de San Pedro Alcántara, el elevador de Santa Justa o el mirador de Santa Catalina. ¿Mis preferidos? San Pedro Alcántara, en el Barrio Alto, por sus jardines, su aire romántico y las vistas a la Baixa y al intrincado barrio de Alfama; y el de Santa Catalina, entre Barrio Alto y Santa Catarina, ideal para contemplar el atardecer sobre el río y relajarse con música y unas cervezas. También disfruté mucho en el mirador de Cristo Rey, al otro lado del Tajo, abarcando con los ojos toda Lisboa y admirando de cerca el Puente 25 de Abril, cuyo parecido al Golden Gate te hace creer por unos instantes que estás en San Francisco.

Puente 25 de Abril

El Puente 25 de Abril recibe este nombre en recuerdo a la Revolución de los Claveles, cuando se restauró la democracia en Portugal. |Fotografía: Virginia Martínez

Cada uno de los barrios de la ciudad tiene una personalidad marcada, lo que recuerda que Lisboa no es una sola. La Baixa es la carta de presentación, comercial, turística, siempre elegante y cautivadora, con amplias plazas como Restauradores, Rossio o Figueira, y si hay que citar una calle, ésa es Rua Augusta, emblemática alfombra roja hacia la Plaza del Comercio y la orilla del Tajo, con el preámbulo de un impresionante Arco del Triunfo. También es una zona con una gran oferta de restauración, aunque los precios aquí son más altos.

La Alfama es el antiguo barrio de pescadores. El terremoto del siglo XVIII fue menos devastador con él, y de ahí que sea el más tradicional y carismático de la ciudad. Sus calles estrellas, plazuelas y casas bajas no son un decorado sino el modo de vida de sus habitantes. Si al viajero se le habían olvidado los detalles en otras zonas, aquí el adoquinado, los azulejos, los grafitis y la ropa tendida cobran gran protagonismo. Además, Alfama es la cuna del fado, como lo evidencian los numerosos locales, y la noche es el momento idóneo para escuchar esta música tan melancólica, conocida en el mundo gracias a la ya desaparecida Amália Rodrigues. Para no cansarse demasiado y vivir otra experiencia, se puede venir hasta aquí en el tranvía 28, pero una vez en el barrio, lo mejor es poner los pies en el suelo.

El Chiado supone el encuentro con la cultura y la literatura portuguesas. La prueba más palpable es el café A Brasileira, lugar de reuniones y tertulias de artistas, intelectuales y escritores, como ocurre con el Café Gijón en Madrid, el Café Greco en Roma, Le Procope en París o el Café Central en Viena. En la terraza del A Brasileira se puede ver la estatua de Fernando Pessoa, que no se cansa de posar con los turistas. Menos conocida es la que está situada junto a la casa donde nació el escritor en 1888, en el Largo de São Carlos, frente a la Ópera de Lisboa. Pero Pessoa no es el único referente literario en Chiado, la Plaza Luís de Camões homenajea al gran poeta de Portugal y otra escultura, que suele pasar desapercibida, inmortaliza al poeta Antonio Ribeiro Chiado. El barrio también está salpicado de antiguas librerías, como Sá Da Costa.

El Barrio Alto es el más bohemio, con locales alternativos, un ambiente animado en sus calles laberínticas y buenas vistas. Es también conocido por la vida nocturna que se despliega en sus pequeños pero coquetos bares. De hecho, el barrio cambia radicalmente cuando oscurece. Algunas calles imprescindibles para tomar una copa y bailar son Rua do Diario de Noticias, Rua do Norte y Rua da Atalaia.

Más alejado, Belém, además de ser el más visitado por los turistas por albergar la icónica Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos, es el barrio que encarna la Lisboa de los Grandes Descubrimientos, ya que desde aquí partieron los exploradores portugueses que tanta riqueza dieron a su patria. Sin ir más lejos, el Monasterio de los Jerónimos fue construido en el lugar donde se encontraba la iglesia en la que Vasco de Gama y sus hombres rezaron antes de comenzar su expedición. Cerca de la Torre, que sirvió para defender la ciudad, se levanta el Monumento a los Descubrimientos, encabezado por Enrique el Navegante.

¿Cómo es Lisboa?, me preguntaron a mi regreso. No es posible dar una respuesta rápida. Probé con su semejanza a una mujer de avanzada edad que aún conserva el encanto de antaño. Pero no terminaba de convencerme. ¿Una mujer con tantas personalidades? Creo que Lisboa son muchas mujeres, un grupo de vecinas que han tenido que pasar por circunstancias parecidas pero cada cual presume de su carácter y sus raíces.

 

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Sobre el autor

Nació en Logroño pero vive en Tenerife desde los ocho años. Es graduada en Periodismo con un Máster en Periodismo de Viajes. A esta española curiosa e inquieta le gusta viajar con su cámara de fotos y libreta en mano, ya sea al otro lado del mundo o a la vuelta de la esquina.

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