Brújula

The Wire en valenciano

No sé qué país veíamos desde el avión. Tal vez fuera Irán, o algún otro acabado en -stán. El paisaje me parecía precioso; no había nada. Todo eran montañas peladas y tierra seca. Veía colinas subir y colinas bajar, primero del color de la arcilla, luego de un tono que me recordaba al de un volcán. De vez en cuando se veían grupos de casitas o caminos que parecían pequeños gusanos ondulantes. Todo parecía de juguete.

“Qué bonito, ¿verdad?”, dije a la mujer inglesa que estaba sentada junto a mí. “¡Está tan vacío! ¡No hay nada!”, respondió. La miré como si de repente me estuviera hablando en otro idioma y no pudiera comprender lo que me decía. “Es una tierra estéril, no sé cómo la gente puede vivir aquí. No me extraña que se vengan para Europa. Cuando vuelas sobre Europa el paisaje es verde, allí al menos se puede cultivar algo”, insistió. Creo que no le dije nada. No sabía qué decir. Estábamos hablando de cosas totalmente distintas.

Una extraterreste en Nepal

Qué sitio de todos los que has visto en tus viajes te ha impactado más? |Fotografías: Isabel García

Me encontraba viajando de Nepal a Londres para reunirme con mi familia, y para huir de Nepal. Tanto en Katmandú como en el viaje que hice al este del país, me sentí como una extraterrestre venida de otro planeta, o mejor: como una turista rica en un país pobre lo que yo era. Me impactaron las calles sin asfaltar y el torrente de tráfico imparable. Me impactaron los perros callejeros y alguna que otra vaca urbana, el polvo, y la basura en el río, y en cualquier parte. Me dije a mí misma que era la primera vez que visitaba un país pobre y que por eso me había chocado todo tanto, pero que seguramente si volviera allí me acostumbraría y empezaría a apreciar su belleza.

Cuando volví a Valencia, la ciudad donde vivo, disfruté de nuevo de las duchas calientes y de mi cama cómoda, alegrándome de que todo me resultara reconocible. Entonces, un día sucedió algo que lo iba a cambiar. Mi madre trabaja para el juzgado, y a menudo tiene que acudir a las zonas más deprimidas de la ciudad para notificar a las personas que tiene deudas.

  • “El miércoles voy a Las Casitas Rosas, ¿quieres venir?”
  • “Vale.”

Las Casitas Rosas de Valencia

¿Qué sitio de todos los que has visto en tus viajes te ha impactado más? |Fotografías: Isabel García

Las Casitas Rosas de Valencia son tres bloques de edificios de color salmón que se encuentran en el barrio marítimo de la Malva-rosa, pegado al Cabanyal. Estas casas fueron construidas como viviendas sociales después de la riada de 1957, y aquí fue precisamente donde se instalaron los traficantes de droga en los años 80. Este barrio, que cuenta con unos 13.500 habitantes, comenzó a degradarse en esa época y a sufrir un serio abandono por parte de las autoridades de la ciudad.

“La Malvarrosa es un barrio donde siempre es lunes”, dice Pepe Barrio, que critica que ninguno de los partidos políticos que ha gobernado en Valencia ha hecho prácticamente nada por mejorar  infraestructura o los servicios de limpieza del barrio. Tampoco, por habilitar zonas ajardinadas, urbanizar sus plazas o crear una biblioteca pública. Los habitantes de la Malva-rosa llevan años organizando todo tipo de protestas para llamar la atención del ayuntamiento sobre sus necesidades, especialmente desde la Associació de Veïns Amics de la Malva, pero este barrio sigue teniendo una tasa de paro y de fracaso escolar por encima de la media y contando con bolsas de pobreza considerables.

Dos carritos de la compra yacían en el suelo, rodeados de bolsas de plástico y basura de todo tipo. Algunos de los portales de las casas no tenían puerta y mostraban la suciedad de su interior y sus buzones reventados con un exhibicionismo y desnudez brutales. Estas calles no podían ser habitadas: no había coches aparcados, ni árboles, ni comercios, ni papeleras. Esta zona de Valencia es la ausencia hecha calle. Es un lugar del que no se habla nunca y que no aparece en los medios; es lo más parecido que yo he visto a los barrios de la serie The Wire, donde venden droga y los camellos se sientan en un sofá al aire libre.

Ese día simplemente caminé por mi ciudad, pero volví a mi casa con la sensación de haber viajado a otro mundo. La pobreza que vi aquí consistía en una ausencia realmente dura, de la que pude alejarme simplemente subiendo a un autobús. Ningún país me parece ahora dueño de la miseria, sino que todos guardan auténticos agujeros como el que vi ese día, aunque no los conocemos.

Después de aquella visita, me he quedado con muchas ganas de que alguien me haga una pregunta: ¿Qué sitio de todos los que has visto en tus viajes te ha impactado más? Porque yo quiero contar que la repetición en bucle de templos y campos de té o de arroz que tengo metidos en la retina, o que la miseria extranjera que me ha dado pena y miedo, no me han impactado tanto como los pobres sin nada de nada que he visto aquí mismo, en el primer mundo que es tan verde cuando lo miras desde los aviones.

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Profesora valenciana. Ha vivido en Inglaterra y en China, y lo
que más le gusta es leer, escribir y hacer tortillas de patatas para sus
amigos extranjeros.

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