Me acuerdo de la ilusión que tenía de viajar a Jamaica, de aquella romántica idea del reggae y el fluir de la vida. Al aterrizar en Montego Bay y subirme al primer taxi, la burbuja del sueño se rompió y me estrellé con la realidad. No me duró nada. Apenas lo que me tomó llegar y salir del aeropuerto. Las primeras palabras del taxista no fueron de bienvenida, al contrario, me dejaron ver cuál sería la tónica del viaje, en seco. “Debes tener mucho cuidado, porque no es seguro que te muevas sola por aquí”.

Iba ya advertida de la percepción de inseguridad de ese país caribeño, sin embargo, que un jamaiquino me lo dijera el mismo día de mi arribo, me tomó por sorpresa. Así era como comenzaba el primero de los nueve días que planeaba estar en la isla del reggae y el azúcar. Estaba decidida a tratar de ignorar la advertencia y continuar con mi plan trazado con todo detalle; no sería la primera vez que escuchara aquel consejo, incluso me pasaba en mi propio país. Además, siendo sincera, me sentía confiada, estaba convencida que al manejarme con cautela y prudencia todo saldría irie (bien, en patois, el lenguaje local jamaiquino).

En un país en el que 90% de su población es de piel negra y el hecho que yo soy blanca como la leche, moverme entre los lugares que frecuentaban los locales y ser el centro de las miradas curiosas, fue parte de todo el viaje. Aparentemente no era común ver a una viajera fuera de los lugares turísticos, porque toda yo era un letrero de turista y eran inevitables las constantes miradas. Esta situación me llevó a un remolino de pensamientos y delirios paranoicos de posibles escenarios trágicos. ¿Debí haber hecho caso y no haber venido? ¿Qué pensó el taxista que podría pasarme? ¿Cómo se supone que debo cuidarme?

Mis sentidos estaban ya muy receptivos y se encendieron los focos amarillos cuando llegué un día antes de la noche buena a un pequeño hotel austero en Falmouth. Recuerdo que ofrecían cuartos individuales y alberca, y al momento en el que la recepcionista me llevó a la habitación, me sorprendí al ver que las ventanas que daban al interior del complejo tenían reja. Mi sexto sentido se puso otra vez en alerta. De plano lo único que me hizo sentir tranquila fue colocar la cómoda frente a la puerta de entrada para bloquearla.

Por las calles de la isla caribeña.|Fotografía: Nina Pizá

Por las calles de la isla caribeña.|Fotografía: Nina Pizá

Llegó la noche e intenté conciliar el sueño, apenas estaba en ello cuando un ruido y movimiento fuerte en la puerta principal me hizo despertar del miedo. ¡Alguien estaba tratando de entrar al cuarto! No había teléfono en la habitación para llamar a recepción y abrir la puerta para ver quién era, tampoco parecía una opción. ¿Realmente esto estaba pasando? Me quedé quieta. Opté por guardar silencio y rezar a todos los santos, las vírgenes y demás cuerpos celestiales que conocía para implorar protección. No sé si fue cuestión de segundos o minutos pero incluso intenté silenciar mi respiración. De pronto pareció que los rezos surtieron efecto y no pasó nada, pero tampoco supe qué había sucedido y eso me asustó más. A partir de ahí cambié mi conducta, el viaje apenas comenzaba y no era una opción retroceder en el plan, me esperaban más de cinco días en la isla y no quería bajar la guardia, al contrario, pero tenía que adecuarme a la realidad.

Mi sueño había iniciado en Montego Bay y la idea era darle la vuelta o al menos llegar al otro extremo de la isla, a Kingston, la capital. Poco a poco me dejé llevar y me enfocaba en dónde comer, dónde dormir y seguir. Así transcurrieron los siguientes días y lentamente avanzaba según el plan, pero también, poco a poco me percataba que sería imposible cumplir la misión, aprovechar las noches para recorrer kilómetros y despertar en otra ciudad, no era una opción. Aun así, no perdía el optimismo.

Jamaica ofrece playas de ensueño. Está ubicada en pleno caribe  y es la tercera isla más grande de la zona con casi 11 mil kilómetros cuadrados de superficie. Las carreteras más importantes corren a la par de las cristalinas y cálidas aguas de playas blancas y palmeras borrachas de sol. Sin embargo, me sentía como si éstas fueran parte de un póster publicitario colocado en una agencia de viajes y yo estuviera en la sala de espera sentada frente a él, contemplándolo solamente.

Durante los traslados en taxi a lo largo de la carretera, sólo tenía ojos para esas playas hermosas que pasaban junto a mí y que me invitaban a saltar de la camioneta, dejarlo todo atrás y zambullirme en sus aguas. Pero esto también quedó fuera del plan. No me atreví a meterme a ninguna de las cientos de playas solitarias que están junto a la carretera porque el miedo fue más grande que yo. “Me podía pasar algo estando yo sola en bikini sin nadie a mí alrededor”, me dijeron en más de una ocasión los locales con los que crucé palabra. Preferí darles el beneficio de la duda.

Jamaica - Nina Piza 7

Las camionetas que funcionaban como transporte colectivo. |Fotografía: Nina Pizá

“Me fui de Jamaica sin bañarme en sus playas”

Continuaba mi viaje y al igual mi paranoia crecía. Había dejado atrás Montego Bay, Falmouth, Runaway Bay, St. Ann´s Bay, Ocho Ríos y ya estaba en Port Antonio, casi a la mitad de la isla. En uno de los tantos trayectos a bordo de unas de las camionetas taxi, iba sentada hasta atrás en el extremo izquierdo, y recuerdo que mi presencia se hacía notar, todos me miraban y lo hacían una y otra vez, cada vez que alguien subía o alguien bajaba, me veían. Era una situación muy incómoda.

El viaje en el taxi era otro viaje en sí. El conductor durante el recorrido, subía y bajaba pasajeros en el vehículo que tenía capacidad máxima para ocho personas y en el que viajábamos quince; colocando tablas entre los sillones aprovechaba todo el espacio posible. Yo mientras tanto, al tiempo que abrazaba mi mochila con la que viajaba como compañera fiel,  me perdía viendo por la ventana el paisaje selvático y pintoresco puesto que sería tal vez la última ocasión en que estuviera ahí. Soñaba despierta con esas playas de las que apenas toqué su arena y alcancé a olerlas.

En aquel regreso en taxi, tuve un momento de realidad muy extraño. Miré a mi alrededor y me di cuenta que era la única mujer en una camioneta con diez hombres. No tenía miedo pero me pregunté si debía tenerlo. Ahí estaba la turista que hablaba inglés pero no patois, el lenguaje local, que estaba incomunicada porque no llevaba celular, que estaba sola en medio de la carretera y hasta atrás de la camioneta, me sentí la víctima perfecta. En mi cabeza rondaban las vocecitas de todas aquellas personas que durante el camino, me advertían de tener cuidado por andar sola.

Sana y salva regresé a Montego Bay sin haberme metido a las playas de Jamaica. Nunca me robaron,  insultaron o acosaron, es decir, no salí lastimada de este viaje. Pero fue una jornada en donde mi plan vacacional desde el minuto uno se fue a la basura. No logré darle la vuelta a la isla, ni siquiera alcancé a llegar a la capital como lo tenía contemplado, en cambio, pasé nueve días luchando contra mis miedos para que no me paralizaran ante los constantes “consejos preventivos” de los jamaiquinos. Me fui sin haberme metido a la playa, a las playas de esa Jamaica que no conocí.

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Sobre el autor

Tijuanense, comunicóloga, periodista y viajera. Inquieta por descubrir el mundo para ver y conocer, cómo viven y piensan en el otro lado del planeta. La curiosidad y el miedo a la rutina, es la motivación que la impulsa a viajar y escribir.

2 comentarios

  1. Jaime González el

    Creo que a muchos nos ha pasado eso de que las expectativas de viaje son menores a las que esperamos, por eso somos viajeros, por eso somos pocos los que nos dejamos llevar por los azares del viaje. Y estoy seguro que aprendiste más de Jamaica que si te hubieras bañado en sus playas.

    • Claro, incluso con la experiencia que tuve Jaime, le volvería a dar otra oportunidad a Jamaica pero esta vez ya no sola, sino acompañada 😉

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