¿Qué es la elegancia? ¿Qué es la finura, la exquisitez? Solo hay que conocer París para comprenderlo. No se trata de usar tacones, se trata de dejarla ser protagonista, de hacer fila como muchas y muchas que han llegado antes para acercarse cada vez más a su voz, a escuchar sus palabras, a conocer su forma de vida, de vivir el día a día. Es una mujer, no hay duda. Es una dama, lo deja claro. París me hizo sentir chiquita, ignorante, con un bolsillo pequeño y todavía, sentirme suertuda por conocerla. París usa zapato de piso, sombrero, lentes de sol y un abrigo. París es refinada, es francesa.

A París no le importa cualquiera, es París. Muchos son los que deambulan como cuervos, como leonas. Muchos son los que presumen de ella. Muchos son los que tienen una fotografía con ella. Muchos son los que llegan y se van. Muchos son los que regresan, los que han llegado. La eterna París es una mujer abundante, de muchos clichés a su alrededor como una gran ventaja porque los vives, son reales y,  al mismo tiempo, como una desventaja que te aleja de ella.

Si, es abierta y amigable, es romántica y encantadora pero solo puedes verla a la distancia. Me faltó tiempo para seguir esperando en la fila, para visitar más allá de sus rincones famosos, de sus puntos más altos, de sus jardines. De sus grandes avenidas, de sus históricos cementerios, de sus pequeños cafés y librerías. Además, me faltó francés, París no tiene interés de hablar español o inglés aunque los comprenda, ella es francesa;  tampoco le importa si tu visita es de tres días, tres meses o tres años, son muchos los que quieren algo. No sé cuánto tiempo sea suficiente para estar a menos distancia de París, posiblemente sea cuestión de suerte pero ella te exige tiempo, paciencia, quietud…. o todo lo contrario.

Crepería francesa. Foto: Arlene Bayliss

Menú de una crepería parisina. Foto: Arlene Bayliss

Es mi segundo viaje a esta ciudad y me siento igual de idiota que la primera vez admirándola. Todo volvió a sorprenderme. Pisar las calles que hace más de cinco años pisé, me recordaron que aquella ocasión también me cuestioné su personalidad; admito que es difícil apartar esas imágenes construidas que surgen de la ignorancia, de la superficialidad de lo que vemos, que hemos escuchado y hemos construido. París y yo somos tan incomparables que no encontré el punto de empatía, es decir, solo la escuché, la caminé, la miré y admiré pero no pude hablarle, no le hice preguntas, no me escuchó, igual que aquel primer viaje.

Las hojas del libro de historia de París, están atiborradas de inicios y tendencias. Me pregunté y me respondí ¿Por qué resulta tan admirable? También cuestioné sus caras y actitudes. ¿Cómo se vive aquí? ¿Dónde está mi versión francesa? Decía Fréderic Chopin que “París responde a todo lo que el corazón desea. Uno puede divertirse, aburrirse, reír, llorar o hacer lo que se le antoje sin llamar la atención, puesto que miles de personas hacen otro tanto… Y cada uno como quiere”.

En un intento de contextualizar mi acercamiento a París, hice un paseo por algunos de sus barrios en autobús, sin bajarme. Horas por las calles de la metrópoli entre los distritos que me parecían miniaturas, con algunos grises, sombras y caminos llenos de pinceladas de color, de chispas; entre destellos de modernidad en una muy antigua urbe. Empecé un recorrido por la plaza de la Madeleine, pasando por la Avenida de L`Opèra, donde está el teatro nacional de Francia La Comédie-Française, pasé por el famoso museo Du Louvre, recorrí uno de sus laterales acompañada del vecino que representa el corazón de la ciudad, el río Sena; me asombré con el movimiento que gira entorno a la Catedral de Notre Dame, pasé por la plaza Saint-Michel por el barrio Latino; por el Museo Orsay, que expone obras de Vincent van Gogh, Claude Monet y Cézanne; por la plaza de la Concorde y, la gran Avenida Des Champs Elysèes, la consentida de París. Así me encontré con el Arc de triomphe de l’Étoile para luego tomar la Avenida Kléber, otra de las grandes arterias de París que me llevó a la plaza du Trocadéro para entonces, llegar a los pies de la gran dama de la ciudad, la perla de Francia, La Torre Eiffel y las grandes áreas verdes del Parque Du Champ de Mars. ¡Que elegancia!

¿Diversidad? Que surrealista es la vida del metro. Un acercamiento a París que incluso un sábado al medio día demostró que no reduce su intensidad, son muchas y largas las vías por las que circula su energía, en todas sus capas. Subí y bajé escaleras, caminé túneles, recovecos y largos pasillos; entré y bajé y  me pareció una ciudad propia.  Es un metro viejo, no siempre pulcro, con servicios, productos y comida a la venta, música, orden y desorden; grafiti, murales, anuncios publicitarios anticuados, espacios amplios y pequeños, caminos seguros y otros de miedo. Los colores de piel están bien representados en un solo vagón del metro. La moda, los estilos del vestir desfilan por los escalones y corredores. No estoy segura de las horas picos, todas me lo parecieron.

Por las calles del barrio de los pintores, Montmartre. Foto: Arlene Bayliss

Por las calles del barrio de los pintores, Montmartre. Foto: Arlene Bayliss

París necesita que te esfuerces para acercarte a ella, hay que caminarla, andar y fluir por sus calles. Es necesario asomarse por las ventanas, mirar tras la puerta antes de cerrar, intentar escuchar lo que hablan los vecinos; identificar los barrios claros, los barrios oscuros, los ostentosos, los sencillos. Caminar con ella es recorrer también las cicatrices de sus heridas, las arrugas del paso del tiempo, las secuelas de las sonrisas y las lágrimas, las manchas de sangre y los sacrificios. Caminar con ella es descubrir las huellas de su libertad, los colores de su bandera, los olores de su comida callejera, los ruidos de sus callejones. Caminar por debajo del río Sena te deja ver a una París más romántica e íntima, relajada, en soledad, con pequeños aislamientos. Hay que caminar mucho para acercarte a París, pero no sé cuánto es mucho, yo me quedé aún lejos.

Lejos estuve de estar más cerca. No es una ciudad para unos cuantos días, hay que conocerla despacio para romper la burbuja de ciudad mundial, romántica y encantadora, clásica y eterna. Hace falta dar unos cuantos pasos más para llegar y hablar con su gente, alejarse de la multitud, mezclarse con ella y sentir el ritmo de andar. Regresé de París confundida, con deseos de más tiempo, de volver. Sí, París usa zapatos de piso, solo así podrías recorrerla.

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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.

5 comentarios

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  2. Me gusto mucho tu relato. Diferente, bonito y seductor. Me hizo pensar, que, quizás, yo tampoco me acercaré a ella. Paris es un viaje en mi mente, me falta dinero para ir hasta allá. Siempre se escucha que todo es muy caro. He de esperar mi momento llegar. 🙂

  3. ¡París e historias de metro en uno! Me encanta 😀
    Viví allí un año. Tengo tantos recuerdos e imágenes… que todavía no he sido capaz de escribir ni mostrar nada. No sé si miedo o añoranza.

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