Relatos

Rambla, 91, La Boquería

“Próxima parada: Liceu”. La locución automática de la línea 3 del metro indica que ya casi he llegado a mi destino. Tras el bip machacón de las puertas al abrirse, unas cincuenta personas salimos del subterráneo en busca de la luz de La Rambla. Cientos de foráneos suben y bajan sin cesar por la arteria más turística de Barcelona y, con dificultad, reanudo la marcha hasta llegar a la altura del número 91.

Un arco modernista de hierro decorado con vidrio azul y círculos amarillos enmarca la entrada de  La Boquería. Hay mucha gente agolpada en la entrada, decenas de personas se paran a contemplar embelesadas el acceso principal del mercado. Todavía no he entrado al mercado más grande de Cataluña y de primeras lo que más me llama la atención es la gente. Sorprende ver tanta variedad de colores en ropajes de viajeros de todo el mundo y en los vasos y bandejas que llevan con zumos y frutas. Ya dentro sigo mirando al gentío: los que entran, los que salen, los que solo vienen a mirar, los que fotografían, sobre todo los que vienen a comprar… La muchedumbre de la calle central es una mezcla al ochenta por ciento de visitantes extranjeros que pasean con la boca abierta, por el asombro y por el hambre, y un veinte restante de clientes locales que hacen sus compras diarias. Conforme más me alejo de la entrada principal, el porcentaje de turistas y locales parece que se invierte, aunque sigue habiendo mucho visitante en los bares que hay dentro del mercado. En cualquier caso, la presencia del viajante es descomunal.

Como muchos de estos turistas, durante cerca de una hora me dedico a pasear entre sus más de trescientas paradas. Mirar y oler, buen pasatiempo; porque tocar, no se debe, y el saborear lo dejaré para cuando se acerque la hora de almorzar. Carnes, pescados, especias, frutas, verduras, encurtidos, frutos secos, dulces, panes… la oferta es vasta. Aquí hay materia prima como para satisfacer la gastronomía de muchos y diferentes países. Dicen que si aquí no encuentras la fruta o la verdura que estás buscando no la encontrarás en ninguna otra parte de Cataluña.

El pasillo principal del mercado más importante de la ciudad condal. |Fotografía: Beatriz Lizana

El pasillo principal del mercado más famoso de la ciudad condal. |Fotografía: Beatriz Lizana

A pesar de que hace un día de mucho sol y calor es cómodo callejear por La Boquería, se siente el aire fresco que se cuela entre las columnas jónicas de piedra que sirven de pórtico al mercado. Sin duda, un gran acierto para ventilar y dar amplitud al espacio. También ayuda la enorme estructura de hierro que se alza por encima de nuestras cabezas. Está cubierta de diseño industrial cobija las más de 300 paradas que se extienden en unos 2500 metros cuadrados de mercado. Completada hacia 1914, sustituyó al sistema de toldos que hasta entonces protegían del sol y la lluvia, desde 1874.

Hay historia más allá de la arquitectura del mercado. Muchos de los 1200 vendedores que trabajan aquí forman parte de la tercera o cuarta generación de comerciantes del mismo mercado. Me quedo un rato parada observando a una familia mientras trabaja en un puesto realmente bonito, parece enmarcado en un cuadro de pimientos rojos que cuelgan por todo el frontal. Es realmente llamativo por lo que pienso en encender la cámara para hacerle una foto pero en menos de dos minutos veo cómo le hacen al menos diez instantáneas a la dependienta desde diferentes ángulos. Desisto. Mientras me acerco a la caseta para preguntarle con ironía cuántos retratos le hacen al día, observo que hay dos señales pequeñas y discretas de prohibido hacer fotos. “¡Por lo menos cinco mil!” La señora tiene ganas de hablar, el hielo ya está roto y yo tengo tiempo y mucha curiosidad por escucharla. Me cuenta que ella lleva más de cuarenta años con el puesto pero que el gran cambio se notó a partir del año dos mil, con la última renovaron del mercado. Dice que siempre hubo turismo, sobre todo en la calle central, pero que desde que se inventaron las cámaras compactas, y sobre todo con la llegada de los móviles, no hay día que no le hagan cientos de fotos. “A mí realmente no me molesta que se acerquen y me pregunten si pueden hacer una. Yo les diré que se retiren un poquito para dejar libre el paso a los clientes. Lo que no me gusta es que lleguen, se apoyen donde les apetezca, no tengan respeto y me acribillen con los flashes”. Mientras charla conmigo va atendiendo, en inglés, a unos turistas. Me cuenta que ha aprendido el idioma por obligación, porque la mayoría de sus clientes son de fuera. “¿No vienen los locales?” le pregunto. Con cara de nostalgia me confiesa que solo vienen a por la carne y el pescado, que muchas de las paradas están claramente dirigidas a productos de consumo rápido para el foráneo.

Por los pasillos de La Boquería y su oferta gastronómica.|Fotografía: Beatriz Lizana

Por los pasillos de La Boquería y su oferta gastronómica.|Fotografía: Beatriz Lizana

Me despido de la señora de los pimientos y prosigo mi paseo por La Boquería. Empiezo a tener hambre y unos pistachos llaman mi atención. Hay muchos frutos secos en este puesto, tantos y tan variados que me cuesta decidir cuáles quiero. Un empleado que anda a pie de calle promocionando unas almendras garrapiñadas se me acerca y me ofrece. “No, gracias”. El dulce no es lo mío pero me he quedado con ganas de conocer más historias. El chico es latinoamericano y hace dos años que está en Barcelona. “Ahora no hay nadie, tiene que ver esto en agosto. Es agobiante. Aquí solo llevo un año trabajando, pero es suficiente para observar quiénes vienen y cuándo. Fíjese, ya no hay rusos”. Aunque quiere seguir hablando, ambos notamos la mirada de su jefa encima de nuestras nucas por lo que me despido para que continúe con su trabajo.

Me quedo reflexionando sobre sus últimas palabras pero el hambre me despista, “un quiche de atún y queso, por favor”, le pido al vendedor. Mientras espero a que el joven me devuelva mi comida recién calentada, se acerca una señora bajita y rubia al mostrador: “tuna and chese, please”. El chico la mira, le sonríe y le tira una bolita de papel a la cara. Ambos se ríen a carcajadas cuando ven mi cara de perplejidad. “Tranquila, soy su jefa. Tan solo le estoy tomando el pelo”. Le hago un par de preguntas para que ella tome impulso; voy pegando bocados a mi pequeño manjar y escucho con atención todo lo que la menuda mujer tiene que decir. “Bienvenidos los turistas porque gracias a ellos comemos nosotros. Estamos en el centro de Barcelona, aquí siempre ha habido turismo. Eso sí, el buen pescado y la buena fruta son caros. Los locales que se quejan de la presencia de los turistas son los mismos que hacen su compra en las grandes superficies. Si los ves por aquí, van con las manos vacías. Si no, observa los mercados de otros barrios. Están muertos, hay muchas paradas cerradas porque ya no va la gente a comprar. Mensualmente hay que pagar una serie de impuestos y últimamente hay muchos propietarios que no pueden afrontar los gastos. Por eso cierran. Aquí viene la incongruencia: aunque lo tengas cerrado, si no pagas, el ayuntamiento se quedará con la propiedad de tu puesto.” Le pregunto por la afluencia diaria de La Boquería, pero no se atreve a decirme cuántas personas pueden llegar a circular en un día cualquiera. Eso sí, siente orgullo de pertenecer a una comunidad con una gran historia y una gran vitalidad.

Le doy las gracias y me despido con la barriga llena. La experiencia de pasear por la Boquería se está convirtiendo en una gymkana cultural. ¿En dónde puedo encontrar más testimonios? Decido salir a la plaza de San José y probar suerte con algunos de los que están haciendo picnic. En el primer intento, hablo con una pareja de españoles que están comiendo algo, pero no lo han comprado dentro del mercado. – “Es que es caro, y me agobian las aglomeraciones” – dice la chica. Continúo con el juego, ¡no me puedo ir sin la opinión de un turista! Sigo buscando caras amables pero nadie me inspira confianza. Casi cuando estoy por abandonar observo a un grupo de niños de unos trece años que llevan en la mano un mapa de La Boquería. Esto me parece surrealista. Me acerco a uno de ellos para preguntarle por su profesor y en pocos segundos estoy rodeada de chiquillos. Ahora son ellos los que me preguntan a mí pues por cada pregunta que yo hago ellos me replican con cuatro. Entre risas y alboroto consigo averiguar que les han dado tiempo para ir por libre, pero tienen que hacer “deberes”, deben describir con detalle uno de los puestos: la comida que ven, la gente que pasa e incluso la sonrisa de la vendedora. Les dejo con sus juegos de espionaje y decido buscar a una familia. Rápidamente detecto a una, apuesto a que son holandeses por la dureza de las erres y las jotas en sus gargantas. Parece que son padre, madre y dos hijos, todos rubios, y comen helado. Espero un poco a que avancen y reclaman los cucuruchos, pues tampoco quiero molestarles en este momento de placer. Como he hecho durante toda la mañana, me acerco con cautela y sonrisa en rostro y pido si tienen un minuto para mí. “No, tenemos prisa”. Game over. El final de la partida confirma mis pesquisas: lo que constituye la esencia de un mercado son las personas.

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Nací en Alcalá la Real, en Jaén, España. La escritura y la fotografía son mis excusas para conocer el mundo y viajo para contar historias y cuento historias para seguir viajando.
Un comentario
  • Ríos extranjeros: La Rambla de Barcelona | Viaje con Escalas
    30 Marzo 2016 at 9:20 pm
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    […] la estructura comercial del lugar. En sus principios, La Rambla de Cataluña era conocida por su gastronomía típica y comercio local, pero a partir de la apertura internacional generada en la ciudad en 1992, durante […]

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