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La aventura, justo una idea

Hay un poema de Wislawa Szymborska titulado “Falta de atención” en el que la poeta se riñe a sí misma por haber vivido todo un día sin asombro, sin preguntarse nada. Siempre que lo leo me la imagino: no está muerta, sigue en su piso de siempre de cuando el comunismo en Polonia, muy dentro de su cotidianidad, “como si fuera lo único que tenía que hacer”, encendiendo un cigarrillo, mientras confecciona uno de esos collages a los que se había aficionado desde que le dieron el Premio Nobel.

En realidad, la imagen no hace justicia a la forma asombrosa de mirar el mundo que Wislawa Szymborska tenía; pero me sirve porque ese vivir “sin sorprenderme de nada” es tal vez lo contrario a la aventura. Pero, ¿qué es la aventura?

A responder a esa pregunta se dedica “La aventura, justo una idea” (La Línea del Horizonte). Título que recopila una serie de textos que brindan diferentes aproximaciones al estudio del concepto. Este es un libro poliédrico porque necesariamente lo debe ser: la suma de autores, las diferentes perspectivas de estudio, las distintas tradiciones, la extensa bibliografía, todos los caminos trazados, nos aseguran un rigor académico. Pero que no haya espanto: este libro es necesario.

Dice Pilar Rubio Remiro en la introducción que “la palabra aventura es hoy, en nuestras predecibles y seguras vidas, una voz reverenciada que, aun desprovista de su capacidad terrorífica o dramática, invoca un deseo de libertad y experimentación […]”.

Vayamos, pues…

Miembros de la Expedición Antártica Británica, en la cubierta del Terra Nova. |Fotografía: AFP

La aventura, justo una idea 

Estuve casi dos años viajando por Latinoamérica y al volver comencé a plantearme si el viaje había sido una aventura o no. ¿Son nuestros actuales viajes aún aventura? Cada autor de los que aparecen en “La aventura, justo una idea” me respondió a su modo. 

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“La aventura es el tiempo lleno”, dice Fernando SavaterEl tiempo de la aventura es tiempo apasionado, porque es un tiempo empleado sin justificación ni sueldo. El deseo de aventura nace “de la convicción, quizá supersticiosa, de que no estamos hechos para ver pasar el tiempo”. Ahí está la partida. La necesidad de partir: no perder más tiempo.

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Georg Simmel explica que en cierta forma la aventura nos seduce porque hace más profundamente perceptible a la vida. 

Creo que podría explicar el contenido de la mayoría de los días que pasé de viaje por Latinoamérica: al contrario, desde que volví, los días son lisos como mármol. Aquellos otros del camino se sentían todos rugosos y cálidos, o como describe George Simmel, en ellos sentí “la radicalidad que se siente como tensión de la vida misma.” 

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El ser aventurero disfruta de una temporalidad privilegiada. Es lo que explica Vladimir Jankélévitch en un texto en el que recoge las ideas de Georg Siemmel. Así es el viajero: alguien que vive fuera del orden, en el porvenir y no sólo alguien que va tachando los días del calendario. 

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¿Está gastada nuestra realidad? Rafael Argullol apunta hacia esta idea. Tal vez, anuncia, la nuestra sea una cultura de la acumulación. Y es del agobio que nace ante este orden, que algunas personas añoran el punto de fuga que es todo horizonte, e imaginan la partida. Y algunas personas parten. “¿Hacia dónde, cuando ya no hay huecos en el mapa? Posiblemente, hacia esos huecos que todavía hay en sus mapas, pero que hasta entonces habían sido incapaces de percibir”. 

Los mapas del viaje ocultan que el mundo es mucho más grande de lo que pensamos. Ahí están todos los huecos que debemos llenar aún. Casi dos años en Latinoamérica para ser consciente al volver de los vacíos que me quedaron por llenar.

Roald-Amundsen, explorador noruego que dirigió la expedición a la Antártida que por primera vez alcanzó el Polo Sur. También fue el primero en surcar el Paso del Noroeste, que unía el Atlántico con el Pacífico.

Las primeras sensaciones que identificamos con el viaje suceden en la infancia. A explicarlo se entretiene Javier Reverte. Y es muy posible que tenga razón.

Recuerdo esta imagen en el avión que volaba a Costa Rica: dos filas por delante había un niño. Miraba por la ventana. Miró por la ventana de forma ininterrumpida un buen tiempo. Nadie más miraba por la ventana. Miré por la venta, no porque no quisiera dejar a aquel niño solo en su mirar; sino porque no quería dejar huérfano al niño que una vez fui.  

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Mi estancia en Latinoamérica coincidió con un triste suceso: la muerte de dos mochileras argentinas en Montañita, Ecuador. Algunos comentarios exclamaban que qué hacían dos chicas solas viajando… En cambio nadie se exclamó por mi marcha: el viaje como si fuera algo en rigor masculino. 

Sylvain Venayre señala un testimonio filológico acerca de este prejuicio: Las novelas de aventuras (sí, como las de Jules Verne) están dirigidas a chicos y protagonizadas, por tanto, por chicos. Y el objetivo era demostrar que la aventura era propia de hombres jóvenes cumpliendo con el ritual del paso a la edad adulta, siendo ésta, edad de asentarse y hacer buena boda. 

Pero resulta, como dice Patricia Almarcegui, que para la mujer ya es momento de “que a nadie sorprenda que viaje sola, que no tema ser vejada ni ultrajada, que pueda ir a los mismo lugares que los hombres…”.
Si como explica Sylvain Venayre, “la aventura se convirtió entonces en el medio para realizarse a uno mismo, para dirigir su propio destino y para desvelar el sentido del mundo”, entonces, la aventura es viaje, y el viaje es territorio tanto para mujeres como para hombres.

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Dice David Le Breton: “Pero el viaje existe a pesar de los caminos trillados…”. Tal vez ya no en un mundo que se nos ha hecho más pequeño, pero sí en nuestro mundo interior que “no deja de ensancharse cuando no es narcisismo puro”. Y recordé: que mi viaje por Latinoamérica fue tan horizontal como vertical.

Hoy no hace falta bula papal como la que en el Renacimiento, explica Isabel Soler, garantizaba la continuidad de los peligrosos viajes marítimos, en los que lo común era encontrar la muerte, para que decidamos emprender viaje. En la actualidad los desplazamientos están exentos de vientos de fuerza diez, olas montañosas y corrientes traicioneras, por eso no hace falta bula; a cambio, el viaje hoy no nos asegura la salvación del alma.

Fotografía de uno de los barcos en los que navegó Joseph Conrad |Fotografía: Australian National Maritime Museum on The Commons

Aquellos marinos de los que habla Isabel Soler tienen más que ver con los exploradores de los que habló Joseph Conrad en un texto escrito meses antes de su muerte, que se traduce por primera vez al castellano en este libro. Aquellos fueron hombres de acción  que “portaron en su pecho la llama del fuego sagrado”.

A estos exploradores marinos, Javier Cacho suma los exploradores polares. Con Amundsen, Scott, Shackleton y otros, nació la literatura polar, un imaginario épico y bello que es hipérbole de la curiosidad innata del ser humano. Es la curiosidad lo que nos lleva a “atravesar obstáculos que parecían infranqueables”.

A su vez, Juan Pimentel trae a escena a otro tipo explorador, el ilustrado, el naturalista que busca el conocimiento fuera de su biblioteca y fuera de su laboratorio. Y Carlos Muñoz Gutiérrez, al filósofo para el que todo acto de pensar “es un acto de resistencia ante el sentido establecido, salir indemne pasa por subvertirlo, por transformarlo.”

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Ya no somos exploradores marinos ni polares ni ilustrados; tal vez, también estemos lejos de ser filósofos; pero, en cierta forma, el viaje sigue siendo un avanzar obstáculos que antes nos parecían infranqueables. Mi viaje por Latinoamérica estuvo lleno de pequeños avances. Creo que sí fue una aventura. Todo viaje es una oportunidad de aventura. Justo una idea.

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Licenciado en Filología y periodista vocacional que se divierte juntando letras para ver cómo reaccionan entre sí las palabras. Es redactor en el blog Ahora Toca Viajar y en otros medios.

2 Comentarios sobre esta publicación.
  • Isabel
    19 febrero 2017 at 11:27 am
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    ¡Hola Álex! Me ha encantado cuando dices que tus días tras volver de tu viaje son “lisos como el mármol”.. bueno, me ha encantado pero a la vez me transmite melancolía.

    Me parece muy interesante reflexionar sobre qué es la aventura y por qué unas personas sienten la necesidad de buscarla y otras no. La aventura puede ser una forma de vida, pero no es una manera de vivir habitual.

    Lo curioso es que creo que podemos sorprendernos muchísimo con costumbres, lugares y personas de nuestra propia ciudad, pero por algún motivo a mí me parece que estas sorpresas aisladas no satisfacen lo suficiente..

    Por eso creo que en la aventura no buscamos solo sorprendernos, sino sentir que estamos fuera de nuestro lugar, como si estuviéramos solos de repente, sin referencias, sin amigos ni familiares. Creo que esa soledad en realidad es libertad, una libertad que conseguimos cuando no pertenecemos a nada, y que nos permite ser cualquier persona y hacer cualquier cosa con nuestras vidas.

    Me ha gustado mucho este post, ¡un saludo!

  • Arlene Bayliss
    19 febrero 2017 at 5:11 pm
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    ¡Lisos como el mármol! 🙂

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