Mató al león de Nemea y le despojó la piel, mató a la hidra de Lerna, capturó a la cierva de Cerinea y sus numerosas cabezas, mató a los pájaros del Estínfalo y también al jabalí de Erimanto. Limpió los establos de Augías en un día, capturó al toro de Creta que expulsaba fuego por la nariz, capturó a Cerdero y lo sacó de los infiernos, capturó a las cuatro Yeguas de Diomedes que comían carne humana, robó el cinturón de Hipólita, robó el ganado del monstruoso Gerión e incluso lo mató, también robó las Manzanas del jardín de las Hespérides, manzanas de oro.  Este fue sólo el ciclo de los Doce trabajos, pero Hércules tuvo más que esto.

No son las únicas historias del legendario héroe griego, tampoco están escritas en un solo registro, están dispersas dentro de la mitología, de la leyenda que acompaña al héroe, al que luchó por tres días y tren noches en las tierras entre el Duero y el Tajo contra el gigante Gerión, formado por tres cuerpos que dejó sin cabeza, cabeza que cortó y enterró junto al mar en donde construyó sobre el túmulo una torre-faro en donde más tarde se fundó a la redonda la ciudad llamada Crunia, el nombre de su primera mujer.

Esta historia está en Galicia, en la tierra de esa pelea y en la cual Espán, su sobrino, fue nombrado señor de España y fue él quien concluyó esa torre del faro, la Torre de Hércules que comenzara su tío, y que dotó de un candil con un fuego que nunca se apagaría, con un gran espejo por el que se veían venir las naves enemigas desde una gran distancia.

Tanto la torre como la leyenda de Hércules, sobreviven desde hace más de dos mil años. El faro funciona desde el siglo I. Es el protagonista de un espacio al aire libre que es símbolo de la ciudad de A Coruña y que se extendió como la historia misma sobre las formas de su península, entre acantilados que expresan la fuerza del mar y su enfrentamiento con la tierra que sigue soportando el paso de los años.

“Consagrado a Marte Augusto. Caio Sevio Lupo, arquitecto de Aeminium (Coimbra) Lusitano en cumplimiento de una promesa”. Es sólo lo poco se sabe del origen de esta torre, un epígrafe.

Me equivoqué cuando pensé que la caminata,  que había iniciado unas horas antes, me haría terminar en una de las bancas que rodean a la torre y a la leyenda. En realidad estaba empezando el viaje al Parque Escultórico de la Torre de Hércules porque la torre que veía a lo lejos desde el Obelisco Milenium desde la otra parte de la costa, no era la meta. Lo que había recorrido era sólo una parte del camino peninsular.

Fue el principio de un espacio abierto entre el mar y la historia de la tierra que estaba pisando, un diálogo entre la contemplación, el vértigo y la naturaleza. Una puerta que une a Hércules con Galicia, con su cultura costera, su arte y expresión regional; un recordatorio de las etapas que han continuado la línea que inició en la Antigua Grecia.

Así llegué a los “Guardianes”, tres en total. No sé si me miraban a mi, al mar o a la ciudad. Eran grandes, cuadrados, fuertes y sin intenciones de moverse o inmutarse ante mi presencia, estacionados en la falda de la colina. Eran las cabezas de Gerión, haciendo frente a la consciencia del tiempo, inmóviles. Fríos. Estaban como consecuencia del despojo y después la muerte que les daría Hércules, con una flecha envenenada que atravesó esos tres cuerpos que lo convertían en un monstruoso gigante.

Después encontré una enorme “Rosa de los Vientos”, un mosaico de colores e íconos mostrando direcciones y caminos a seguir entre simbolismos y vientos, entre puntos cardinales y rumbos. Lenguaje para hombres de mar entre simbología de los pueblos celtas, de las sociedades tribales de Europa que habitaron Galicia. Un enorme círculo que representa la circunferencia del horizonte.

Seguí.

TorredeHércules13 Galicia 2013

Había una vereda para continuar el camino, y así lo hice hasta que llegó la curiosidad para intentar ignorarla y romper la ruta, buscar la existencia de otra, como perro cazador oliendo el rastro de huellas de andares, de zapatos viajeros, de curiosos y rebeldes visitantes. Estas sendas pertenecían a un mismo camino, sólo uno que cerraba la vista a mis pies, la vegetación alcanzaba mis rodillas, no veía dónde pisaba y también caí en cuenta que estaba pisando. Regresé a la vereda.

Los acantilados eran abruptos, el mar violento, es el Atlántico. Hubo un punto sobre las rocas donde el océano atemorizaba, intimidaba y sobre todo minimizaba, incluso a la Torre de Hércules, aún con sus casi cuarenta metros de altura, la hacía pequeña, mientras el mar imponente y majestuoso. Por mi cabeza pasó la imagen de una gran ola que me desequilibró al evitarla y caí, me raspe los brazos y las piernas, comencé a rasparme cada vez más y no logré detenerme y me caí al mar, las olas me sumergieron, me jalaban al fondo y empecé a ahogarme, entonces… Retrocedí.

A lo lejos veía una especie de concha, lo demasiado lejos como para no detectar de qué se trataba,  irremediablemente llegaría a ella, así que seguí en el paso a paso, en el área verde y en el caminar entre el volumen del mar y el cielo gris que me acompañó aquel día. Poco se asomó el sol, la lluvia coqueteaba y el aire era fresco,  con un cielo cerrado por las nubes.

Esa concha era un enorme molusco, un gigantesco cuerno de la abundancia, guardián de los sonidos del mar, expuesto a las vibraciones naturales de la tierra en una punta de la península. Se llama la “Caracola”. Una pieza dedicada a la libertad del aire y a la contemplación del horizonte.

TorredeHércules06 Galicia 2013

La península de A Coruña era estrecha, podría no sólo caminar sino también poder rodearla y sólo así las piezas que acompañan al océano y a las leyendas de esta tierra española, fortalecen la conexión mitológica. Las piezas que se distribuyen por este enorme parque a la orilla del mar mantienen vivo a Hércules.

Me encontré después a la Copa do Sol, el mismo Hércules se la pidió al Sol para poder cruzar el mar cada noche de oeste a este; a pocos pasos la Nave de Hércules, viendo hacia la torre, cada una con su propia historia y espacio que les permite fluir entre el parque y su energía. En ese punto me sentía satisfecha y llena de vibra griega con el recorrido.

Así llegué a los Menhires por la paz, bloques de granito con manchas de pintura roja que simbolizaban la sangre de los fusilados durante el franquismo, a pocos pasos otras doce piezas como símbolo al padre y la madre, los demás como hijos. Doce en total ubicados de tal forma que se pueden ver la Torre de Hércules, el mar y el atardecer en una burbuja energética que conecta la rueda del tiempo que gira eternamente, de forma geométrica.

Historia tras historia y llenas de historias que se conjuntaban entre sí. Como el Cementerio del Moro, un panteón pequeño que se encuentra casi al final de aquel recorrido; cerrado y con un sólo acceso que engrandece el arco de herradura. Se trata del espacio dedicado a los soldados de la religión musulmana que no quería inhumarse en los camposantos cristianos. Los cuerpos de estos soldados permanecieron aquí hasta que fueron trasladados en la década de los años sesenta al cementerio de San Amaro. A partir de este momento, el cementerio moro perdió su función, pero no se derribó. La maleza y la vegetación lo cubrieron y así permaneció olvidado hasta hace poco más de veinte años que se mejoró el entorno de la Torre y se logró recuperar.

Así nació la Casa de las Palabras, como símbolo del diálogo entre civilizaciones y como parte conjunta del Espacio Escultórico de la Torre de Hércules. El héroe mitológico que no se resiste a desaparecer, se fortalecer con el paso del minutero y aún más, se ha unido a la historia misma de España, de sus procesos; ya no se trataba sólo de un faro.

Piezas que en conjunto engrandecen a Hércules, pero sobre todo a la historia que de forma comunitaria representan. España ya es parte de Hércules y el héroe está inmerso en la cultura de la península gallega de este país contrastado de multiculturalidad. Todo, bajo el escenario más natural posible en la tierra: el mar.

Hércules murió y se inmortalizó pero nunca se ha ido de Galicia, ha sido el héroe que ha acompañado a A Coruña en sus etapas, peleas, levantamientos, establecimientos y destierros. Ha sido parte, testigo, protector e inspiración de la una península que despierta lo intangible y dudoso. Que emociona, atemoriza, comunica y navega en las olas del tiempo, del misterio y las leyendas.  No, Hércules no desapareció con aquel manto envenenado, tampoco en la hoguera, está en cada una de las piezas que integran ese faro con más de dos mil años de vida. No, no me iba a sentar en una de las bancas de la torre, como la historia misma, el camino seguía y siguió.

 

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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.

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