Por primera ocasión me toca ver el despegue a través de una cámara instalada en la cabina del avión.  Cuando levanto la nariz, el pavimento de la pista desaparece gradualmente a la velocidad del aparato, hasta cruzarse con el límite de la tierra y el cielo. Sin darme cuenta, volar se vuelve una sensación de levitar sobre las nubes, que ya son una postal aborregada en tercer plano a las alas y ventanilla del avión. El aterrizaje no fue menos intenso, pues la cámara del avión lo filma también y vuelve el vértigo de tocar tierra a gran velocidad, pues da la impresión de estamparse sin más.

Después del riguroso “Bienvenido a La Habana”, recoger equipaje y pasar aduana sin contratiempos, se arremolinan los taxistas, guías de turistas, cambistas y vendedores como hormigas en azúcar. La primera impresión visual que llamó mi atención fue el espectacular que aparece en la carretera de fondo rojo, con la investidura tradicional de Fidel y la siguiente frase: ¡Patria o muerte, venceremos!” 

En menos de una hora La Habana se dibuja como una ciudad vieja de gran colorido, encapsulada en el tiempo, olvidada en el pasado. Entre uno que otro moderno, circula la nostalgia de los carros de los 50 de colores vivos, raspados, decolorados y tras de si un velo negro expulsado por el escape. Instalado en El Vedado, comienzo a sentir los estragos de la carencia. El hotel es un edificio deteriorado. Por momentos llegué a pensar que el taxista se habría equivocado. Más de una vez le pregunté si de verdad,  – eso -, era mi hotel. Y es que el costo por noche me hizo suponer que si bien no era el más lujoso, por lo menos cómodo, limpio y decente debería estar.

Las paredes son de color rosa manchadas de humedad. Aunque el trato es afable, cada que daba un paso imaginaba lo que iría viendo. El tablero del elevador que señala los niveles estaba a punto de caerse. El número del piso, entre lo borroso por el uso y la mugre que lo circundaba logró activarse después de varios intentos. El bell boy con gran naturalidad me asegura: “no se preocupe, si no para aquí nos vamos al siguiente piso y bajamos escaleras. Siempre falla éste elevador, usted tranquilo”. La habitación daba hacia otras edificaciones poco o más estropeadas que El Vedado. Por las paredes escurría el óxido lagrimal de aires acondicionados empotrados de improviso en los pocos edificios que lo tenían. Ni decir de las camas, los resortes se hundían y rechinaban con el propio peso del cuerpo. Las puertas eran viejas con cerraduras vencidas y truco para abrir. Tuve que quedarme ahí por que ya no tenía opción de buscar otro hotel, pues la habitación ya había sido pagada de origen. Salí enseguida para buscar una casa de cambio que estaba a dos cuadras en otro hotel: El Nacional.

El Hotel Nacional es el de mayor tradición de la ciudad. Data de 1930 y me llamó la atención que la mayoría de los turistas que se hospedan ahí son personas mayores. Es un hotel con vista al Caribe y cuentan que en ese lugar arribaban los barcos piratas siglos antes de que lo construyeran.

La comida está basada en el arroz, frijoles, carne de cerdo y vegetales. Pero los “tostones” son el antojito tradicional antes de pedir el plato fuerte. Son plátanos machos fritos en aceite de maíz. Las bebidas tradicionales son la cerveza y el ron. Las dos cervezas nacionales son Bucanero y Cristal, en tanto que los rones son Havana Club con calidad de exportación y el Santiago de Cuba que solo es de consumo nacional, como extranjero, solo se puede conseguir si se viaja a Cuba.

Circulan dos monedas, los CUC que son pesos convertibles y los pesos tradicionales. Los CUC son los que usan los turistas en tanto los pesos normales son para uso de los cubanos. Un CUC es el casi el equivalente a un Euro, es decir, alrededor de 17 pesos con la variación que implica el tipo de cambio al momento de hacer la conversión. La convertibilidad a pesos cubanos es de uno a veinticinco. Sin distinción se pueden utilizar ambas monedas, pero es muy común que los turistas usen el CUC. Los servicios en general son caros, malos y escasos por decirlo de manera decorosa. Todos los negocios son propiedad del estado.

La Habana, Cuba por Gonzalo González

La Habana, Cuba. Fotografía: Gonzalo González

Un puro habanero, ron o bolsa de café tienen el mismo precio en todos lugares, salvo en las cooperativas que suelen ser más baratos, pero solo si se tiene a perspicacia de dejarse guiar por un cubano. Aunque tengo la impresión de que las cooperativas son más bien lugares clandestinos en donde se pueden conseguir precios más accesibles.

Por otro lado, el estado ha otorgado pequeñas concesiones para que las personas monten su  negocio particular, aunque son mínimos y muy controlados, con la condición que el 90% de lo que produzcan debe ser entregado al gobierno; el resto lo pueden comercializar libremente. Existen muchos pequeños negocios al amparo de esta concesión. Es solo una prueba del sentido de propiedad, cosa rara el Cuba.

La ciudad de La Habana es limpia pero muy descuidada, pues la escasez de recursos no permite su restauración a la velocidad que se desearía. Las construcciones siguen siendo en su mayoría de la época de la revolución. Muchas derruidas. Cuando uno camina por el malecón, la mayoría lucen deplorables. Tal vez una de cada diez es digna. Las pocas bardas que se procuran son en las se puede leer cosas como éstas: Este es el camino del Granma…”

Se dibuja la ruta desde Tuxpan, México a la playa de Las Coloradas en donde desembarcó Fidel Castro y sus 81 expedicionarios incluido su hermano Raúl, el Che y Camilo Cienfuegos en diciembre de 1956. Algunos cubanos piensan que la idea que se tiene del país es la desgracia que han provocado los Estados Unidos y el eterno bloqueo económico. Sin embargo acaso acarician un pedazo de libertad más allá de la nostalgia de la revolución y sus mártires. A decir de otros, Cuba se ha hecho más fuerte a raíz del bloqueo desde 1962 tras la crisis de los misiles. Que si ha podido soportar estos cincuenta y tres años de bloqueo, podrán salir adelante si se lo proponen. Yo lo creo. Los cubanos son gente muy trabajadora e inteligente.

A mi parecer, Cuba es la conjugación de añoranza, necesidad, desesperación, orgullo y melancolía, dado que los hijos de la revolución se extinguen y las nuevas generaciones ven la lucha como un suceso trascendente, que si bien les dio identidad, patria y soberanía; por otro lado juzgan que tendrá que revolucionar aunque no a través de otra lucha armada, sino a través de ideas vueltas acciones que les permita crecer económica y socialmente. Yo estoy convencido que el bloqueo es la razón principal de muchos de los males que padece ésta alegre nación.

Todas las personas con quien tuve contacto intelectual tienen profesión. Piensan que la educación es excelente en su país, sin embargo, se gana mucho más tener un bici taxi o vender maní en la Habana Vieja que ser titulado. Eso es terrible. Tampoco es diferente que en muchos países latinoamericanos Los cubanos son una gente muy culta y preparada, pero eso no se necesita para vender palomitas o ser chófer de taxi.

Hay un límite no marcado entre La Habana “común” y lo que se le conoce como la Habana Vieja que representa el atractivo turístico por excelencia. Aquí se observan los cañones utilizados en diferentes conflictos bélicos como monumentos que apuntan, enterrados, al centro de la tierra como símbolo de paz.

La Habana, Cuba por Gonzalo González

La Habana, Cuba. Fotografía: Gonzalo González

Cuba quiere la paz. La desea aun a consecuencia del propio orgullo y a veces recalcitrante que perdura en quienes vivieron y padecieron la revolución. Y no es para menos, esa lucha armada ha sido tácticamente una de las más brillantes campañas militares del siglo XX, pero el tiempo es imbatible y alcanza a todos tal vez sin excepción.

Me provoca un profundo desconsuelo que la gente se conforme con  dulces o jaboncitos como regalo. Buscan cualquier pretexto para hacerse amigos del turista con tal de tener la posibilidad de ser recibidos en alguna casa extranjera que pretenda una esperanza vaga por salir algún día de su país; o tan solo para ver el mundo de afuera y regresar a su tierra. Y no es porque quieran, es para conseguir nuevas oportunidades. Su amor por Cuba es mal correspondido. Son amantes en desgracia.

Y no importa el sistema económico de producción, en todos los países, sin excepción, está presente la miseria y desigualdad. Muchas veces me tocó ver camino a mi hotel a una persona de edad avanzada, quizás dañado de sus facultades mentales, rasgar con las puntas de sus uñas teñidas de café- tierra, las bolsas de comida sobrante de los restaurantes. No lograba distinguir si lo que comía era un pedazo de pollo o carne revuelta con tierra. Y aunque en mi propio país he visto cosas peores, ésta es una escena que me dejó perplejo. Las vacaciones no son para sufrirlas si se presencia ese tipo de cuadros.

Hay pocas cosas que hacen a los cubanos olvidarse por un momento de su realidad: el tabaco, el ron y el jolgorio. Saben divertirse. Por las noches pueblan las calles para olvidar por un momento su realidad. La Rampa, que es una calle ancha que da directo al malecón se llena de gente y existen infinidad de lugares para divertirse al puro estilo cubano, con la sonrisa de frente y el contoneo del cuerpo presto a la diversión.

Al día siguiente me levanté un poco torcido gracias a mi colchón plagado de resortes. Decidí tomar un recorrido por la ciudad en autobús e identificar los lugares más representativos y principales avenidas para  ubicarme mejor porque me interesaba caminarla después.

Antes de comenzar el recorrido, la advertencia al grupo por parte de la guía es contundente: Bienvenidos a La Habana. Antes de comenzar el recorrido, existen tres preguntas que no tendrán respuesta. La primera es en dónde vive Fidel, la segunda, cuánto es el salario en Cuba, y la tercera, cuál es la edad de la guía de turistas”.  A pesar de la advertencia solo me inquietó saber las respuestas a las dos primeras, a la guía ni quien le hiciera caso.

Después de recibir un pincelazo de la ciudad fuimos al Capitolio que se dice fue el modelo para construir el de Estados Unidos e incluso que es de mayor tamaño. La plaza de la Revolución resulta motivante cuando presencio las significativas figuras míticas del Che Guevara y Camilo Cienfuegos en los edificios aledaños. De ahí  al malecón, al puerto y hasta una exposición de osos de un artista alemán en una plaza que no recuerdo el nombre, quien se tomó la molestia de hacer una escultura osezna con motivos propios de cada país.

El real conocimiento de la ciudad es cuando la recorro a pie. Dejé atrás el autobús para quedarme en el Mercado San José, en donde están a la venta un sinnúmero de pinturas principalmente al óleo, acrílico y tinta, entre otras, pero la que más me llamó la atención fue la pintura en acuarela, técnica en la que se reflejan con mayor detalle los contrastes de la ciudad vieja y carros coloridos de los 50. Encargué a un artista un par de ellas y quedé de recogerlas dos días después. Al tercer día no solo me hizo las dos que encargué sino un desnudo a tinta, que según yo, había quedado en duda comprarla. Así que ante la satisfacción del pintor por haberlas terminado, no tuve más opción fingir haber olvidado parte del dinero en la habitación para pagarla también.

Del Mercado San José la visita obligatoria es la Bodeguita del Medio, uno de los lugares más tradicionales en Cuba, aunque también uno de los más caros, pues el nombre y la fama es lo que lo que vuelve imperdonable la visita. Lo mejor del lugar no son los tragos ni mucho menos la comida, es el decoro del lugar. Después de comer, solicitas un marcador para escribir en paredes, puertas, mesas o ventanas tu frase del recuerdo. La mía fue: Saludos de la bodeguita de al lado”.

La calle Obispo es una de las más famosas. Es en donde se ubican la mayoría de los negocios de suvenires, restaurantes, bares y comercios. Entré a uno de ellos y pedir por enésima vez un mojito. Fue suficiente con dos para enloquecer. Todo se movía sin paro. Antes, una mujer embarazada se acercó para venderme suvenires, pero atenta a mi desinterés, decide regresar a los diez minutos para regalarme unas maracas tan solo para recibir a cambio unos pesos convertibles para comprar leche y pan a sus hijos en casa. Me surgieron más preguntas sobre qué haría la mujer con el que se desarrollaba en su vientre. Tenía varios meses de embarazo. Y esos momentos de felicidad turística eran apagados por la desgracia ajena y la desigualdad que existe, no en Cuba, en el mundo.

Alterado por los mojitos, con mucha voluntad logré llegar al taxi que me llevó al Vedado, ese hotel que despreciaba. Con esfuerzo adicional abrí la puerta y caí en mi cama de resortes fulminado. Esos dos mojitos, que a mi parecer estaban adulterados, sirvieron para enclaustrarme en la habitación hasta la hora de la comida del día siguiente sin querer saber nada de nadie ni nada de todo.

Al recobrarme de la resaca, tomé un recorrido a Pinar del Río. Una provincia en las montañas a 160 kilómetros de la ciudad. Es un lugar que ofrece al turista vistas increíbles de la sierra cubana. Y aunque ahí no es el principal lugar en donde se fabrica tabaco y ron, visité a dos de ellas para hacerme de unos habanos y un ron preparado a la más pura esencia artesanal de la zona.

La Habana, Cuba por Gonzalo González

La Habana, Cuba. Fotografía: Gonzalo González

El tabaco más famoso de Cuba es el Cohíba, nombrado así porque los antiguos indígenas quienes pronunciaban de tal modo la planta del tabaco. Existen muchas más marcas como Montecristo o Romeo y Julieta, pero el más tradicional es el Cohíba.

En el trayecto a Pinar del Río, las carreteras están en muy buen estado. El tráfico apenas existe, pues la carencia de transporte público es preocupante. Tal vez por eso están en tan buenas condiciones: ¡no circula nadie! El transporte privado es poco representativo, a no ser por los carros desvencijados que se ven en la carretera asistidos por sus dueños cuando la máquina se calienta y los conductores tratan afanosamente de espantar el vapor que anuncia el inminente “desvielo” de la máquina.

El proceso de preparación de tabaco es largo. Comienza con la plantación que dura tres meses, después el secado casi otros tres y para finalizar con la envoltura manual. En seis o siete meses está listo el habanero para la venta.

Dentro de otras atracciones, la Cueva del Indio es una gruta de piedra caliza. El recorrido va de pasar por reducidos lugares y un paseo en lancha en las aguas internas de la gruta para contemplar las figuras imaginarias: la copa de champagne, el barbón, el fusil y figuras de animales que la fantasía humana es capaz de construir ante al poco o mucho asombro que pretende causar éste lugar al visitante.

A unos cuantos kilómetros el mural más grande de Cuba se exhibe en las propias laderas de las montañas, en el que está representado el origen de la vida, desde los microorganismos hasta el hombre actual pasando el mundo anfibio, los reptiles, dinosaurios y la evolución de miles de años del ser humano actual.

Cuentan que el motivo principal de su realización, fue la decisión de Fidel Castro. Cierto día que pasó por Pinar del Río le gustó tanto que lanzó al viento la siguiente frase: “Aquí deberíamos hacer un atractivo turístico”

En Pinar del Río se prepara una bebida a base ron de nombre Guayabito del Pinar. La fábrica se conforma por decenas de trabajadores que lavan, envasan, ponen etiquetas y acomodan el ron en cajas manualmente. Para el turista es curioso ser presente de tan provincial proceso, que difícilmente advierte lo pesado que debe ser para los trabajadores permanecer no se cuántas horas del día y por no sé cuantos años pegando una estampa que funge como sello y denominación de origen del producto.

Por la noche el Hotel Nacional ofrece un espectáculo musical al mero estilo cubano, baile, colorido, coreografías y vestuario. El espectáculo dura un par de horas. Suena no solo en el salón el tradicionalísimo Guantanamera, sino canciones de mambo, rumba y salsa, ritmos pegajosos con la sonrisa eterna de las cubanas al bailar. Los vestidos multicolores son mostrados y se pasean por el escenario y pasillos del lugar. La algarabía que provoca en algunos cuando se les acercan las bailarinas es tal que la euforia se transmite a su alrededor, que hace pasar un rato inolvidable. Uno sale del lugar bailando y tarareando las canciones.

Al siguiente día, decido caminar la ciudad. A dos cuadras del hotel para tomar la calle de La Infanta, me aborda un cubano, y se ofrece sin decirlo, guiarme hasta el Capitolio, mi primer lugar de interés. José Luis, o Pipo como prefiere que lo llame, tiene título de licenciado en Cultura Física. Y no se si fue casualidad pero me dio la impresión que fuera del hotel estos caza turistas aprovechan cualquier motivo para acercarse, hacer plática y al final tener la posibilidad de pedir una moneda, dulces, jabones o que les compren algo después de contar con misericordia su historia.

Es inverosímil lo que hacen los cubanos por granjearse desde la comida hasta los más insignificantes placeres. Pipo, camino al Capitolio me sugiere pasar antes al callejón de Hamel, un espacio urbano que expresa mediante distintas formas artísticas la cultura afrocubana. El Callejón de Hamel es una rara experiencia óptica de colores, formas y expresiones artísticas que la mente con dificultad intenta darle sentido.

Faltarían palabras para describir uno a uno los murales y cosas que se pueden ver ahí. Van desde tinas de baño ornamentadas y empotradas en la pared, hasta el decoro inteligente de materiales reciclados y coloridos vueltos arte lo que Salvador González, el creador, tiene para mostrar. Pero lo que más me impactó fueron las frases y la poesía que se lee en ese lugar, y solo por citar una de tantas, he aquí ésta: Soy así por que no le prendo una vela a Dios y luego otra al diablo, pero se la prendo al tiempo”.

Muchos viajeros dejan pegado en una puerta del callejón un billete o moneda de su país. Y ese collage de culturas es impresionante, porque al lado de un dólar estadounidense está un peso cubano o un dinar iraquí o un shéquel israelí o un rublo ruso. En medio de la puerta figura clavado un muñeco vudú negro y ojos rojos que parece que te está mirando. En Cuba florece mucho la santería y no falta quien ofrezca sus servicios para bien o para mal.

El Barracón de Hamel, que parece un patio de casa trasero se puede disfrutar de un “bilongo”, bebida preparada con miel, jugo de limón, aguardiente, agua mineral y hielo. Yo diría que es el antimojito, porque no en todos lugares en los que había mojito, había bilongo. Y el mareo que provoca esa pócima sí que te mueve el piso, aunque no al grado de los mojitos adulterados de los que fui víctima días atrás.

Pipo, me cuenta que tanto para el turista como para los cubanos la vida es cara, pues el sueldo mínimo mensual es de 250 pesos cubanos que equivalen a 10 dólares. Pueden llegar hasta mil pesos si se trata de un trabajo más especializado, es decir 40 dólares. Una libra de carne de cerdo cuesta 40 pesos cubanos, es decir, la cuarta parte del sueldo mínimo mensual. ¿Quién vive con ese sueldo? Se cuestiona Pipo vacilante. La pregunta pareciera que no tiene respuesta. Los cubanos sin duda la tienen.

En cuanto llegamos a la zona de la Habana Vieja, cerca del Capitolio, Pipo simplemente detiene su andar y advierte que a partir de ese punto no podía caminar a la par de un extranjero por que el Estado lo encarcela argumentando un supuesto asedio al turista. Sin embargo, comenta que los guías de turistas tratan de transmitir su realidad, pues son contratados por el gobierno y procuran que en todo momento hablen cosas buenas del país, apreciación contraria a lo que pude ver hoy.

Pipo asegura: “los guías de turistas te cuentan una verdad y tres mentiras”. Los guías de turistas y los cubanos en general venden que el país es seguro (cosa que es cierta) jamás pasó algo raro que noté atentara contra mi seguridad. Basta con levantar la mano y gritar al viento para que inmediatamente estén tres policías a tu lado para ayudarte. El Capitolio estaba en restauración por lo que no lucía como debería, así que el paso siguiente fue trasladarme en Bicitaxi al otro lado de la ciudad con rumbo a la Plaza de la Revolución.

El conductor, de nombre Julio, con mucho afán y esfuerzo circula entre Guaguas, Cocotaxis, vetustos carros y nuevos para llevarme hasta allá.  No quisiera sentirme culpable, pero ante el esfuerzo, la cadena de su bicitaxi tronó en una subida  y con un arreglo improvisado me dejó conducirlo a pocos pasos de la plaza hasta que un policía impidió seguir conduciendo y el peligro de encarcelar a Julio por dejarme cumplir tal atrevimiento.

La ciudad está plagada de frases que recuerdan y rememoran la revolución. Esta es otra: La revolución es invencible. Patria o muerte, ¡venceremos!

La Plaza de la Revolución concentra la mayoría de los ministerios y la oficina del presidente, pero eso a nadie le importa. Incluso se dice que existe un búnker subterráneo para albergar a todo el comité central por del partido comunista cubano por varios meses en caso de sufrir algún ataque nuclear. Ahí comprendí que En la plaza solo pasa por la mente hacerse la foto con la figura del Che Guevara y su inmortal frase: “Hasta la victoria, siempre” y Camilo Cienfuegos y su: “Vas bien Fidel”

La plaza revela una inquietante paz, un aire fresco y un sol quemante. Desde el Memorial a José Martí la plaza luce en un esplendor extraordinario. Desde el mismo sitio donde Fidel se dirigía al pueblo cubano con sus eternos discursos. Y después de pararme en el mismo sitio comprendí que Fidel está en todas partes.

La estatua de Martí es de un blanco brillante. Es más por la tarde cuando la caída del sol del poniente la hace relumbrar. Dentro del memorial, en cuatro salas se exhiben las frases más características de él, así como fotografías y documentos antiguos de su vida y obra. También de fotografías en blanco y negro de la plaza llena escuchando a su líder revolucionario mentar las proclamas de libertad y justicia. Un grupo de niños de primaria al ver las fotos se emocionan: ahí está, miren, ahí está Fidel. Yo lo vi primero”

El memorial es una cruz de paredes verdes y letras doradas en donde se leen innumerables máximas del Apóstol de la Patria cubana, desde su célebre: “yo soy un hombre sincero…” hasta ésta que me dejó paralizado cuando se despide de su hijo en abril de 1895 para ir a combatir por la independencia cubana:

 Hijo:

Esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en ti. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo.

Tu

José Martí

No quería dejar pasar la visita al Museo de la Revolución. En síntesis, el museo es una recopilación fotográfica y recortes de periódico alusivos al tema. No es nada espectacular si no es por la construcción y armas, sombreros, banderas del M26, botas, pantalón y la boina mítica del Che Guevara que se dice usó en Sierra Maestra. En la sala correspondiente al exilio de Fidel por la dictadura antes de la revolución, me topé con ésa gran frase que suena a preludio: Me marcho de Cuba porque me han cerrado todas las puertas de la lucha cívica. Después de seis semanas en la calle estoy conociendo más que nunca de que la dictadura tiene la intención de permanecer veinte años en el poder disfrazada de distintas formas gobernando como hasta ahora, sobre el terror y sobre el crimen, ignorando que la paciencia del pueblo tiene límite. Como martiniano pienso que ha llegado la hora de tomar derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de mendigarlos. Resistiré en un lugar del Caribe. De viajes como éste no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies”

Y después de leerlo dan ganas de tomar el fusil y sumarse a la sublevación inmediatamente. El museo se ubica en las antiguas oficinas del presidente hasta 1965. Suele causar cierta emoción para los afamados observar los 300 balazos en el patio central que disparó el ejército rebelde cuando intentaban llegar hasta la oficina del dictador Batista.

Se tiene acceso al despacho presidencial de aquel entonces, y con suerte, sentarse en la silla misma en la que despachaba el presidente. Cómo muchos edificios históricos y públicos de La Habana, están faltos de mantenimiento, limpieza y en general son sucios. Tienen su valor estimable los periódicos y pertrechos de la revolución que cuentan la historia.

Tal vez lo que más llame la atención es una caricatura de tamaño casi real que le llaman “El rincón de los cretinos”. Aparecen los presidentes de Estados Unidos ridiculizados y al ex dictador Fulgencio Batista. En otro lado del museo, están en exhibición los restos del U2, avión espía de Estados Unidos que fue derribado por los misiles ruso-cubanos en octubre del 62. El siguiente titular de periódico auguraba el conflicto: “¡Viva Cuba libre! Rompen los E.U. sus relaciones con Cuba. ¡Venceremos!”

Entre otros hechos acumulados, el del U2 casi terminó por detonar la tercera guerra mundial y la primera nuclear. Afortunadamente solo fue una crisis de trece días que el mundo entero estuvo expectante, de haberse desatado, las consecuencias hubieran sido devastadoras no solo para los países beligerantes, sino para el mundo entero.

Al finalizar la visita al museo se exhibe como el tesoro más preciado por el pueblo cubano: el Granma, embarcación que trasladó a los 82 expedicionarios desde el puerto de Tuxpan, México hasta la Playa las Coloradas en Cuba en el noreste de la isla. Recorrió cientos de kilómetros. El Granma está protegido y aclimatado. Es muy difícil apreciarlo pues tiene una malla de metal que lo protege además de la caja de vidrio que lo contiene. Cuando zarpó era buscado para detener a sus tripulantes. Un comunicado oficial presagiaba el  primero de diciembre de 1956 lo siguiente: “Disponga búsqueda…(sic) por patrulla… (sic) yate blanco 65 pies sin nombre bandera mexicana con cadena que cubre casi todo el barco. Salió Tuxpan, Veracruz, México 25 Nov…”

Al desembarcar en Las Coloradas recomenzó la historia cubana que la mayoría conocemos: las batallas incansables de un puñado de hombres, que se volvieron miles en Sierra Maestra, asediados por lo que ellos llamaban la tiranía hasta la entrada triunfante de los rebeldes en enero del 59 en La Habana.

Esta glosa de hechos acumulados recapituló una larga historia cuyo significado del viaje realizado y la ciudad recorrida, me obligan concluir que la principal atracción de La Habana es la desgracia padecida en secreto pero en acuerdo con el orgullo y nostalgia revolucionaria. La alegría se resiste a vencerse y tal vez algún día legitime ese orgullo cubano solo por el temor de no estar asidos a nada y para dejar de ser nostalgia.

Cuba es un pueblo de contradicciones que transita entre la utopía y la realidad. Con el texto que sigue, trato de explicarlo:

“Cierto día en el restaurante del hotel, después del bufete del desayuno en punto de las  diez, los meseros y cocineros y trabajadores esconden una ración de comida todos los días para después comerla a espaldas de gerente, quien es designado por el gobierno para administrar el hotel.

Y aunque temen ser descubiertos, se hacen de artimañas cinematográficas para disfrazar los alimentos de basura, de servilletas amontonadas, de paquetes olvidados. El robo de comida es sistemático. Hay una coordinación logística y complicidad admirable.

Personal del gobierno acude al restaurante en punto de las 10:30 de la mañana para retirar la comida sobrante y guardarla para el día siguiente. El queso, pan, leche, jugos de frutas, carnes, huevos, son contados y decomisados después de haber sido rapiñados por los trabajadores”.

Muchos cubanos piensan que poco a poco terminará su encierro producto de las negociaciones que Estados Unidos ha iniciado para la eliminación de las restricciones a turistas para viajar a Cuba, los asuntos migratorios y en general, el bloqueo económico que los mantiene aletargados en una esfera detenida en el tiempo.

Algunos otros opinan que esa condición los ha hecho más fuertes. Sin embargo, con cierto optimismo ven venir la apertura sin desdeñar su nivel cultural, los avances en medicina y del diseño ingenieril de sus dos o tres edificios altos.

Son conscientes de que al llegar “la aparente modernidad” (tiendas, comercios, diversidad,  opciones) por añadidura importarán lo que indeseado: drogas, violencia, vicios, inseguridad. Es un dilema que el régimen tendrá resolver con inteligencia.

Cuba parece iniciar un proceso histórico e irremediable de lo que tanto desean por encima del gran significado y de logros de la lucha revolucionaria: aspirar a una especie de supra-libertad que cobre mayor sentido; más que el inquebrantable espíritu libertario del yugo estadounidense y su gobierno, bueno o malo implementado. Es un despertar de un sueño para vivirlo no importando quienes fueron los culpables. Y es inverosímil percibir ese optimismo después de lo que pude ver en tan solo semana y media que duró mi viaje.

Me pregunto si será fácil que sus uniformes militares se mimeticen para no vivir de frases, rencores ni al heroísmo transformado en culto a la personalidad de sus redentores insurrectos, sino de coronar el orgullo cubano producto de sus años de lucha y resistencia. Cuba está en camino de ser digna de lo que tantos años ha buscado y que tantos se les ha negado. Ser dueños de su propio destino.

Tal vez sea tiempo de cambiar el verde olivo por otra gama de colores que ofrezca mayor diversidad, de combinaciones para reconfigurar el país como debió ser después del triunfo de la revolución: una nación boyante, en donde el atavío militar sea solo garante de la soberanía. Aspirar a una Cuba en la que las frases dispersas por el país con el “patria o muerte” sean por fin suplantados por el “patria y suerte”.

Por: Jaime González Montes, viajero y ciclista. Mexicano que ejerce como consultor en proyectos y desarrollos portuarios.

Compártelo:

Sobre el autor

Escritor y poeta mexicano, pero sobre todo, viajero.

Leave A Reply